El disparador: Cerrar los ojos

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En Napoli, ciudad supersticiosa como pocas, cuentan que para tener suerte hay que superar un desafío: atravesar con los ojos vendados la Piazza del Plebiscito y pasar entremedio de dos grandes estatuas. Fácil. Decido hacerlo. Estoy con mi mujer y una pareja de amigos. Desde el Palazzo Reale apunto en línea recta hacia la Basílica de San Francesco di Paola. Me cubro los ojos y camino. Enseguida pierdo referencias, además del control de la situación. Eso no altera mi confianza. Tengo que desviarme demasiado para no acertar entre medio de dos estatuas de caballos que están separados entre sí por 50 metros.
Camino lento, para estar más seguro. Mis acompañantes me alertarán ante cualquier peligro: una moto, un auto, una bici. Solo me preocupo por una imaginaria línea recta de una cuadra y media. Voy bien, aunque me demandará más de lo que estimaba. Da igual: al final lo voy a lograr. Debe ser, supongo, una de las tantas pavadas con las que se envuelve al turista.
Pero a mitad de camino me siento extraño. La plaza es enorme. Ya sin referencias, no sé si voy bien o mal. El eco de la gente y del tráfico me confunde. “Aquí estamos”, repite Joachim, para que siga tranquilo. Nada malo me puede pasar con gente a mi lado que me quiere bien; o nada malo que pueda ser evitado. Con confianza doy unos cuantos pasos.
“¿Te parece que vas bien?”, pregunta Joachim. “Creo que sí, imagino que no”, digo. No pienso en el destino. Me deja de importar si voy en la dirección correcta. Disfruto el recorrido. Ellos me acompañan en silencio. Como un padre atento que, al margen de sus deseos, escolta a un hijo sin que él lo perciba, dándole libertad.
“Ya está bien, ¿no?”, dice Joachim. Siento que entre ellos se miran en un consenso espontáneo. Me descubro los ojos y, unos tres minutos después, me sorprendo demasiado: estoy exactamente en el mismo lugar del que partí. Caminé en círculo. Podría ensayar lógicas, pero no importan. Logré algo que no imaginaba. Experimenté una dimensión paralela, aunque no desconocida: me sentí como cuando era un niño y no tenía vergüenza de jugar.

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