Dudas cambiarias
Si bien antes del desmoronamiento de la convertibilidad muchos economistas de diverso origen ideológico, entre ellos algunos que después se pusieron a atacarla con vehemencia, afirmaban que el esquema cambiario rígido y llamativamente heterodoxo así supuesto debería poder sobrevivir a las turbulencias financieras que ya se acercaban, desde el colapso del gobierno del presidente Fernando de la Rúa ha predominado la convicción muy ortodoxa de que al país le convendría dejar el valor del peso en manos del mercado. Sin embargo, parecería que el ministro de Economía Roberto Lavagna tiene otra idea: cree que al gobierno le será dado fijar la cotización de la moneda y que por lo tanto debería arreglárselas para que se quede en los 3,50 actuales por algunos años más, punto de vista que le ha permitido iniciar su relación con el presidente designado del Banco Central, Alfonso Prat Gay, quien dijo que 2,80 pesos por dólar sería más que razonable, con una buena polémica en torno de una cuestión fundamental. Por su parte, el titular de la Asociación Empresaria Argentina, Luis Pagani, opinó hace poco que una tasa de 2,20 sería más realista y por lo tanto más saludable que la actual, mientras que otros, luego de tomar en cuenta lo sucedido en el transcurso de los doce meses últimos y el hecho de que para sorpresa de muchos la inflación aún no haya resultado ser tan alta como habían temido, estiman que por ahora cuando menos un tipo de cambio entre 1,80 y 2,00 reflejaría mejor la situación de la economía nacional.
Pues bien: si la experiencia tanto propia como ajena nos ha enseñado algo, esto es que a ningún gobierno, por poderoso que fuera, le es fácil manipular a su antojo por mucho tiempo el valor de la moneda, y que intentarlo será excepcionalmente difícil al tratarse de una que es tan intrínsecamente inestable como la nuestra. Aunque a diferencia de sus antecesores inmediatos Lavagna prefiere que el peso sea exageradamente débil, no fuerte, porque cree que le aseguraría mucho espacio en el que pueda maniobrar, es poco probable que sus sucesores compartan su punto de vista. Después de todo, nadie ignora que la razón por la que en la actualidad el peso vale poco consiste en la falta de confianza en el futuro de los «agentes económicos», de suerte que una consecuencia inmediata de una recuperación auténtica consistiría en la revaluación de la moneda. En efecto, de difundirse la convicción de que la Argentina está por emprender un período de crecimiento, el ministro de Economía no tardaría en verse ante un peso que a juicio de los partidarios de un «dólar recontraalto» sería peligrosamente sobrevaluado.
Aunque no cabe duda de que sectores determinados, entre ellos algunos que son auténticamente productivos, se han visto beneficiados por el desplome de la cotización del peso y quisieran que la situación actual se prolongara, los representantes de los grupos empresarios más importantes del país, como Pagani, que es el dueño de Arcor, entienden que la devaluación caótica instrumentada por el gobierno de Eduardo Duhalde ha ocasionado muchos perjuicios, en parte porque ha provocado tanta incertidumbre jurídica, la que a su vez ha seguido incidiendo en la cotización del peso, pero también porque, mal que les pese a algunos, los costos de las importaciones afectan mucho a la productividad de la economía en su conjunto. De eliminarse la extrema desconfianza, pues, el peso no podría sino fortalecerse. Es más, a menos que Lavagna esté pensando en procurar imponer un régimen de controles sumamente severo, medida que a juzgar por la experiencia del país en dicha materia resultaría contraproducente, la evolución de la tasa de cambio dependerá más que nada de la calidad de la gestión económica: si ésta es óptima, el valor del peso propenderá a aumentar, acaso demasiado, pero si en opinión de «los mercados» parece inepta, podremos disfrutar durante muchos años de los beneficios brindados por un «dólar recontraalto». Puesto que las ventajas que esto supondría serían menores en comparación con las derivadas de una gestión económica competente, la tesis de Lavagna es esencialmente contradictoria: para mantener una tasa de cambio similar a la actual, le sería preciso asegurar que «los mercados» siguieran teniendo buenos motivos para desconfiar de nuestra moneda.