El alto comisionado de Derechos Humanos de la ONU critica a Venezuela

Mientras los organismos regionales mantienen un largo y deplorable silencio sobre el drama que, en materia de derechos humanos y libertades civiles y políticas, vive el pueblo venezolano, las Naciones Unidas –en cambio–- están haciendo oír sus fuertes críticas al gobierno de ese país. En todos sus rincones y a todos los niveles. Respecto de Venezuela, las Naciones Unidas no son una institución multilateral sumisa más, sino una organización legítimamente preocupada y, además, particularmente clara, cuando de expresar sus puntos de vista se trata. El 15 de junio pasado, el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Raad al Hussein, alzó su voz para criticar, sin vueltas, las detenciones de manifestantes pacíficos en Venezuela, poniendo en cuestión la legalidad de esas draconianas medidas. Nada menos que en oportunidad de pronunciar su discurso inaugural de una nueva sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra. A lo que agregó su preocupación por las constantes agresiones, acosos, amenazas y descalificaciones públicas que realiza de manera permanente el cuestionado gobierno de Nicolás Maduro contra los defensores de los derechos humanos. Como es habitual, Venezuela reaccionó con ira. De manera desproporcionada y belicosa. Como reaccionan frecuentemente los que no tienen razón. Por boca de su embajador en Ginebra, Jorge Valero, un hombre conocido por su total falta de moderación y su afición a las acusaciones desproporcionadas, cuando no absurdas. Como sus constantes acusaciones de Colombia de genocidio, por su represión al andar terrorista de las FARC, a las que obviamente Valero admira, sin límites. A punto tal, que jamás habla de sus constantes delitos de lesa humanidad, esto es de sus despiadados crímenes de guerra, en violación de las Convenciones de Ginebra de 1949, todo a lo largo de medio siglo de conflicto armado interno en Venezuela. Con una sólida educación universitaria, Valero es –no obstante– un “ultra” recalcitrante. De aquellos que prefieren transitar siempre el camino del insulto inmediato, tratando de descalificar al ocasional interlocutor. Que dan la espalda al diálogo constructivo, para lo cual hay que tener capacidad de escuchar, algo desconocido para Valero, dueño absoluto de la verdad. Acusó abiertamente al alto funcionario de las Naciones Unidas de “tergiversar la verdad”. De mentiroso, entonces, lo que es grotesco, como Valero. Mientras tanto, Daniel Ceballos acaba de levantar su huelga de hambre, en la dura prisión en la que se lo ha alojado. Leopoldo López, por su parte, persiste en esa práctica. Ambos llevan ya más de un año detenidos, sin que su juicio tenga un curso natural. Todo se demora y aplaza, de manera de extender la prisión de los líderes políticos opositores, en ostensible violación del debido proceso legal. Una vergüenza de la que entre los líderes de la izquierda regional no se habla. Como si Nicolás Maduro tuviera una suerte de “patente de corso” y estuviera de pronto “autorizado” para pisotear los derechos humanos y las libertades civiles y políticas de los dirigentes opositores y del pueblo venezolano en su totalidad. Las voces que denuncian la verdad se multiplican y el accionar perverso de Nicolás Maduro está quedando al descubierto. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

Emilio J. Cárdenas (*)


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