El juicio del dolor y las lágrimas

Fue emotivo el recuerdo de la víctima.



NEUQUEN (AN).- “El destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones”, advierte Borges. En el caso del asesinato de María Alejandra Zarza, el descuidado pisotón a una flor, un ofrecimiento inmoral, cambios de hábito imprevistos, son débiles eslabones que pueden enhebrarse hasta adquirir la fortaleza suficiente para marcar dónde pasará los próximos años de su vida Nicolás Rinaldi.

Cuatro días de audiencias fueron suficientes para demostrar que la vinculación de Rinaldi con este crimen es inexorable. Quizá nunca se pueda demostrar quién o quiénes mataron a la joven y le arrancaron el bebé con una violencia que estremece, pero quedó probado que el imputado fue el último que la vio con vida y que después estuvo junto al cadáver.

Antes y después de esos momentos regó su camino de minúsculos detalles, algunos casi imperceptibles, otros más evidentes. Distracciones menores, en las que nadie habría reparado si no hubieran sido iluminados después por la potente luz de un asesinato bestial.

Los abogados de una y otra parte confrontan con esas pequeñas armas. Agrandan su fortaleza, disimulan su debilidad. Cuando llegue el momento unos pedirán condena y los otros, libertad. Para las familias, el resultado que tenga el juicio será la hendija por la que podrán, por fin, dejar salir el dolor que tanto las hizo llorar.

 

Las cuentas del collar

 

Alejandra fue la tercera mujer a la que Rinaldi dejó embarazada. La primera perdió su bebé y ahora vive en otra provincia; con la segunda convivió, después de sugerirle que abortara.

El hijo por venir se convirtió en un problema. Dejaron de verse y ella ni lo podía llamar a su casa.

En agosto de 2001, cuando el joven se enteró del embarazo, le dijo “esa cosa que tenés en la panza no es mía”. En setiembre le propuso a Javier Carrasco que le pegara un tiro a cambio de 800 pesos, y hacia fines de ese año buscó retomar la relación con la promesa de que se haría cargo, si ella le demostraba que el chico era de él.

Esas dificultades que representó el embarazo y que el imputado achaca a presione de su familia, dejan traslucir el posible móvil del crimen. Con bárbara obsesión, el asesino se preocupó por borrar los rastros de la criatura. Así, es imposible hacer un ADN y saber quién era el padre.

¿Era otro hombre, hasta ahora desconocido? Nadie se lo escuchó decir jamás a Alejandra, que hablaba con soltura de sus cosas, y hasta el propio imputado declaró que no le conocía otras relaciones. Si una vez le dijo “vos te abrís de patas con cualquiera” fue, como admitió, “para herirla”.

Retomada la relación, llegó la noche del último encuentro. Estuvo precedida por una inusitada salida al cine con su ex pareja, una curiosa elección de salas separadas, supuestos cambios de ropa con fines poco claros, y sugestivos baches horarios en los que nadie sabe qué hizo.

Después vinieron la confusión respecto del lugar donde la había dejado a Alejandra y su supuesta ignorancia sobre el destino de la joven, hasta que se descubrió en sus zapatillas el polen de una planta que crece en el lugar donde apareció el cadáver.

Como estos, hay muchísimos otros detalles mínimos. Son cuentas de un collar que brillan mejor si están juntas.

 

El dolor y la grieta

 

Este ha sido el juicio del dolor. Lo trasmitieron las hermanas de Alejandra, cuando la evocaron. Para ellas el tiempo se detuvo esa noche de verano en que salió por última vez. También sus amigas, cuando recordaron la ansiedad con la que esperaba al bebé. Había quedado embarazada a la edad que esperaba y de la persona que amaba. Era feliz.

A todos quienes conocieron a Alejandra les pesa su ausencia. Tienen el dolor guardado, a la espera de que se abra esa grieta para dejarlo salir.

Guillermo Berto

gberto@rionegro.com.ar

Nota asociada: El imputado nunca lloró

Nota asociada: El imputado nunca lloró


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