El fruto y el fuego

Por Héctor Ciapuscio

Que el conocimiento es algo muy importante no es ninguna novedad. Mi viejo profesor de Lógica en el Nacional repetía incansablemente la frase que traía el texto de Pfaender: «Conocimiento, la palabra más importante del lenguaje». Y el propio Aristóteles puso como primeras palabras de su «Metafísica» que «El hombre aspira, por naturaleza, a conocer». Pero éstas, aun la del último, son cosas modernas comparadas con los antiguos mitos sobre el conocimiento que fundaron la cultura de Occidente.

El primero de ellos está en el Antiguo Testamento, en el Génesis. Es la historia bíblica del Jardín del Edén y de la Caída de la primera pareja. Según el mito judío, Adán y Eva, los fundadores del género humano, perdieron el Paraíso por haber comido, contrariando el mandato de Jehová, el fruto del árbol de la sabiduría. Recordemos: Dios les había dicho que podían comer de todo árbol del huerto pero que del árbol del medio, el de la ciencia del bien y del mal no comerían, porque el día que lo hicieran habrían de morir. Pero una astuta serpiente tentó a Eva: «No moriréis, el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, sabios en el bien y en el mal». Y la mujer tomó el fruto y comió y dio también a su marido, quien lo compartió con ella. Jehová-Dios los castigó: maldijo a la serpiente y, expulsando a la pareja del Edén, condenó para siempre al hombre al trabajo penoso, a la mujer al sufrimiento en el parto y a ambos a una vida con límite de tiempo.

El segundo mito sobre el conocimiento es el de Prometeo; pertenece a la mitología griega y en su versión más antigua está en el poeta Hesíodo del siglo IX a.C. Pero fue Esquilo, el primero en la tríada de grandes dramaturgos, quien dio cuatro siglos después a través de su «Prometeo, encadenado» las referencias más amplias que tenemos sobre el titán que entregó, llevado por su «extremado amor a los mortales», el conocimiento y las técnicas a los hombres. La antigua mitología contaba que su pecado ante Zeus había sido darles el fuego, «la furtiva chispa», que daría inicio a la civilización. El drama de Esquilo explicitará ampliamente los dones. Prometeo proclama allí que para compensarlos del rechazo que el Supremo experimentaba por el género humano, les dio a los mortales el conocimiento de los números, de las letras y de la memoria, madre de las musas. De rudos que eran, hizo a los hombres avisados y cuerdos. Por esa acción funesta para él padecerá por siempre, encadenado a una alta roca en el Cáucaso, sufrimientos atroces: su hígado devorado de día y reconstituido de noche tras la visita de un buitre voraz enviado por Zeus. Este será el castigo directo a Prometeo; pero el Supremo decidió castigar también a los hombres por soberbios, y para eso les envió a Pandora con su caja de múltiples males (que abrirá el tonto de Epimeteo dispersándolos por el mundo), para equilibrar las ventajas del fuego que les entregó el titán caído.

 

La civilización

 

David S. Landes, historiador de Harvard, es autor de un libro clásico sobre el cambio tecnológico y el desarrollo económico de Occidente que ya en el título («The Unbound Prometheus») enfoca simbólicamente en el mito del héroe de la mitología. El mundo actual -dice en sus conclusiones- está aparentemente preparado para abrazar la religión de la ciencia y la tecnología sin reservas. Algunos en los países desarrollados ven con aprensión este culto; son ricos y pueden ser críticos. Pero la mayoría de los habitantes del planeta da por seguro que esos avances son buenos y altamente deseables. La razón para ese optimismo es la asunción de que la capacidad del hombre para saber y para hacer es infinita. Refiriéndose a lo que hemos visto de la historia judía y la leyenda griega, comenta que tenemos allí la vieja herejía de la adoración del hombre por sí mismo. Cuenta que la primera vez que citó esas historias de Eva y Prometeo como evidencias de la continuidad del espíritu de lucha y dominio en la cultura Occidental, colegas escépticos objetaron que esas leyendas probaban más bien la hostilidad de la tradición a tales insolentes aspiraciones, ¿acaso no fueron Adán y Eva echados del Paraíso? ¿No fue Prometeo encadenado a una roca? ¿Acaso no dicen estas historias que el hombre será castigado por su presunción? La respuesta, admite, es sí, pero sólo parte de la respuesta. Adán y Eva perdieron el Paraíso por haber comido el fruto del árbol de la sabiduría, pero ellos retuvieron el conocimiento. Prometeo fue castigado y, por cierto, toda la humanidad, porque Zeus envió a Pandora con su caja de males para compensar las ventajas del fuego; pero Zeus nunca recobró el fuego. En suma, esos mitos nos advierten que el arrebato y la explotación del conocimiento son actos peligrosos, pero que el hombre debe saber y sabrá, y una vez que sabe no olvidará.


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