Dilemas espinosos
El dilema de los que quieren ayudar a la Argentina es que no ven a nuestros gobernantes convencidos de la necesidad de reformas drásticas.
Mientras que el presidente Fernando de la Rúa y sus colaboradores no pueden distanciarse de «la crisis» porque están obligados a tomar decisiones todos los días, prestando atención a factores políticos locales sin saber si éstos son importantes o no, los funcionarios extranjeros que se han propuesto arreglar un «paquete de ayuda» sí están en condiciones de sustraerse al ruido cotidiano y por lo tanto pensar con más claridad. Sin embargo, a pesar de que cuenten con la ventaja así supuesta, no les está resultando nada fácil producir una «solución» factible del embrollo argentino, de ahí los largos y por ahora inconcluyentes debates que están celebrándose en Washington y Nueva York. Aunque algunos participantes tendrán motivos financieros e ideológicos para esperar que el país termine «cayendo», es probable que lo que quiere la mayoría es que la Argentina logre superar las dificultades actuales para entonces evolucionar con rapidez en un país económica y políticamente estable que haga un aporte positivo al progreso de América del Sur en lugar de plantearle una amenaza.
El desconcierto que siente la «comunidad internacional» frente a la crisis de nuestro país es lógico. A los dirigentes de sociedades ya «desarrolladas» les cuesta entender que un pueblo que parece poseer todos los recursos materiales y humanos necesarios para prosperar haya optado por despilfarrarlos de forma tan espectacular. Para hacer aún más difíciles los esfuerzos ajenos por comprender las razones, virtualmente todos los integrantes de nuestra clase política hablan con fluidez envidiable el lenguaje de la «modernidad» primermundista, afirmando compartir los valores de los gobernantes ya de los Estados Unidos o ya, con mayor frecuencia, de los países europeos más avanzados. Por lo tanto, es natural que sus interlocutores del «Norte» tengan la impresión de que sus equivalentes argentinos son aliados convencidos de una lucha contra la pobreza generalizada, el atraso, la corrupción rampante y todos los demás males que caracterizan al país. Pero aunque los encuentros suelen concluir de manera mutuamente satisfactoria, las consecuencias concretas siempre son decepcionantes: en cuanto los dirigentes criollos hayan vuelto a casa, siguen como antes.
A partir de la breve visita del subsecretario del Tesoro norteamericano, el gobierno de De la Rúa, la mayoría de los políticos y, de más está decirlo, los vinculados de alguno que otro modo con el empresariado y el sector financiero están esperando con impaciencia indisimulada la llegada de un nuevo «paquete de ayuda» que, esperan, resulte ser tan grande que los especuladores decidan concentrarse en otro blanco. Pero ocurre que John Taylor dista de ser el único que entiende que limitarse a prestarnos más dinero no serviría para mucho, a menos que los responsables de gobernar el país aceptaran llevar a cabo reformas drásticas que por los motivos que fueran siempre se han resistido a emprender.
El gran dilema que enfrentan los deseosos de ayudar a que la Argentina se transforme en un país viable tiene que ver con el hecho patente de que los únicos que tienen el derecho democrático a desempeñar la tarea son los más reacios a tomar las medidas que los benefactores en potencia creen imprescindibles. Dicho dilema desaparecería si la clase dirigente se sintiera tan alarmada por la evolución reciente de «la crisis» que por fin abandonara su compromiso con el populismo criollo tradicional en favor de actitudes más propias de los tiempos que corren, pero si bien el panorama ideológico se ha modificado bastante desde el colapso del gobierno de Raúl Alfonsín, se ha tratado de un proceso sumamente lento. Asimismo, aunque a esta altura muchos políticos saben muy bien que les es necesario actualizarse, traducir la conciencia de que las viejas doctrinas han perdido vigencia en medidas concretas que, huelga decirlo, perjudicarían a muchos que fueron beneficiados por el orden tradicional y que no tienen ninguna intención de dejarse sacrificar, les plantea problemas personales tan dolorosos que prefieren actuar como si creyeran que a pesar de todo no les fuera forzoso resignarse a los cambios profundos que el país claramente requiere para que de una vez y para todas encuentre el camino.