El amigo norteamericano

Cuando los presidentes visitan países extranjeros es normal que intercambien piropos con sus anfitriones, de suerte que fue de prever que el norteamericano Barack Obama elogiara lo que está haciendo su homólogo Mauricio Macri, pero ni siquiera los funcionarios más optimistas de nuestro gobierno esperaban que se expresara de forma tan enfática. Parecería que, a juicio de Washington, en los años próximos le tocará a la Argentina cumplir el papel de “líder en la región”, reemplazando coyunturalmente a Brasil, que se ve sumido en una crisis que podría prolongarse varios años más, y que otros países, entre ellos los aún gobernados por populistas como Venezuela y Bolivia, tomarán el mismo rumbo que el elegido por Cambiemos. Puesto que hasta noviembre pasado el gobierno argentino raramente dejó pasar una oportunidad para oponerse a las iniciativas norteamericanas, llegando al extremo de intentar aliarse con Irán, el cambio es impactante pero, a menos que pronto lo sigan inversiones cuantiosas, a Macri no le sería del todo fácil desempeñar el rol previsto por quien acaba de calificarlo como “un aliado clave”. Le sería importante continuar destacándose en el escenario internacional no sólo por motivos personales sino también porque, además de dar más brillo a su imagen y por lo tanto ayudarlo a consolidarse ante la opinión pública interna, haría posible que el país adquiera la reputación de ser el más promisorio y confiable de todos los “emergentes”. Hasta nuevo aviso, la prioridad del presidente Macri tendrá que ser la maltrecha economía nacional que, para recuperarse, necesitaría muchos ajustes que, si tiene suerte, harían soportables una combinación de inversiones productivas y préstamos a tasas razonables. Según se anuncia, las empresas norteamericanas radicadas en el país se han propuesto invertir casi 14.000 millones de dólares en los años próximos, pero serían precisos muchos más para ahorrarle al gobierno la necesidad de tomar medidas antipáticas que le ocasionarían un sinfín de problemas. Aunque Obama podrá ayudar a que los empresarios, financistas y juristas de su país traten mejor a la Argentina, su influencia es acotada debido no sólo a que ya sea un “pato rengo” cuya gestión tiene los meses contados sino también porque el complicado sistema político norteamericano no le permitiría ordenarlos y acompañarlo. A lo sumo, el hombre que según sus compatriotas es “el más poderoso del mundo” puede exhortarlos a pensar en las ventajas geopolíticas que andando el tiempo compartirían, de privilegiar la Argentina, pero no está en condiciones de hacer mucho más. En Estados Unidos, Obama se encuentra en la franja izquierdista del espectro ideológico, mientras que el Partido Demócrata al que pertenece se asemeja bastante al Justicialista por ser cuestión de una coalición en la que ha convergido una variedad de grupos de procedencia distinta que se afirman comprometidos con la justicia social. Que éste sea el caso podría considerarse una ventaja para Macri que, según las pautas argentinas, es de la “centroderecha” y por lo tanto no debería verse perjudicado si en las elecciones de noviembre los norteamericanos votaran por el candidato republicano, pero puesto que el favorito de las bases republicanas es el nacionalista truculento Donald Trump le convendría mucho más que la Casa Blanca quedara en manos demócratas. Si bien muchos han ubicado el triunfo de Macri en el contexto de un movimiento generalizado en contra del populismo de retórica izquierdista que se hizo muy fuerte en América Latina merced al boom de las commodities, no sería de su interés que el mismo fenómeno se repitiera en Estados Unidos y Europa, ya que los gobiernos resultantes podrían ser más proteccionistas que los actuales. Por lo demás, aunque por principio Macri mismo estaría a favor del libre comercio, entenderá que escasean las empresas argentinas que serían capaces de sobrevivir si se desmantelaran de golpe todas las barreras. Es por tal motivo que muchos empresarios temen que Obama, a cambio de su apoyo fervoroso a la gestión de Macri, quisiera que la Argentina se abriera más a las importaciones norteamericanas, una eventualidad que, si bien beneficiaría mucho a los consumidores, podría tener consecuencias muy ingratas desde el punto de vista de los nada competitivos industriales del país.


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