Dos frentes
Editorial
En los primeros días que siguieron a los atentados masivos del 11 de setiembre, las autoridades estadounidenses, con la ayuda disciplinada de los medios de comunicación electrónicos de su país, han privilegiado a la opinión pública local, que ha reaccionado ante la ofensiva terrorista haciendo gala de su patriotismo y, en muchos casos, de un grado de chauvinismo irreflexivo. Sin embargo, los mismos funcionarios también han subrayado que a su juicio se trataba de un ataque contra todo el mundo civilizado, no sólo contra Estados Unidos, mientras que los dirigentes norteamericanos más lúcidos saben muy bien que luego de haberse propuesto encabezar una «guerra mundial» contra el terrorismo internacional necesitarán contar con el pleno apoyo no sólo de sus aliados tradicionales, sino también de los gobiernos de muchos países musulmanes. Puesto que en un planeta «globalizado» no les es dado separar la propaganda interna de la externa, como pudieron haber hecho en el pasado, ya se han visto frente a un dilema cuya resolución no les será nada sencilla. Si continúan estimulando el nacionalismo de sus compatriotas, ofenderán a los demás que, lo entienda o no el norteamericano promedio, suelen preferir los símbolos de sus propios países o credos a los netamente estadounidenses. En cambio, si los voceros del gobierno del presidente George W. Bush se ponen a subrayar la universalidad cosmopolita de la causa que están reivindicando, irritarán a los muchos que no pensarían jamás en cuestionar la superioridad intrínseca de Estados Unidos y por lo tanto su derecho a hacer todo cuanto se le antoje en una guerra que, según sus líderes, está librándose entre el bien y el mal.
En muchos países, la reacción inicial ante la catástrofe fue signada por la solidaridad y por la conciencia de que, aunque fuera por motivos más emotivos que racionales, la superpotencia no tendría otra opción que la de organizar una represalia contundente contra los agresores. Entre las víctimas del atentado estaban muchos centenares de ciudadanos de países latinoamericanos, europeos y asiáticos, lo cual fue una razón adicional para sentir y no meramente entender que no se trataba de un episodio limitado a Estados Unidos como fue el atentado de Oklahoma. A partir de entonces, empero, la retórica ampulosa empleada por Bush, por otros integrantes de su administración y por los periodistas de los medios norteamericanos está causando cada vez más preocupación tanto aquí como en Europa. ¿En qué se han metido? ¿Qué exactamente ha querido decir Bush al proclamar «la tercera guerra mundial»? ¿Por qué se han movilizado tantos soldados módicamente preparados cuando no será cuestión de una guerra terrestre en gran escala contra un enemigo convencional sino, se supone, de un eventual ataque «quirúrgico» contra un país primitivo y paupérrimo que ya está devastado seguido por lo que sería un operativo policial gigantesco? Plantear tales preguntas no equivale a declararse neutral o indiferente hacia el desastre que acaba de producirse. Por una multitud de razones, es muy importante que los comprometidos con por lo menos un mínimo de orden en el mundo consigan desmantelar de una vez y para todas las redes terroristas, además de aquellos estados nacionales que los albergan y que en consecuencia plantean una amenaza mortal al resto del género humano, pero los métodos espectaculares que a juzgar por sus declaraciones Bush y sus allegados tienen en mente no parecen ser los más indicados para lograr sus propósitos. Aunque por ser Estados Unidos una democracia, sus dirigentes se ven obligados a hablar en términos que pueden comprender millones de personas que saben muy poco del mundo exterior y que están acostumbradas a tomar realismo por falta de voluntad, a nadie, exceptuando a los terroristas mismos, les convendría que los líderes de la superpotencia se dejaran llevar por su propia retórica, emprendiendo cursos de acción que acaso servirían para asegurarles el apoyo entusiasta de la mayoría de sus compatriotas pero que pronto ocasionarían fisuras irreparables en el frente internacional que se ha formado y que, claro está, no contribuirían a derrotar al enemigo común.
En los primeros días que siguieron a los atentados masivos del 11 de setiembre, las autoridades estadounidenses, con la ayuda disciplinada de los medios de comunicación electrónicos de su país, han privilegiado a la opinión pública local, que ha reaccionado ante la ofensiva terrorista haciendo gala de su patriotismo y, en muchos casos, de un grado de chauvinismo irreflexivo. Sin embargo, los mismos funcionarios también han subrayado que a su juicio se trataba de un ataque contra todo el mundo civilizado, no sólo contra Estados Unidos, mientras que los dirigentes norteamericanos más lúcidos saben muy bien que luego de haberse propuesto encabezar una "guerra mundial" contra el terrorismo internacional necesitarán contar con el pleno apoyo no sólo de sus aliados tradicionales, sino también de los gobiernos de muchos países musulmanes. Puesto que en un planeta "globalizado" no les es dado separar la propaganda interna de la externa, como pudieron haber hecho en el pasado, ya se han visto frente a un dilema cuya resolución no les será nada sencilla. Si continúan estimulando el nacionalismo de sus compatriotas, ofenderán a los demás que, lo entienda o no el norteamericano promedio, suelen preferir los símbolos de sus propios países o credos a los netamente estadounidenses. En cambio, si los voceros del gobierno del presidente George W. Bush se ponen a subrayar la universalidad cosmopolita de la causa que están reivindicando, irritarán a los muchos que no pensarían jamás en cuestionar la superioridad intrínseca de Estados Unidos y por lo tanto su derecho a hacer todo cuanto se le antoje en una guerra que, según sus líderes, está librándose entre el bien y el mal.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora