El gran perdedor

Cuando Donald Trump se postuló por primera vez a la presidencia de Estados Unidos, en 2016, muchos creyeron que se trataba principalmente de un ejercicio para mejorar su marca. Incluso si no ganaba obtendría más publicidad gratuita de la que jamás soñó, lo que generaría más contrataciones, más acuerdos de licencia y mayores ventas de productos Trump.


Michael Wolff describió bien una conversación que Trump tuvo con el exdirector ejecutivo de Fox News, Roger Ailes, antes de las elecciones: “Saldría de esta campaña con una marca mucho más poderosa e incontables oportunidades”.


Cuatro años después, no solo Trump está en un juicio político por segunda vez tras haber sido vapuleado en su intento de reelección, sino que es muy probable que la marca Trump sea destruida. Aunque nunca recibirá todo el castigo que merece por sus innumerables delitos, aquellos que anhelan una rendición de cuentas pueden sentirse satisfechos con el hecho de que gran parte de lo que más le importa a Trump –su capacidad para ganar dinero, pero sobre todo su afirmación de ser la encarnación del éxito– estará en ruinas.


Por más manchada que haya estado la marca Trump hace dos meses, las cosas empeoraron cuando Trump se negó a aceptar los resultados de las elecciones y se volvió completamente tóxico cuando incitó a la turba que atacó el edificio del Capitolio. Estas son las primeras reacciones:


• Deutsche Bank y Signature Bank, dos de las únicas instituciones financieras que en los últimos años fueron lo suficientemente insensatas como para prestarle dinero a Trump, anunciaron que ya no harían negocios con él. Signature, que en una oportunidad puso a su hija Ivanka en la junta directiva, le ha pedido a Trump que renuncie. Professional Bank también anunció que “ha decidido no participar más en negocios con la Organización Trump y sus afiliados”.


• La gigante empresa inmobiliaria Cushman & Wakefield, que tenía una asociación de largo tiempo con la Organización Trump, anunció que “ha tomado la decisión de dejar de hacer negocios” con ella.


• Nueva York se está moviendo para poner fin a todos los contratos que tiene con la compañía de Trump, la cual administra un carrusel, dos pistas de patinaje sobre hielo y un campo de golf en los parques de la ciudad.


• Debido a que “realizar el Campeonato de la PGA en el Trump Bedminster sería perjudicial para la marca PGA of America”, la asociación de golfistas retiró el torneo del campo de Trump, donde estaba programado jugarse en 2022.


• El proveedor de comercio electrónico Shopify cerró las tiendas en línea que le proporcionaban a la Organización Trump y la campaña de Trump.
El propio partido del presidente se está distanciando de él. Trump se ha convertido en un símbolo de la mentira, la corrupción, y la incapacidad de aceptar la derrota. Sus partidarios más visibles son teóricos de la conspiración desquiciados e insurrectos violentos. ¿Sorprende acaso que las empresas no quieran tener nada que ver con él?


Ahora hay que preguntarse: ¿Qué ciudad de EE. UU. va a tolerar la construcción de un nuevo hotel Trump? ¿Qué banco le prestará dinero para financiarlo? ¿Cuáles organizaciones benéficas correrán a reservar eventos en sus propiedades? ¿Qué desarrolladores extranjeros querrán pagarle tarifas de licencia para poner el nombre de Trump en sus proyectos?
En un universo paralelo, Trump aceptó su derrota con gracia y regresó a dirigir la Organización Trump, con su marca dañada pero no destruida por completo y aún con la capacidad de revivirla. No en este universo.


Si algo sabía Trump desde que era un niño era que tenía que ser un ganador y todos los demás tenían que ser perdedores. Como escribió Michael D’Antonio en su biografía de 2015: “Trump se acerca a todo en la vida como si fuera una competencia sin fin, lo que explica por qué utiliza tan a menudo la palabra ganador cuando se describe a sí mismo y llama perdedores a las personas que le desagradan”.


Trump no es solo un mero perdedor, sino un perdedor histórico de clase mundial, el perdedor por el que serán medidos todos los demás perdedores.



Este siempre fue su discurso, haya sido para un hotel, un seminario o la presidencia: soy un ganador, y si me das tu dinero o tu voto tú también serás un ganador. Para el momento en que las víctimas se habían dado cuenta de que los habían utilizado ya se había ido en busca de otros idiotas de los cuales aprovecharse.

Pero ahora Trump no es solo un mero perdedor, sino un perdedor histórico de clase mundial, el epítome de lo que es ser perdedor, el perdedor por el que serán medidos todos los demás perdedores.


Eso no es justicia, no para los cientos de miles que murieron porque Trump fracasó con la respuesta a la pandemia del coronavirus, no para los niños que arrancó de los brazos de sus padres en la frontera, no para el país que hizo mucho más grosero, cruel, corrupto y divido. Pero al menos sabremos que él sabe en lo que se ha convertido y siempre será. En un momento en el que no hay mucho consuelo disponible eso es algo.

* Columnista de The Washington Post


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