Dudas frepasistas

Editorial

Por Redacción

Hace poco más de un año, los jefes del Frepaso aún podían ufanarse de haber formado el movimiento poscomunista de «centroizquierda» más exitoso de América Latina. No sólo formaban parte de un gobierno que gozaba del respaldo de la mayoría, sino que también se creían capaces de producir cambios positivos concretos en el país más avanzado de la región. Sin embargo, a partir de la renuncia a la vicepresidencia de su líder principal, Carlos «Chacho» Alvarez, para el Frepaso todo se ha venido abajo. Aunque algunos integrantes del movimiento siguen ocupando puestos ejecutivos significantes, la mayoría entiende que en vista del carácter «conservador» del gobierno del presidente Fernando de la Rúa y los resultados nada satisfactorios de las elecciones del 14 en que otras agrupaciones «progresistas» o «izquierdistas» recién improvisadas se apropiaron de una alta proporción de lo que habían creído eran sus votos, ha llegado la hora de romper con la coalición aliancista. Dadas las circunstancias, se trataría de una decisión lógica porque, como señalan los muchos que están en favor de abandonarlo, el gobierno encabezado por De la Rúa no se asemeja en absoluto a aquel que habían imaginado antes de que se iniciara su gestión, mientras que la influencia del Frepaso en la administración del país no guarda ninguna relación con su aporte a la recuperación de la UCR que, antes de formarse la Alianza, languidecía en un lecho de muerte.

Con todo, si bien es posible que la salida del Frepaso de la coalición gobernante le permitiera solucionar un problema que muchos militantes consideran prioritario, el supuesto por su alejamiento de sus simpatizantes naturales, no hay garantía alguna de que lo ayudaría a resolver otro, que es incomparablemente más importante, que tiene que ver con la elaboración de una estrategia progresista que sea política y económicamente viable. Desde luego que una vez separados definitivamente del gobierno nacional, los frepasistas podrían darse el gusto de inventar lemas seductores, filosofar, prometer cambios espectaculares, dedicarse a «luchar» contra todo cuanto les indigna, etc., sin sentir necesidad de preguntarse si lo que se propongan tendría alguna posibilidad de funcionar, pero aunque tales actividades suelen resultar muy placenteras para muchos, suelen ser a lo mejor estériles, a lo peor tremendamente dañinas.

Es que la «bronca» que hoy en día sientan tantas personas no se debe sólo a las conocidas dificultades económicas que por motivos comprensibles obsesionan a casi todos, sino también a la conciencia de que demasiados políticos temen tanto a la realidad que se niegan a tomarla en cuenta, con el resultado de que su prédica se inspira en nada más noble que el vivo deseo de convencer a los incautos de prestarles sus votos. Claro, estamos tan acostumbrados a esta conducta que a muchos les parece inocua, pero no lo es. Por el contrario, la falta de conexiones entre lo que dicen los «dirigentes» y lo que efectivamente hacen está en la raíz del desprestigio de la política.

Si lo único que quieren los líderes frepasistas es volver a experimentar la popularidad que a menudo logran disfrutar «disidentes» supuestamente «valientes» sin inquietarse por el destino de los demás, podrán conformarse con un papel testimonial y engañoso. Incluso podrían continuar cosechando los beneficios que les reportaría el ocupar algunos escaños parlamentarios e intendencias. En cambio, si realmente les interesa ayudar a que el país consiga atenuar lo más posible sus problemas más angustiantes, estén en el gobierno o en el llano, les corresponderá hacer un esfuerzo auténtico por pensar en «soluciones» genuinas que no sean meras formulaciones verbales. Desde luego, tales propuestas parecerían pobres y limitadas al lado de las reclamadas por los muchos demagogos tan inconscientes como inescrupulosos que abundan en el país, pero a diferencia de ellas podrían resultar realmente valiosas y, por ser factibles, contribuirían a restablecer el vínculo íntimo que en toda sociedad genuinamente democrática ha de darse entre la voluntad mayoritaria por un lado y lo que tratan de hacer sus representantes por el otro.