El dilema de Cobos

Redacción

Por Redacción

Según el titular de la UCR, el senador mendocino Ernesto Sanz, sería inaceptable que procurara sacar provecho de su cargo partidario, utilizándolo como una “herramienta”, razón por la que tomará licencia para dedicarse plenamente a la campaña para “la precandidatura”. Es su forma de presionar a su comprovinciano Julio Cobos, para que por fin abandone la vicepresidencia de la Nación, por suponer que en tal caso su rival se vería irremediablemente debilitado. Por ser el radicalismo un movimiento escasamente autoritario, seguir presidiéndolo no le brindaría a Sanz muchas ventajas. En cambio, la buena imagen pública de Cobos se debe menos a su trayectoria como radical que al habérselas ingeniado para ser a un tiempo un miembro destacado del gobierno nacional, uno que esporádicamente se desempeña como presidente, y un líder de la oposición al gobierno del que forma parte. Aunque la popularidad alcanzada por Cobos luego de la madrugada del 17 de julio de 2008, cuando votó en contra de las retenciones móviles reclamadas por el gobierno, ayudó enormemente al radicalismo a reconciliarse con la ciudadanía, a muchos correligionarios no les hizo ninguna gracia el protagonismo de la oveja descarriada. Si bien, como es su costumbre, los adversarios radicales de Cobos insisten en que están en juego principios éticos, sus motivos para pedirle que renuncie cuanto antes a la vicepresidencia parecen tener más que ver con la resistencia a permitirle representar la UCR en las próximas elecciones que a sus eventuales preocupaciones institucionales. Cobos, pues, se ve ante un dilema. Según las encuestas, ya no aventaja a todos los demás líderes radicales como hizo, por un margen muy amplio, en los dos años que siguieron a su célebre “voto no positivo”, pero así y todo aún cuenta con posibilidades de triunfar en la contienda partidaria en la que enfrenta no sólo a Sanz sino también a Ricardo Alfonsín. Aunque Cobos ha dado a entender que de celebrarse una interna formal en abril no participaría, sin duda porque sabe muy bien que le convendría más arriesgarse en las primarias abiertas que podrían tener lugar en agosto, el destino de su candidatura será decidido por sus correligionarios radicales, lo que no sería el caso si siguiera contando con el apoyo de amplios sectores extrapartidarios. Asimismo, si bien ya han transcurrido dos años y medio desde que se vio transformado repentinamente en una de las estrellas máximas del quehacer nacional, Cobos aún no sabe cuánto depende el nivel de popularidad que todavía conserva de sus propias cualidades personales y cuánto de la posición ambigua que ocupa en el firmamento político. No podrá sino sospechar que, a pesar de haber sido durante dos años y medio un referente clave, aún no ha conseguido labrarse una imagen personal que sea lo bastante nítida como para que no le perjudique dejar su puesto como primero en la línea de sucesión a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y blanco predilecto de los insultos de los kirchneristas que, huelga decirlo, no han pensado en perdonarle su “traición”. Mal que bien, Cobos sigue siendo el vicepresidente rebelde. Es por lo tanto natural que, para indignación de los “leales” a la presidenta y frustración de aquellos correligionarios radicales que no lo quieren por haber integrado la fórmula ganadora del 2007, se haya aferrado al cargo en el gobierno nacional por entender que es una parte esencial de su identidad política. Aunque Cobos ha procurado hacer pensar que de triunfar en las elecciones previstas para octubre formaría un gobierno centrista moderado que, entre otras cosas, procuraría poner fin al “clima de crispación” que se instaló en el país hace diez años y que la presidenta Cristina parece resuelta a perpetuar, a esta altura no podrá sino entender que en nuestro país los resultados electorales dependen menos de los compromisos programáticos que de la capacidad de los distintos candidatos para convencer a los votantes de que poseen las cualidades exigidas por las circunstancias imperantes. Hace apenas un año, Cobos parecía ser la persona indicada para tomar el relevo a Cristina, pero desde entonces la irrupción del hijo de Raúl Alfonsín y la muerte de Néstor Kirchner han cambiado tanto el panorama que es posible que su hora ya haya pasado.


Según el titular de la UCR, el senador mendocino Ernesto Sanz, sería inaceptable que procurara sacar provecho de su cargo partidario, utilizándolo como una “herramienta”, razón por la que tomará licencia para dedicarse plenamente a la campaña para “la precandidatura”. Es su forma de presionar a su comprovinciano Julio Cobos, para que por fin abandone la vicepresidencia de la Nación, por suponer que en tal caso su rival se vería irremediablemente debilitado. Por ser el radicalismo un movimiento escasamente autoritario, seguir presidiéndolo no le brindaría a Sanz muchas ventajas. En cambio, la buena imagen pública de Cobos se debe menos a su trayectoria como radical que al habérselas ingeniado para ser a un tiempo un miembro destacado del gobierno nacional, uno que esporádicamente se desempeña como presidente, y un líder de la oposición al gobierno del que forma parte. Aunque la popularidad alcanzada por Cobos luego de la madrugada del 17 de julio de 2008, cuando votó en contra de las retenciones móviles reclamadas por el gobierno, ayudó enormemente al radicalismo a reconciliarse con la ciudadanía, a muchos correligionarios no les hizo ninguna gracia el protagonismo de la oveja descarriada. Si bien, como es su costumbre, los adversarios radicales de Cobos insisten en que están en juego principios éticos, sus motivos para pedirle que renuncie cuanto antes a la vicepresidencia parecen tener más que ver con la resistencia a permitirle representar la UCR en las próximas elecciones que a sus eventuales preocupaciones institucionales. Cobos, pues, se ve ante un dilema. Según las encuestas, ya no aventaja a todos los demás líderes radicales como hizo, por un margen muy amplio, en los dos años que siguieron a su célebre “voto no positivo”, pero así y todo aún cuenta con posibilidades de triunfar en la contienda partidaria en la que enfrenta no sólo a Sanz sino también a Ricardo Alfonsín. Aunque Cobos ha dado a entender que de celebrarse una interna formal en abril no participaría, sin duda porque sabe muy bien que le convendría más arriesgarse en las primarias abiertas que podrían tener lugar en agosto, el destino de su candidatura será decidido por sus correligionarios radicales, lo que no sería el caso si siguiera contando con el apoyo de amplios sectores extrapartidarios. Asimismo, si bien ya han transcurrido dos años y medio desde que se vio transformado repentinamente en una de las estrellas máximas del quehacer nacional, Cobos aún no sabe cuánto depende el nivel de popularidad que todavía conserva de sus propias cualidades personales y cuánto de la posición ambigua que ocupa en el firmamento político. No podrá sino sospechar que, a pesar de haber sido durante dos años y medio un referente clave, aún no ha conseguido labrarse una imagen personal que sea lo bastante nítida como para que no le perjudique dejar su puesto como primero en la línea de sucesión a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y blanco predilecto de los insultos de los kirchneristas que, huelga decirlo, no han pensado en perdonarle su “traición”. Mal que bien, Cobos sigue siendo el vicepresidente rebelde. Es por lo tanto natural que, para indignación de los “leales” a la presidenta y frustración de aquellos correligionarios radicales que no lo quieren por haber integrado la fórmula ganadora del 2007, se haya aferrado al cargo en el gobierno nacional por entender que es una parte esencial de su identidad política. Aunque Cobos ha procurado hacer pensar que de triunfar en las elecciones previstas para octubre formaría un gobierno centrista moderado que, entre otras cosas, procuraría poner fin al “clima de crispación” que se instaló en el país hace diez años y que la presidenta Cristina parece resuelta a perpetuar, a esta altura no podrá sino entender que en nuestro país los resultados electorales dependen menos de los compromisos programáticos que de la capacidad de los distintos candidatos para convencer a los votantes de que poseen las cualidades exigidas por las circunstancias imperantes. Hace apenas un año, Cobos parecía ser la persona indicada para tomar el relevo a Cristina, pero desde entonces la irrupción del hijo de Raúl Alfonsín y la muerte de Néstor Kirchner han cambiado tanto el panorama que es posible que su hora ya haya pasado.

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