Diario de viaje en canoa

Gustavo y Monika se largaron en la embocadura del Limay y aquí cuentan su aventura hasta llegar a Neuquén. Rápidos, sauces, truchas y represas en la crónica de una travesía inolvidable que continuará hasta Viedma.

Gustavo Lñigo slowbackpackers@gmail.com

En junio pasado, cuando acabamos el viaje en bicicleta, nos fuimos a España a trabajar y a pensar cuál sería nuestro siguiente viaje. Monika trabajó en la recepción de un camping y yo, de cocinero en un restaurante. Pensábamos en viajar por la Patagonia a caballo o en canoa. Nos entusiasmamos cuando descubrimos la posibilidad de llegar desde Bariloche hasta el mar navegando a remo. Nahuel Huapi, río Limay, río Negro… sonaba hermoso. Comenzamos a buscar información en internet y no había mucho al respecto; fue bastante difícil. Los embalses, los rápidos y el viento serían dificultades que sabíamos que encontraríamos pero no lográbamos mucha información al respecto. Nuestro primer avance fue cuando un señor nos recomendó hablar con Marcelo Hostar, un kayakista que había hecho el trayecto diez años atrás. Al llegar a Bariloche comenzó nuestro viaje. A través de una página web conocimos a Pilar, Sebastián, Florencia y su perra Frida, que nos dieron alojamiento y mucha amistad apenas llegamos. Pronto nos encontramos con Marcelo y nos puso al tanto de detalles sobre la travesía y luego nos dio una gran mano enseñándonos cosas básicas de remo, ya que ni Monika ni yo teníamos experiencia en canoa. Durante 40 días hicimos preparativos en Bariloche, gracias al hostel Punto Sur con el que hicimos un intercambio de colaboración por alojamiento. Martín y Victoria son unos genios y ahora dos nuevos amigos; gracias a ellos pudimos tener este tiempo para los preparativos: conseguir una canoa, hacer prácticas, hacer los trámites en Prefectura Naval, material, mapas… El 21 de noviembre fue “el” día. Y ahí estábamos en una playa junto al puerto de Bariloche, en el Nahuel Huapi. Amigos y algunos curiosos que paseaban nos despidieron a mano alzada. Un momento muy emotivo: estábamos dejando buenos amigos que habíamos hecho en esos días y comenzando una aventura especial. Un día increíble, el lago planchado, ¡el agua tan transparente que había que tocar para comprobar que había agua! Comenzamos a remar con la Dinahuapense, que así han bautizado la embarcación los amigos, iba muy cargada, llevábamos alimento para más de 15 días, más el equipo para acampar y pescar… Una hora y media de remo y todo parecía perfecto, pero a nuestras espaldas el lago se tornó azul oscuro, el viento estaba llegando. Rápidamente comenzaron las olas y tuvimos que buscar refugio en la costa. Paramos en una playa de ripio, algunos kilómetros antes de llegar a Dina Huapi. Después de pasar un día pudimos hablar con un vecino cercano y nos dijo que el viento duraría unos cuatro días, y que llovería. Ante esta situación que nos impedía avanzar navegando decidimos llevar la canoa hasta la ruta y hacer dedo… así que ahí estábamos dos locos, una canoa de cinco metros y muchos bolsos haciendo dedo en la ruta. Pero en estos tipos de viajes es dónde aparece la gente buena: un señor muy amable se acercó hasta su casa a buscar un carro para transportar embarcaciones, cargó la canoa y nos llevó a dónde nace el Limay. Al día siguiente retomamos la navegación. En el río el viento ya no era un gran problema, aunque no había que dejar de tenerlo en cuenta. Las mayores dificultades eran algunos rápidos no muy grandes, pero para nuestra canoa cargada todo parecía gigante. Mucha precaución con los sauces: si descuidas la dirección de la canoa puedes ir a parar abajo de sus ramas y eso es muy peligroso porque podrías engancharte, darse vuelta la embarcación y supondría el final del viaje si pierdes parte importante del material o se destruye la canoa. Pero las prácticas, tanto las de Marcelo cómo las de Javier Marsella, dieron sus frutos y podíamos pasar muy bien los rápidos y esquivar los sauces. El paisaje era precioso, sacado de un cuadro. El río corre muy rápido, a unos diez kilómetros por hora. El agua, cristalina y pura, podíamos beber agarrándola directamente con el vaso. Algunas truchas saltando en busca de alimento, águilas merodeando. Un sueño. Así fuimos avanzando, acampando junto al río. Por las noches la temperatura bajaba bastante pero la carpa que soportaba bien el viento y las bolsas de dormir eran bien calentitas. Luego llegamos al tramo más complicado, la zona de “las gemelas”, dos grandes piedras iguales en medio del río, seguidas de rápidos y maraña de sauces. El río nos llevó como a hojas de árbol caídas entre los sauces pero logramos pasarlos apenas rozándolos. Luego pasamos por la hermosa curva llamada “el anfiteatro” y Villa Llanquín, dónde una balsa cruza el río de orilla a orilla y hay que tener mucho cuidado con el cable que la transporta: no está muy señalizado y uno podría engancharse. El río sigue bajando con un paisaje muy pintoresco, pudimos ver alguna casa, las montañas van cambiando de tamaño y forma hasta llegar al embalse Alicura. Ahí hay que comenzar a remar más fuerte ya que la correntada desaparece por completo. Vamos descubriendo lugares que parecen vírgenes, dignos de una historia de algún naufrago. En los embalses sabíamos que teníamos que tener precaución con los vientos, y la primera experiencia la tuvimos pronto. Al querer cruzar el embalse de este a oeste nos topamos con un fuerte viento que iba formando importantes olas. El avance era dificultoso y lento, de riesgo, uno de los pocos momentos que tuvimos que apurar a achicar agua de la canoa. Llegamos al refugio de la costa y permanecimos junto a los criaderos de truchas. Aprendida la lección continuamos viaje, pescando truchas. Aún estamos sorprendidos por la gran cantidad de peces que hay, ya que en 10 ó 20 minutos teníamos una o dos truchas para comer. Esto es muy importante: en un viaje de varios días es imposible llevar carne o huevos, así que la pesca aporta una importante parte de proteínas primordiales para recuperar energías. Monika y yo le damos mucha importancia a la comida, ya que este tipo de viaje requiere mucho desgaste físico y una mala alimentación se nota rápido en el rendimiento. Avena con leche en polvo y manzana por la mañana, luego un mate con galletitas y al mediodía pasta, arroz o polenta. Por la tarde otro mate y a la noche pescado, verduras, alguna sopa. Con esto siempre tenemos fuerzas para remar. Al fin llegamos a la primer represa, y sabíamos que nos esperaba un duro trabajo para pasar la embarcación hasta el otro lado. Existe una reglamentación que prohibe la navegación 500 metros antes y después de cada represa, por lo que hay que sacar la canoa fuera del agua y llevarla caminando hasta un lugar dónde podíamos seguir la navegación. Las represas están custodiadas por la Gendarmería Nacional, que nos dio una ayuda invalorable. Además hay que dar aviso a ellos que la travesía va bien, ya que todo el tiempo los miembros de Prefectura están interesados en nuestro estado. Es un gran apoyo, ya que uno sabe que en caso de un accidente o improvisto ellos están informados de nuestra posición. Es importante recalcar esto. No costó nada obtener la autorización de Prefectura y es un gran apoyo y además nos brinda mucha información valiosa. Sabemos de accidentes de otras personas por desconocimiento, casos de personas que fueron atrapadas por los remolinos que producen las represas al soltar agua, otros por no contar elementos de seguridad pensando que la navegación es fácil, personas que desconocen la fuerza de los vientos en algunos sectores, etc. En Alicura Gendarmería nos cedió amablemente un sitio dónde pasar la noche y al otro día pudimos continuar navegando por el embalse Piedra del Águila. Nos llevó 5 días recorrerlo. Tuvimos que parar en los momentos de viento fuertes, pero cuando el embalse estaba calmo era una maravilla, un espejo que reflejaba el cielo, las nubes y los colores del atardecer, era un regalo para la vista y la memoria. Seguíamos pescando y descansando en pequeñas playas vírgenes. Monika estaba fascinada viendo cazar a las águilas, pudimos ver guanacos, muchas aves y una vegetación muy variada. A medida que avanzábamos y comenzaba la zona más árida el calor se convertía en una nueva dificultad. Las temperaturas parecían de más de 35 grados, sobre todo en los momentos que no corría una gota de aire. En nuestro anterior viaje en Marruecos aprendimos a taparnos del sol, así que desde las 10 de la mañana hasta las 6 de la tarde vestíamos pantalón largo, remera de manga larga y un turbante en la cabeza. Bebíamos mucha agua para evitar la deshidratación y parábamos a descansar a la sombra de algún piquillín o piedra en las horas de calor más potente. A mitad de camino encontramos una comunidad Mapuche que alquila unas hermosas cabañas para pasar el fin de semana. Fue encontrar vida humana en medio de la nada, y ahí nos dimos cuenta de lo deshabitada que está la zona. Y así llegamos a la represa Piedra del Águila, donde nos estaba esperando y buscando el personal de Gendarmería. También muy amablemente nos ayudaron a transportar la canoa y las cosas al otro lado de la represa. Nos convidaron unos buenos mates y uno de ellos nos comentaba que en sus siete años que trabajaba en ese puesto era la primer pareja que veía que pasaba haciendo una travesía. Luego seguimos remando por el embalse Pichi Picún Leufú: el primer km aún es río y tiene correntada, luego aparecen varias curvas y los vientos fuertes comienzan a soplar. Remábamos bien pegados a la costa para evitar que el viento nos lleve al medio del embalse, y en una de esas curvas observamos un gran gomón que se acercaba hacia nosotros. Prefectura nos esperaba y nos escoltó hasta la zona del perilago donde está el pueblo Piedra del Águila. En ese tramo los vientos se cruzan constantemente, de atrás, ráfagas de costado, luego en contra. Hubo que remar duro hasta llegar a la zona del perilago y ahí seguir remando sin descanso con viento y oleaje en contra hasta llegar a la zona del camping municipal. El pronóstico daba viento fuerte para toda la semana, así que sería imposible seguir navegando, sobre todo porque pronto llegaríamos a la zona de El Chocón, dónde se forman olas de cuatro metros de un momento a otro y dónde tristemente hubo muchos accidente y víctimas fatales. En Piedra del Águila Prefectura nos volvió a ayudar como nunca, pudimos acampar cerca de la zona de su custodia y nos informaron de la previsión para lo que venía. Como el viento seguiría soplando fuerte con Monika decidimos hacer ese tramo por ruta, así que comenzamos a averiguar la manera de llegar hasta Arroyito. Mucha gente se movilizó para ayudarnos. En la oficina de Turismo se contactaron con varias personas y nos comunicaron con la radio local para hacer un comunicado pidiendo alguien que nos transporte. Después de tres días llevamos la canoa hasta la ruta y comenzamos con la difícil tarea de hacer dedo. Mucho calor, viento con polvo y la negativa a llevarnos me hizo perder la moral, pero Monika se movilizó mucho hablando con la gente del pueblo. Al segundo día de hacer dedo apareció “el Colo”, el señor del supermercado que cargó la canoa en su remolque y nos llevó hasta Picún Leufú. ¡Ese momento no parecía real! Una vez en Picún Leufú el personal de la estación de servicio nos dejó acampar dentro de su predio y al despertar comencé a soñar otra vez. El señor Antonio estaba con su camioncito en marcha esperando para llevarnos hasta Arroyito. Después de unos mates interminables, una hermosa charla y de descubrir otra muy buena persona en el camino llegamos a Arroyito, donde pusimos nuevamente la canoa sobre el agua. Esta vez ya sería todo río, las dificultades de pasar embalses y de remar duro quedaron atrás. Ahora la correntada hace que pongamos nuestras manos sobre la nuca y disfrutemos este paisaje increíble. Vamos disfrutando la suerte de poder hacer este viaje, recordando la gente que vamos conociendo en el camino, recordando las empanadas de mondongo de Abdon, el nudo “puño de mono” que nos enseñó Julio, las hermosas fotos de la luna que nos mostró Rafael. Seguimos remando, pescando, acampando, lavando ropa, seguimos haciendo nuestra vida sobre la canoa. Ahora llegamos a Neuquén. Gentilmente un club náutico nos deja un lugar dónde acampar y Marcelo, un señor kayakista que conocimos ayer en el río nos invitará un asado esta noche. Si todo va bien seguiremos viaje. Tenemos la previsión de llegar a Viedma dentro de unos 15 días.

de la cordillera al mar


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