El cajón desastre
Hace unos años, durante una clase, para explicar el concepto de cultura a unos alumnos de primer año utilicé la expresión “cajón de sastre”. Ya lo sabemos: la idea remite a un conjunto de “cosas revueltas y desordenadas” o a una “persona que tiene en su imaginación una gran variedad de ideas en desorden y confusas”. No fue porque sí: la noche anterior el “cajón de sastre” había aparecido en el cuento que le leí a mi hija menor. Y yo había recordado mi niñez: la máquina Singer en la casa de mi abuelo, con sus cajoncitos de madera repletos de alfileres, botones, retazos, tijeras, carreteles multicolores, dedales, monedas, un inolvidable sacapuntas en forma de locomotora, teléfonos anotados en el dorso de boletas de Prode y estampillas sin usar. Pero ¿ya lo sabemos? Los rostros perplejos de esos chicos de trece años y una mano alzada me obligaron a detenerme: –Profe, ¿por qué dice que la cultura es un desastre? –¿Perdón? –Sí, usted dijo: “cajón desastre”. –Y además, ¿por qué un cajón? –saltó otro. –Pero no, chicos. Yo dije “ca-jón de sas-tre”. ¡“Sastre”! Al fin pudimos entendernos y la analogía siguió como pudo su camino. La anécdota alerta acerca de la necesidad de considerar las diferencias entre las generaciones y cómo se confunden sus distintas experiencias y memorias: lo que los mayores dan por sentado lo redefine cada generación. Es más complicado si pensamos que nos reconocemos parte de una historia común para imaginar un futuro. Nuestra memoria, siempre selectiva e incompleta, define aquello que deseamos que no se vuelva a repetir, o lo que perdimos y deseamos que regrese: una persona, una idea, un trabajo, un lugar. ¿Dónde se “guarda” la memoria de un país? ¿En qué recuerdos encarna ese colectivo llamado “Argentina”? Los rituales escolares y las efemérides fueron durante décadas las fuentes en las que abrevaron generaciones de argentinos para imaginarse a sí mismos. Y la historia nacional fue siempre terreno de lucha política. Basta evocar las recientes disputas acerca del traslado del monumento a Cristóbal Colón y su reemplazo por el de Juana Azurduy. El Estado no tiene el monopolio de la memoria: partidos políticos, colectivos sociales o grupos culturales preservan y toman como emblemas fechas y símbolos diferentes o “resignifican” los oficiales. Traumas o catástrofes colectivas recientes ganaron peso en el calendario escolar junto a las fechas más “tradicionales”, aquellas fijadas para fortalecer la consolidación del Estado nación, y que instalaron un relato canónico que aún hoy expresa el proyecto de país oligárquico. Es que para un niño de la escuela primaria “el 25 de Mayo” y “el 24 de Marzo” fueron hace mucho tiempo, tanto que se arrumban en el mismo espacio temporal que nos da algún tipo de unidad o identidad. Entonces, resulta que el pasado colectivo es un terreno cuya solidez es aparente, a pesar de que en algunas ocasiones pareció que se cristalizaba mediante ciertas imágenes y símbolos. Vana pretensión. Hacia fines del siglo XIX la Juncal, una isla del Delta, solo era un refugio de alimañas que se inundaba periódicamente. Un italiano cabeza dura, Enrique Lafranconi, la pidió al gobierno para poblarla. Un sauce semipodrido en medio del río, unos pilotes y la voluntad humana construyeron, frenando la arena que arrastraba el Paraná, una isla de 500 hectáreas. El barro se depositó en torno a la isla, que emergió de las aguas por el esfuerzo de un hombre. Su historia aparece en “Tres muescas en mi carabina”, la novela de Carlos María Domínguez, y es otra imagen poderosa sobre la construcción del pasado. La dictadura militar eligió el río como destino final de las huellas de su matanza: el agua todo lo borra. Pero el olvido completo es imposible y no hay metáforas más eficaces que la propia realidad: la corriente devolvió algunos de los cuerpos cuyo destino buscado era ese. Al igual que la isla de Lafranconi, salieron de las aguas barrosas, robados de su voracidad para ser identificados décadas después y negar el fin pretendido para ellos. Como la isla Juncal, obligaron a dibujar los mapas de otra manera. El río desemboca en el océano y muta en archipiélago. Habitantes de sus islas buscamos faros, arrojamos botellas al mar, recorremos la costa que nos toca para armar un mapa que niegue lo ilimitado de su superficie. Levantamos nuevos planos a partir de cartografías antiguas. “El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía”. Así despidió Rodolfo Walsh a su hija Victoria, que se suicidó tras combatir contra el ejército en 1976. Así es: en los pliegues de la memoria anidan las tres dimensiones del tiempo a escala humana: pasado, presente y futuro. Los protagonistas de la Historia son las mujeres y los hombres que, desde sus experiencias, su educación y sus sueños –su memoria-, responden viejas preguntas: dan los sentidos de su hora a viejas palabras por las que otros latieron y lucharon. No es necesario, y puede ser agobiante, empezar de cero cada vez. (*) Historiador y escritor
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Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio – Historiador y escritor | Especial para “Río Negro”
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