Costosa incoherencia




El país continúa sufriendo las consecuencias de acciones incoherentes en su política exterior, con diplomáticos asumiendo protagonismos innecesarios y privilegiando posicionamientos partidarios que terminan perjudicando la imagen de la Argentina y su inserción internacional, en momentos que el gobierno negocia ayuda para superar la grave crisis económica.

Varios hechos recientes confirman los problemas de coordinación de la Cancillería con agentes que actúan más como librepensadores que como integrantes de un cuerpo diplomático jerárquico y profesional que responde a los intereses permanentes del país. Mientras el ministro de Economía buscan de EE.UU. apoyo político y dólares, otros diplomáticos alientan a sus rivales China, Venezuela y Nicaragua.

El viernes, nuestro país votó a favor una resolución de la Organización de Estados Americanos (OEA) que condena la violación de derechos humanos, la censura y la persecución religiosa del régimen autocrático de Daniel Ortega. El documento, avalado por 27 países condenó las detenciones arbitrarias, cierre forzado de ongs, la ocupación ilegal de municipios opositores, la creciente represión a periodistas y medios y la detención y ataques a monjas y sacerdotes católicos, incluyendo la quema de iglesias.

El canciller Santiago Cafiero enfrentó la férrea resistencia del embajador ante el organismo, Carlos Raimundi, que presionó por la abstención y cuando recibió la orden de votar a favor, decidió unilateralmente ausentarse y enviar a su segunda, María Villagra. Días antes, el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos de la Cancillería, Gustavo Pandiani, había destacado que “todos los países de la CELAC (incluyendo a Nicaragua) son democráticos”.

Asimismo, el embajador argentino en China, el kirchnerista ortodoxo Sabino Vaca Narvaja, había condenado la visita de la titular de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi a Taiwán y culpó a Estados Unidos por la crisis, que incluyó un gigantesco operativo militar chino en la región, inmiscuyéndose innecesariamente en un conflicto geopolítico muy delicado en el cual Argentina no tiene participación. Poco después, Massa se reunía con el embajador estadounidense en Buenos Aires, en busca de apoyo de EE.UU. ante el FMI, el BID y el Banco Mundial en procura de inversiones y préstamos que puedan aportar dólares a las escuálidas reservas del Banco Central.

En el medio, el gobierno deberá mantener un delicado equilibrio en el espinoso asunto del avión venezolano con tripulación iraní retenido en Buenos Aires, donde Estados Unidos reclama su incautación y Venezuela su devolución. El gobierno dejó el asunto en manos de la Justicia argentina, justo cuando el embajador en ese país se aprestaba a canalizar el reclamo venezolano.

No es un secreto que el sistema de “loteo” de cargos en el Estado entre los socios del FdT viene generando problemas de coordinación y parálisis en la gestión de gobierno, y la política exterior es fiel reflejo de esa disfunción. En lugar de acciones que defiendan los intereses nacionales permanentes en un mundo que se ha vuelto muy complejo por la pandemia, la guerra en Ucrania, la disputa entre China y Estados Unidos y la crisis energética global, las incoherencias, los errores no forzados y las proclamas más propias de militantes que de diplomáticos dañan al país y lo ponen en situaciones incómodas y de vulnerabilidad.

La mayoría de los gobiernos latinoamericanos, aun los más progresistas, han optado por una política de equilibrio en sus relaciones exteriores, sin alineamientos automáticos. El anacrónico sesgo ideológico antiestadounidense y antioccidental de parte de quienes manejan la diplomacia ha derivado en la carencia de un plan realista y pragmático de inserción internacional. Es de esperar que, así como la unificación de Economía busca sacar de la crisis al país, un proceso similar le otorgue racionalidad a la política exterior y permita al país aprovechar las oportunidades del contexto global.


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