Einstein y los derechos humanos

por Armando Oscar Gros (*)

Especial para «Río Negro»

Hemos tenido la oportunidad de leer innumerables artículos publicados sobre Albert Einstein en los últimos meses, los cuales tienen en cuenta el recordatorio del denominado año maravilloso de 1905, considerado así debido a los tres trabajos teóricos que le publicó la prestigiosa revista científica alemana Annalen der Physik y que luego se destacarían por haber revolucionado la Física y el conocimiento que se tenía de la naturaleza. Todos hacen alusión –como es de esperar– a su inigualable obra como físico teórico. Pero, en esta oportunidad, quisiera destacar una faceta que, generalmente, es poco recordada: al Einstein analista y crítico de los demás problemas que aquejaban su tiempo. Cabe destacar que sus observaciones sobre los derechos humanos, como veremos, también se adelantaron a su época.

A pesar de haberlo negado por su modestia, suyo fue el mérito de haber inaugurado la era nuclear, ya que fue el pionero de la fisión atómica, descubrimiento que abrió un mundo fascinante y, a la vez, riesgoso para nuestra civilización. Justamente este hecho fue lo que hizo que Einstein se convirtiera en un decidido defensor de la paz, del desarrollo de la cultura, de la igualdad y de la seguridad de los pueblos, al tomar conciencia del tremendo poder destructivo que podían liberar las nuevas armas atómicas creadas a partir de la interpretación y aplicación bélica de sus teorías. Así es como aparece la faz del humanista que, ante la presencia de un arsenal de horror, se entrega a la tarea de luchar con pasión en favor de un pacifismo activo, detrás del cual se advierten las inquietudes de un verdadero sociólogo y pedagogo.

Analizando su abundante archivo epistolar, se descubre un hilo conductor: la profunda preocupación por el destino del hombre, que consideraba preservado para fines más nobles que la aniquilación mutua. Habiendo apreciado el trágico fin de la Segunda Guerra Mundial, con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, surge su decidida rebelión humanista, «la obstinación de un inconformismo incorregible» (como él solía definirse), que en Einstein posee variadas manifestaciones más de carácter ético que intelectual.

Sus propuestas para mantener la paz a todo trance, sus discusiones respecto de las condiciones nacidas con motivo de la revolución científica monopolizada por el designio belicista, tuvieron en él, sin excepción, un tono dramático. Nada escapó a su perspicaz mirada: la instrucción, la cultura, la religión, la mentalidad militarista tan notoria de los EE. UU. de posguerra, el derrotero peligroso asumido por la ciencia y una aguda crítica al capitalismo.

En otros aspectos de su vehemente defensa de la paz, expresó su convencimiento de que era indispensable modificar los sistemas de enseñanza de la época, en alusión directa a los EE. UU. Einstein expresó que el cambio era necesario a favor de la juventud, para que ésta no se habituara a las «voces de mando» ni que aprendiera «sólo a competir por objetivos deleznables ni a completar la carrera de los honores», según se acostumbraba. Sostenía que «por sobre todas las frivolidades y acechanzas de la educación corriente, existía un plano ético insustituible al que había que llegar con humildad y talento». La palabra viva, el ejemplo, la capacidad pedagógica eran para él, en este terreno, lo esencial; «los libros –decía–, que no pueden desecharse, vienen en segundo término, pues no pueden superar jamás la aptitud y la influencia del educador que ha abre

vado en las fuentes de la sabiduría».

Con respecto a las creencias, Einstein fue el auténtico hombre de ciencia que no desdeñó la fe, situación contraria a lo que muchos creen; él asumía una postura profundamente religiosa ante la contemplación de la naturaleza, mas ésta no se vinculaba con ningún dogma. A través de sus escritos en que se ocupa del tema de la religión, demuestra un espíritu piadoso si se entiende por religión una verdadera fuerza ética.

Einstein llegó más allá de la ciencia en la búsqueda de la fuente en que se asientan el espíritu, el sentimiento y la emoción que alientan al hombre, a esclarecer los dilemas que le plantea la vida individual y el contorno social. Ello no significa que haya aceptado la concepción de un dios personal a través del cual, de acuerdo con su opinión, las religiones se han impuesto valiéndose del miedo y la superstición.

Colocado por encima de lo trivial y de las convenciones que obnubilan la mente de los hombres, Albert Einstein fue la conciencia viva que clamó en el desierto del egoísmo de la diplomacia y de los propósitos dominadores de la política de ciertos países de su época, proyectándose en el tiempo a otras más cercanas a nosotros, pues tuvo el coraje cívico de acusar públicamente a su país de adopción –EE. UU.– de «practicar la doblez diplomática, la moderna inquisición y la caza de brujas en la vida interna de la nación…», en tanto que en las relaciones internacionales veía una «descarada infiltración económica y política».

Fue en 1954, en ocasión de ser distinguido con un premio por haberse destacado en la defensa de los derechos humanos gracias a sus escritos, cuando mencionó un discurso de cuyo contenido extraigo los últimos párrafos, que considero expresan conceptos que no tienen desperdicio, máxime teniendo en cuenta el año, el país en el que se encontraba –EE. UU.– y que los derechos humanos no constituían un tema tan conocido como ahora.

«Al hablar ahora de los derechos humanos,nos referimos en especial a los siguientes derechos esenciales: protección del individuo contra la usurpación arbitraria de sus derechos por parte de otros o por el gobierno; derecho a trabajar y a percibir ingresos justos por su labor; libertad de enseñanza y de discusión; participación adecuada del individuo en la formación de su gobierno. Estos derechos humanos se reconocen hoy de manera teórica; sin embargo, mediante el uso frecuente de maniobras legales y formalismos, resultan violados en medida mayor, todavía, que hace una generación. Existe, además, otro derecho humano que pocas veces se menciona, aunque está destinado a ser muy importante: es el derecho (o el deber moral) que posee todo ciudadano de no cooperar en actividades que considere erróneas o dañinas. En este sentido, tiene que ocupar un lugar excepcional la negativa a prestar el servicio militar… El Juicio de Nüremberg contra los criminales de guerra nazis se basaba tácitamente en el reconocimiento de este principio: no pueden excusarse los actos criminales, aun cuando se cometan por orden de un superior o de un gobierno. La conciencia está por encima de la autoridad de la ley del Estado».

Y continuaba: «La lucha de nuestro tiempo se basa, sobre todo, en torno de la libertad de ideas políticas y de la libertad de discusión, así como de la libertad de investigación y de enseñanza. El temor al comunismo ha conducido a prácticas que son ya incomprensibles para el resto de la humanidad civilizada y que exponen a nuestro país al ridículo. ¿Hasta cuándo toleraremos que políticos, empujados por la sensualidad del poder, pretendan obtener ventajas electoralistas de modo tan poco digno? Hasta parece que la gente ha perdido su sentido del humor, al extremo de que ese adagio francés «el ridículo mata» ya ha dejado de tener validez…»

Hay personalidades en el mundo de la cultura de una estatura tal, que llegan a trascender su especialidad y su tiempo. Uno de ellos fue –indudablemente– Albert Einstein. No hace mucho, un colega me preguntó qué hubiera pasado si Einstein hubiera sido argentino. Sin dudarlo, le contesté: creo que sería uno de los treinta mil desaparecidos.

 

(*) Actual presidente de la Fundación Albert Einstein de la República Argentina


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