El antiajuste

Es un error sostener que cualquier reducción del gasto público significa un retroceso que perjudica a todos.

Por Redacción

En una ocasión, el escritor uruguayo Mario Benedetti afirmó que su país es una oficina pública que ha logrado erigirse en nación. A juzgar por lo que dicen tantos políticos, gremialistas y otros, la Argentina también es un país conformado exclusivamente por estatales, de ahí la propensión generalizada a tomar cualquier reducción del gasto público por un retroceso que perjudica a todos sin excepción y por este motivo a pensar que el «ajuste» es una tragedia sin atenuantes. Se trata de un error de enfoque muy grave que ha contribuido enormemente a la depresión anímica que, de profundizarse mucho más, podría tener consecuencias difícilmente imaginables. Es que los directamente empleados por el Estado constituyen a lo sumo una cuarta parte de la población activa, mientras que la mayoría abrumadora pertenece al «sector privado» que, por lo tanto, tiene derecho a considerarse sinónimo del país. Puesto que en buena lógica el «ajuste» de un sector supone más dinero para el otro, sería legítimo que el gobierno subrayara que su gran objetivo consiste en dar mucho más dinero al privado que, después de todo, es el que produce casi todos los bienes consumidos y una proporción nada despreciable de los servicios. Como si esto ya no fuera más que suficiente, nadie puede ignorar que el futuro del país depende casi por completo de la evolución del sector privado: si éste se hundiera, no serviría para nada que el Estado se transformara en el más eficiente y solidario del planeta; en cambio, si prosperara, las deficiencias estatales serían tan anecdóticas como suelen ser en Italia.

La costumbre de tratar al sector privado como un apéndice vergonzoso y sin mucha importancia del «país» auténtico se debe en buena medida a que los políticos, además de ser ellos mismos estatales, siempre han aprovechado las oportunidades brindadas por el sector público para financiar sus actividades y para suministrar sinecuras a sus adictos. Asimismo, el que por ley no es nada fácil echar a los empleados públicos significa que éstos pueden «luchar» contra toda iniciativa que no les complazca protagonizando desmanes que a un trabajador normal le supondrían un despido inmediato. Esta combinación de vivo interés político por un lado e impunidad constitucionalmente garantizada por el otro ha asegurado que la mayor parte del país se haya resignado al papel de fuente de recursos para un Estado dominado por individuos habituados a anteponer sus propias prioridades a aquellas de la comunidad en su conjunto. Dicha distorsión se hace especialmente flagrante cuando los dirigentes emprenden uno de sus periódicos ejercicios corporativos: los representantes de la industria, del comercio, de los servicios financieros y del campo deberían llevar la voz cantante en las reuniones resultantes porque de ellos depende casi todo, pero, como es notorio, siempre se ven constreñidos a cumplir un rol secundario, dejando el protagonismo a políticos y sindicalistas que, por desprestigiados que fueran, actúan como los dueños absolutos del país.

Ya que los que piensan de este modo están resueltos a conservar su ascendiente, a su entender les conviene que sus compatriotas supongan que los empresarios y financistas son con toda probabilidad delincuentes que, por haberse entregado al «capitalismo» o, peor, al «liberalismo», son personajes de ética muy dudosa. Desde hace muchas décadas la propaganda en tal sentido ha sido tan ensordecedora que acaso no sorprende que la mayoría, si bien forma parte del sector privado, se haya acostumbrado a dar por descontado que lo único que realmente importa en la Argentina son las vicisitudes de la gran familia estatal y que el problema principal del país consiste en la conducta escandalosa de los demás. Dicho prejuicio tan fuertemente arraigado está entre las causas básicas del desbarajuste actual: mientras no se debilite, el progreso, si es que se concreta, continuará siendo lento e irregular porque, les guste o no a los muchos que se sienten comprometidos con esquemas precapitalistas, el destino del país será muy triste a menos que se adapte sin más demora al sistema económico que es propio de nuestros tiempos.