Eduardo Galeano, el valor de la palabra

Lo presentó en la Feria del Libro ante 3.000 personas.

Redacción

Por Redacción

En “Los hijos de los días”, el escritor uruguayo Eduardo Galeano emprende nuevamente el “largo proceso para que las palabras digan lo que tienen que decir”, a través de una personal efeméride, 365 relatos brevísimos de hechos mínimos e históricos que recuperan “las voces de los que tienen voz, pero que no se oyen”. Opresores y oprimidos, belleza, goce, solidaridad, demonización, los intereses de Galeano vuelven las páginas del libro editado por Siglo XXI en forma de un calendario que amplifica el sonido de las ideas y palabras que él considera “merecedoras de ser rescatadas del silenciamiento”. “Estoy cansado pero contento”, dice Galeano. Se refiere a la presentación de “Los hijos de los días” el fin de semana, en la Feria del Libro de Buenos Aires adonde asistieron cerca de tres mil personas. “Había mucha vibra, mucha electricidad, lo que pasa es que colaboraron mucho los micrófonos –bromea–, me mejoraron la prosa, limpiaban todo, sacaban los adjetivos que sobraban. Impresionante el progreso tecnológico”. –¿Peleado con la tecnología? –Me llevo bastante mal con las máquinas en general, no nos entendemos y como ellas saben que no las quiero me tratan mal, hacen cosas que no deberían, como la computadora mía, que bebe de noche si no la miro y al día siguiente hace disparates. Pero las máquinas son muy útiles, lo que pasa es que en estos días nuestros somos máquinas de nuestras máquinas y estamos al servicio de los aparatos que inventamos para que nos sirvan. Si el automóvil nos maneja, la computadora nos programa o los shoppings nos compran es responsabilidad nuestra, las máquinas hacen lo que pueden, hasta se enferman y tienen virus, a medida que nos deshumanizamos ellas se humanizan. –¿Y a la hora de escribir? –Escribo a mano, sólo en la etapa final utilizo la computadora para pasar en limpio textos que a su vez sigo reescribiendo una y otra vez. Todo lo anterior lo hago a mano para ser fiel al consejo que una vez me dio Juan Carlos Onetti, que era muy mentiroso e invocaba fuentes prestigiosas para que sus palabras tuvieran otra grandeza. El decía que había un proverbio chino que decía que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio. No era chino el proverbio, era de él, pero está muy bueno. Once versiones tuvo “Los hijos de los días” antes de su edición final, lo comenzó hace cuatro años y medio mientras terminaba con “Espejos”: “Les voy quitando la grasa para que quede pura carne y puro hueso”, explicó. “El oficio de escribir implica un desafío peliagudo porque el silencio muchas veces es un lenguaje más hondo que todas las palabras juntas. Y en la búsqueda de esa hazaña que es encontrar una palabra que sea mejor que el silencio, siento el mismo pánico que la primera vez que me puse a escribir. Pero eso quiere decir que no me jubilé, que estoy vivo, yo y el oficio. Es un trabajo muy fuerte, no viene gratis. Esta idea de la inspiración funciona hasta cierto punto, ahí es cuando cuento que una historia te toca la espalda y te dice “contame que valgo la pena”, pero después, como decía el viejo William Faulkner, lo demás es transpiración”. (Télam)


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