El gobierno orsay

Redacción

Por Redacción

Según Shakespeare, “cuando llega la desgracia, nunca viene sola sino a batallones”. Lo sabrá muy bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ya que últimamente ha tenido que hacer frente a una sucesión de escándalos bochornosos protagonizados por personajes estrechamente vinculados con el gobierno, entre ellos ciertos integrantes de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, reveses electorales en distritos clave que sorprendieron por su contundencia y las opiniones nada amables sobre su persona de su ex jefe de Gabinete Alberto Fernández. Y, como si tales disgustos no le fueran más que suficientes, acaba de ingeniárselas para provocar otro al intentar cambiar radicalmente la organización del fútbol local por motivos que tienen mucho más que ver con el dinero que con su eventual interés en el deporte como tal. La respuesta de los apasionados por las alternativas del fútbol no se hizo esperar; con escasas excepciones, se burlaron del proyecto atribuido al Poder Ejecutivo. Como es tradicional en circunstancias como éstas, voceros gubernamentales quieren dar a entender que sólo ha sido cuestión de un error de comunicación. Todo comenzó cuando el club River Plate hizo una campaña tan mediocre que no pudo seguir en Primera. Por ser River, lo mismo que el peronismo, un sentimiento muy difundido en el país, puede entenderse el desconcierto que su descenso a la B Nacional motivó en el gobierno responsable de liberar los goles del domingo que, al decir de Cristina, había mantenido secuestrados durante tanto tiempo el Grupo Clarín. Para solucionar el problema planteado por la ausencia de uno de los equipos más populares de las transmisiones deportivo-propagandísticas que apadrina el kirchnerismo, propuso incorporar el torneo en que tendrá que jugar River a la Primera División, que en adelante contaría con 38 equipos participantes. ¿Qué sucedería si el “Millonario” cayera de la nueva superliga? Sería de suponer que en tal caso el gobierno tendría que optar entre ampliarla todavía más y, con la ayuda de los técnicos del Indec, inventar un sistema de puntaje que sirviera para privilegiarlos. Sea como fuere, la situación que se ha creado es claramente absurda. Un tanto tardíamente, la presidenta Cristina se dio cuenta del papelón, uno más, que estaba protagonizando su gobierno y ordenó demorar “la reforma” futbolística que se había propuesto hasta después de las elecciones del 23 de octubre. Aunque el mandamás vitalicio de la AFA, Julio Grondona, insiste en que la idea es suya, no del gobierno, nadie le cree, ya que todos los representantes de los clubes insisten en que el gobierno impulsaba los cambios porque temía por el futuro del negocio “Fútbol para Todos”. De acuerdo común, se trata de la reacción oficial ante el descenso de River. El gobierno, pues, se batió en retirada porque, según las encuestas de opinión que se improvisaron, la mayoría abrumadora de los hinchas de fútbol, incluyendo a los del club supuestamente favorecido, se opone a una iniciativa que le parece increíblemente torpe. Para alarma de los estrategas de la campaña de Cristina, se les ocurrió que el sector masivo así conformado podría aprovechar la oportunidad brindada por las elecciones para protestar contra la voluntad patente del gobierno de subordinar el deporte favorito de la mayoría a sus propios intereses políticos y comerciales, lo que desde el punto de vista oficialista sería un desastre sin atenuantes. Para sorpresa de nadie, distintos dirigentes opositores se solidarizaron con los hinchas, ensañándose con el kirchnerismo que, según ellos, se ha apropiado de “la pasión de los argentinos” por motivos netamente políticos. No se equivocan. Aunque todos los gobiernos procuran aprovechar los éxitos de los deportistas, en el mundo democrático pocos han ido tan lejos en tal sentido como el de Cristina que, con astucia innegable, consiguió que los futbolistas del país lo ayudaran en la “batalla cultural” que está librando contra los reacios a desempeñar su papel indicado en el “relato” kirchnerista. Desgraciadamente para los kirchneristas, a pesar del talento de los futbolistas nacionales, los resultados recientes de sus esfuerzos en el campo de juego han sido tan malos que al gobierno no le ha sido posible sacarles los réditos políticos previstos, de ahí la frustración insoportable que sienten tantos funcionarios.


Según Shakespeare, “cuando llega la desgracia, nunca viene sola sino a batallones”. Lo sabrá muy bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ya que últimamente ha tenido que hacer frente a una sucesión de escándalos bochornosos protagonizados por personajes estrechamente vinculados con el gobierno, entre ellos ciertos integrantes de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, reveses electorales en distritos clave que sorprendieron por su contundencia y las opiniones nada amables sobre su persona de su ex jefe de Gabinete Alberto Fernández. Y, como si tales disgustos no le fueran más que suficientes, acaba de ingeniárselas para provocar otro al intentar cambiar radicalmente la organización del fútbol local por motivos que tienen mucho más que ver con el dinero que con su eventual interés en el deporte como tal. La respuesta de los apasionados por las alternativas del fútbol no se hizo esperar; con escasas excepciones, se burlaron del proyecto atribuido al Poder Ejecutivo. Como es tradicional en circunstancias como éstas, voceros gubernamentales quieren dar a entender que sólo ha sido cuestión de un error de comunicación. Todo comenzó cuando el club River Plate hizo una campaña tan mediocre que no pudo seguir en Primera. Por ser River, lo mismo que el peronismo, un sentimiento muy difundido en el país, puede entenderse el desconcierto que su descenso a la B Nacional motivó en el gobierno responsable de liberar los goles del domingo que, al decir de Cristina, había mantenido secuestrados durante tanto tiempo el Grupo Clarín. Para solucionar el problema planteado por la ausencia de uno de los equipos más populares de las transmisiones deportivo-propagandísticas que apadrina el kirchnerismo, propuso incorporar el torneo en que tendrá que jugar River a la Primera División, que en adelante contaría con 38 equipos participantes. ¿Qué sucedería si el “Millonario” cayera de la nueva superliga? Sería de suponer que en tal caso el gobierno tendría que optar entre ampliarla todavía más y, con la ayuda de los técnicos del Indec, inventar un sistema de puntaje que sirviera para privilegiarlos. Sea como fuere, la situación que se ha creado es claramente absurda. Un tanto tardíamente, la presidenta Cristina se dio cuenta del papelón, uno más, que estaba protagonizando su gobierno y ordenó demorar “la reforma” futbolística que se había propuesto hasta después de las elecciones del 23 de octubre. Aunque el mandamás vitalicio de la AFA, Julio Grondona, insiste en que la idea es suya, no del gobierno, nadie le cree, ya que todos los representantes de los clubes insisten en que el gobierno impulsaba los cambios porque temía por el futuro del negocio “Fútbol para Todos”. De acuerdo común, se trata de la reacción oficial ante el descenso de River. El gobierno, pues, se batió en retirada porque, según las encuestas de opinión que se improvisaron, la mayoría abrumadora de los hinchas de fútbol, incluyendo a los del club supuestamente favorecido, se opone a una iniciativa que le parece increíblemente torpe. Para alarma de los estrategas de la campaña de Cristina, se les ocurrió que el sector masivo así conformado podría aprovechar la oportunidad brindada por las elecciones para protestar contra la voluntad patente del gobierno de subordinar el deporte favorito de la mayoría a sus propios intereses políticos y comerciales, lo que desde el punto de vista oficialista sería un desastre sin atenuantes. Para sorpresa de nadie, distintos dirigentes opositores se solidarizaron con los hinchas, ensañándose con el kirchnerismo que, según ellos, se ha apropiado de “la pasión de los argentinos” por motivos netamente políticos. No se equivocan. Aunque todos los gobiernos procuran aprovechar los éxitos de los deportistas, en el mundo democrático pocos han ido tan lejos en tal sentido como el de Cristina que, con astucia innegable, consiguió que los futbolistas del país lo ayudaran en la “batalla cultural” que está librando contra los reacios a desempeñar su papel indicado en el “relato” kirchnerista. Desgraciadamente para los kirchneristas, a pesar del talento de los futbolistas nacionales, los resultados recientes de sus esfuerzos en el campo de juego han sido tan malos que al gobierno no le ha sido posible sacarles los réditos políticos previstos, de ahí la frustración insoportable que sienten tantos funcionarios.

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