El desarrollo tan problemático

El crecimiento vigoroso reciente de ciertas economías “emergentes” –el eufemismo que hace algunos años reemplazó el de “en vías de desarrollo” para calificar a las aún atrasadas– motivó el optimismo de quienes suponían que, andando el tiempo, los países pobres lograrían cerrar la brecha que los separa de los ricos. Es que, en teoría, el desarrollo económico no debería ser demasiado difícil. Al fin y al cabo, a los países pobres no les sería necesario inventar nada. En los más de dos siglos que han transcurrido a partir del inicio de la Revolución Industrial, se ha probado una multitud de recetas distintas, de suerte que, para progresar, debería serles suficiente aprovechar la experiencia ajena aplicando las más exitosas. Asimismo, los países todavía pobres no tendrían que gastar tanto dinero en investigaciones científicas y tecnológicas como hicieron los ricos, con frecuencia sin resultados positivos. Era lógico, pues, suponer que la convergencia tan deseada por quienes apostaban a la globalización sería virtualmente automática. Últimamente, empero, el optimismo así generado se ha debilitado mucho. Al ralentizarse la expansión de las economías consideradas más promisorias, entre ellas las del Brasil, China y la India, se ha difundido la sensación de que a los países de ingresos per cápita bajos no les será del todo fácil alcanzar a los más prósperos. La frustración resultante ha contribuido a las revueltas populares que sorprendieron a los gobiernos de países presuntamente exitosos como Brasil y Turquía, además de agravar las tensiones explosivas que se dan en casi todo el amplio mundo musulmán, en que millones de jóvenes con diplomas universitarios se sienten atrapados en sociedades irremediablemente atrasadas. Por desgracia, la incapacidad ya crónica de la Argentina para resolver los problemas trágicos que plantea el subdesarrollo debería servir de advertencia para aquellos optimistas que, basándose en el presupuesto de que sería mucho más fácil avanzar por un camino que otros ya han abierto de lo que fue para los pioneros, creen que tarde o temprano todos los pueblos disfrutarán de las ventajas materiales a las que se ha acostumbrado la mayoría de los norteamericanos, europeos, australianos, japoneses, taiwaneses y surcoreanos. A pesar de compartir la misma cultura con los ya ricos y contar con recursos naturales abundantes, desde hace un siglo los sectores dominantes de nuestras elites políticas, intelectuales y académicas se resisten con terquedad a imitarlos. Parecería que a su juicio es más importante ser distintos, y por lo tanto luchar contra las influencias foráneas, de lo que sería resignarse a aprender de los aciertos y fracasos del resto del género humano. Aunque en muchos casos tal actitud se debe a la voluntad de defender intereses propios que se verían amenazados por el desarrollo del conjunto, los comprometidos con un statu quo nada satisfactorio siempre han logrado conseguir el apoyo fervoroso de millones de perjudicados por su obstruccionismo sistemático. Puesto que variantes del mismo fenómeno pueden encontrarse en otras partes de América Latina, además de África y Asia, lo más probable es que el destino de muchos países se asemeje al nuestro. Además de la negativa a permitir el desarrollo de elites que, en América Latina por lo menos, a menudo se imaginan progresistas pero que en verdad son extraordinariamente conservadoras, para prosperar los “emergentes” tendrían que superar una serie de obstáculos demográficos, financieros y educativos. No sólo en China, sino también en muchos países musulmanes, la población está envejeciendo a un ritmo desconcertante, lo que ya ha creado problemas angustiantes que apenas se han visto atenuados por la tradicional solidaridad de las familias en sociedades que nunca han construido sistemas previsionales equiparables con los de los países ricos. Asimismo, de recuperarse pronto la economía de Estados Unidos, llegaría a su fin una era signada por créditos muy baratos e inversiones cuantiosas en países considerados riesgosos. Por lo demás, para aumentar su propia competitividad, los países avanzados están aprovechando sus ventajas comparativas tecnológicas para que en adelante no se sientan constreñidos a importar productos fabricados en lugares en que los salarios son exiguos, lo que privaría a muchos países de la posibilidad de crecer a base de exportaciones de bienes manufacturados.


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