El lustrador de joyas
En una selecta y tradicional joyería europea, nunca se vendieron tantas cadenas, medallas y anillos como en el tiempo en que un señor armó e iluminó su vidriera. La virtud de este buen hombre consistía en saber acabadamente de que estaba hecha cada pieza, ubicarla en el lugar correcto del escaparate, hacerla armonizar con el resto de los preciados metales y luego darles la suficiente luz como para que reluzcan tanto individual como colectivamente, en su máximo fulgor. Pero con ello no se cerraba su obra, había que generar un clima empático donde la gente se sintiera cómoda y distendida, razón por la cual sugería melodías exquisitas que avivaran los sentidos y les permitieran a los clientes volar desde el mismo momento en que pisaban la alfombra del local. Este singular hechizo fue el mismo que nos propuso Josep Guardiola durante los cuatro años en que dirigió al Barcelona. Un equipo que ganó todo, desde los torneos locales hasta la Liga de Campeones, pasando por el Mundial de Clubes. Nadie duda que Pep supo amalgamar a los jugadores dentro de la cancha, convirtiendo al conjunto culé en una calibrada pieza de relojería. Que las coordinaciones entre sus jugadores aún lanzados a gran velocidad fueron un problema diabólico, imposible de descifrar para cuanto planteo defensivo y especulador se cruzara en su camino. Tampoco esta en discusión que el juego de conjunto brilló, en una de las mejores muestras que recuerde la historia del balompié mundial. Pero hay un costado menos visible del andar de Guardiola que quizás sea el más destacable tanto de su persona, como de su rol de entrenador. El mismo reside en su admirable condición para conducir un grupo humano. Es una empresa harto difícil en el brutal negocio del fútbol actual, no ceder ante las tentaciones que propone la exposición mediática, máxime cuando las mieles del éxito llaman de a continuo a la puerta. Es de una minucia psicológica extraordinaria, saber sosegar los egos y las vanidades de las grandes figuras con las que contó Pep, para poner a todas al servicio del equipo. Es allí, en ese trabajo invisible, donde radica el mayor mérito del renunciante DT. Un hombre que siempre se autorrelegó a un segundo plano detrás de sus futbolistas y que no resignó jamás el espíritu del juego. En ello ha generado un aporte no solo a su club, sino al deporte mismo. La caballerosidad de este hombre ha llevado a felicitar a sus rivales en las pocas veces en que su equipo cayó. Tal, las recordadas conferencias de prensa que brindó, cuando el conjunto catalán quedó fuera de la Champions 2010 frente al Inter de Mourinho y nuevamente hace unos días cuando perdió frente al Real Madrid en la última intentona por alcanzar al merengue. En aquella primer ocasión dejó al técnico portugués sin interlocutor, cuando luego de una airada provocación de éste, le contestó: “el Barcelona es una institución modelo y es seguida por muchos niños”. Con tales gestos sencillos aunque de una enorme grandeza, contribuyó a descontracturar al fútbol y a evitar dar de comer a la prensa amarilla. Es que bajo su dirección, el fútbol siempre respetó la esencia del deporte: trabajar duro, ganar con buenas artes y reconocer al rival en la derrota. En ello marca un claro distingo con el técnico madridista, quien suele no reconocer los méritos de sus rivales. Como buen tiempista, Guardiola sabe que es momento de llamarse a retiro. Así ha dicho: “Me voy en paz conmigo mismo. Del Barca, antes o después te echan. Si te vas, no se abren las heridas y los recuerdos son más reales”. Sabe como nadie que la derrota en el fútbol es una ola olvidadiza que derriba hasta los más bellos castillos de arena. Por ello prefiere decir un hasta luego y dejar las puertas abiertas de un lugar que siempre lo tendrá presente. Cabe preguntarse ¿cuanto le debe Barcelona a este hombre y porque no, cuanto le debe España? Recordemos que el Mundial de Sudáfrica 2010 que alzó al seleccionado ibérico con su primer título mundial, aún con una impecable conducción de Vicente del Bosque; contó con muchos de los jugadores y conceptos, surgidos del borrador de Guardiola. Cuanto ha contribuido ese campeonato a la unión y el orgullo de los españoles, en tiempos en que la crisis económica y los amagues de escisión rondaban por sus moradas… En las vitrinas del Barcelona lucen trece copas radiantes y una melodía inolvidable a cargos de intérpretes como Messi, Iniesta, Xavi, Fábregas, Piqué o Alves entre otros. Un señor les ha sacado lustre durante horas y las ha dejado allí impecablemente expuestas para siempre. Para muchos se trató de un simple empleado del Barca de incipiente calvicie y mirada calma que se retiró del club por una puerta lateral silbando alegremente. Aún no sabemos si fue por la oscuridad de la noche o por su particular modo de vestir, pero algunos aun incrédulos aseguran haber visto en él, al mismísimo Pep Guardiola. *Abogado. Prof. Nac. De Educación Física
opinión
Marcelo Antonio Angriman(*)
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