El abrazo del gigante
Hace ya diez años, el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner confiaba tanto en que China se encargaría de la deuda externa argentina que dijo que las generaciones futuras lo ubicarían en el panteón patrio al lado del general San Martín o incluso de Carlos Gardel.
COLUMINISTAS
El sueño duró poco: los chinos no entendieron que, por ser la Argentina un país víctima de la maldad capitalista con muchos pobres, era su deber darle todo cuando pedía. Pero los kirchneristas no abandonarían la esperanza de que China fuera el “aliado estratégico” que los ayudaría a liberarse de las garras del capitalismo carroñero norteamericano, europeo y japonés. Puesto que desde el 2004 China ha duplicado el tamaño de su economía y ha acumulado una cantidad inverosímil de dólares, saben que sólo le costaría monedas comprar todas aquellas deudas impagas que, por culpa de “los buitres” y ciertos juristas estadounidenses, impiden que la Argentina acceda al mercado de capitales internacional.
Aunque no hay motivos para suponer que a los chinos les interese mucho lo que tienen en mente Cristina, Héctor Timerman y Axel Kicillof, estarán más que dispuestos a aprovechar las oportunidades que les brinden para incorporar la Argentina al nuevo orden que, poco a poco, están construyendo. Si bien no hay ninguna garantía de que China termine erigiéndose en una superpotencia auténtica, sus gobernantes están procurando asegurar que no le falten las materias primas que necesita para alimentar su ya gigantesco sector industrial, firmando un convenio tras otro con aquellos países africanos, latinoamericanos y centroasiáticos que las tienen en abundancia. Respetuosos a su modo de las costumbres locales, negociar con los socios débiles suele resultarles más fácil que hacerlo con países fuertes, en que las reglas de juego son rígidas, como Australia y Canadá.
Los chinos están habituados a quejarse de los “tratados desiguales” que en el pasado no tan lejano sus gobiernos tuvieron que firmar con las potencias europeas, el Japón y Estados Unidos, pero ello no quiere decir que sean reacios a actuar de la misma manera al encontrarse en condiciones de hacerlo. Por el contrario, herederos de una tradición política según la cual su propio país, “el reino del medio”, se ve rodeado de vasallos que dependen de su munificencia, les parece natural tratar a los demás como subordinados. Convendría, pues, manejar los vínculos con China con mucha cautela.
Los kirchneristas discrepan: a su juicio la relación con China no merece un debate exhaustivo; el lunes pasado los senadores, que esperaban con impaciencia el comienzo de las vacaciones estivales, aprobaron con rapidez impresionante un convenio para que fuera un socio privilegiado. En opinión de algunos, en adelante la relación bilateral se asemejará cada vez más a la que, a través de buena parte del siglo XIX y las décadas iniciales del XX, la Argentina tuvo con Gran Bretaña. De ser así, el acuerdo que Diputados tendrá que ratificar no carece de importancia.
Andando el tiempo, los disconformes con la alianza comercial con el Imperio Británico acusarían a una larga serie de gobiernos de traicionar al país. A su entender, fue a causa de la relación con “el taller del mundo” que la Argentina no se erigiera en una gran potencia industrial equiparable con Estados Unidos. Puede que a menudo la hostilidad se debiera más a la anglofobia o la aversión que muchos sentían por la democracia liberal que al presunto impacto económico de un arreglo que otros consideraban mutuamente provechoso, pero las conclusiones a las que llegaron incidirían mucho en el pensamiento nacionalista y por lo tanto peronista. Para los kirchneristas, son verdades reveladas indiscutibles.
Lo mismo que los británicos de antaño, los chinos quieren aprovechar la capacidad argentina para suministrarles materias primas y productos agrícolas. También quieren abrir mercados, cautivos si les resulta posible, para sus propios bienes manufacturados. Aunque juran que permitirán que las empresas argentinas compitan con las suyas en pie de igualdad, dan por descontado que nunca lograrán ocasionarles problemas en China misma. Para que no haya roces, en la Argentina podrían dejar sobrevivir a la mayoría de las empresas nacionales, o limitarse a comprar algunas, pero sería cuestión de un favor político, no de una decisión económica; serían plenamente capaces de vender aquí todos los bienes de consumo comercializables a precios inferiores a los deseados por los productores locales y de calidad por lo común superior.
La cláusula más polémica del acuerdo tiene que ver con el derecho de las empresas chinas a importar, por decirlo así, a sus propios obreros. Es normal que las empresas extranjeras que operan en el país insistan en que ejecutivos familiarizados con las costumbres de la casa matriz se encarguen de la dirección, aunque algunos han estado aquí tanto tiempo que en la actualidad los jefes locales son argentinos, pero sólo en casos puntuales han querido traer también a obreros que no sean especialistas.
En este ámbito los chinos son distintos. Como sus socios estratégicos africanos se enteraron, prefieren contratar a sus propios compatriotas para desempeñar hasta las tareas más rudimentarias, de suerte que sus empresas raramente generan puestos de trabajo que sean aptos para los obreros locales. Y, por ser los chinos del continente recién llegados a los mercados internacionales, propenden a formar comunidades que están aún más cerradas que las japonesas o, desde luego, las de expatriados europeos o norteamericanos.
En cambio, los inmigrantes chinos oriundos de Taiwán, Filipinas, Malasia, Singapur e Indonesia, además de los de Hong Kong, suelen adaptarse sin dificultades a la vida en otro país, aunque muchos se aferran con tenacidad a sus propias tradiciones culturales. Si bien la mayoría prefiere mudarse a países ricos, con sistemas educativos que están a su altura, no sorprendería que la Argentina pronto se viera beneficiada por una fuerte corriente migratoria procedente de China continental que, siempre y cuando no adquiriera dimensiones comparables con las que dieron al país su fisonomía demográfica actual, no motivaría demasiados problemas, pero en vista de que lo que en un país de 1.400 millones de habitantes se tomaría por un movimiento poblacional menor no lo sería en absoluto en uno de apenas 40 millones, es factible que los acuerdos que el gobierno kirchnerista quiere ver sellados cuanto antes tengan consecuencias que sean aún más “históricas” que las previstas.
James Neilson