El mismo mapa
Puesto que la única sorpresa de las elecciones dominicales fue la brindada en la provincia de Buenos Aires por la radical Margarita Stolbitzer que, lejos de tener que conformarse con el uno por ciento que ciertos encuestadores habían previsto, logró cosechar más del nueve, presumir que de la noche a la mañana la geografía política del país ha experimentado un cambio drástico es claramente una exageración. Antes bien, las elecciones sirvieron para confirmar que “la gente” ha dejado de reclamar una transformación milagrosa: en todas partes, ganaron los representantes de agrupaciones que están en el poder desde hace años, lo que quiere decir que de nuevo el “mapa político” tiene muy poco. Sin embargo, como suele suceder al difundirse los resultados, los ganadores están haciendo lo posible por hacer creer que el pueblo entero acaba de plebiscitarlos por creerlos los indicados por construir un futuro muy distinto del presente. Tal actitud tiene su lógica. La forma de interpretar un resultado electoral puede ser aún más importante que lo que efectivamente ocurrió y es por lo tanto comprensible que el presidente Néstor Kirchner se haya presentado como el gran triunfador de la jornada, aunque es de suponer que sabe muy bien que los beneficios psicológicos así conseguidos pueden esfumarse con rapidez. ¿Habrán sido suficientes como para permitirle aplicar con la tenacidad necesaria el gran “ajuste” supuesto por el acuerdo con el FMI? Pronto veremos. Fuera de Santa Cruz, donde por motivos evidentes los escasos votantes -menos que en muchas municipalidades bonaerenses- apoyaron con entusiasmo al candidato oficialista, Sergio Acevedo, el distrito más afectado por la popularidad actual de Kirchner fue la Capital Federal. Con razón o sin ella, todos dan por descontado que sin el apoyo decidido del presidente, Aníbal Ibarra hubiera sufrido una derrota humillante ante el empresario Mauricio Macri. Una consecuencia de esta realidad virtual es que Kirchner será considerado responsable en parte por la gestión de Ibarra en los próximos meses y años, mientras que sorprendería que en un momento el jefe del gobierno porteño no se sintiera tentado a hacer alarde de su independencia. Cuando de las deudas políticas se trata, la tentación de entrar en default suele resultar irresistible, de suerte que un político más maquiavélico que Kirchner bien pudiera haber preferido que la siempre veleidosa Capital quedara en manos de una persona con la que no sea considerada tan estrechamente vinculado. En la provincia de Buenos Aires, calcular la incidencia del kirchnerismo en el resultado final es una tarea imposible. Si bien el peronista y duhaldista Felipe Solá ganó por un margen muy amplio, la hazaña así supuesta se debió en buena medida a la calidad pésima de una oposición dividida, porque la verdad es que con apenas el 43% de los votos hizo una elección mediocre. Aunque Kirchner podrá apropiarse de los votos de diversas corrientes izquierdistas y centroizquierdistas, rebautizándolos kirchneristas, en el distrito principal del país no hay muchas señales de que sectores significantes hayan comenzado a encolumnarse tras su “proyecto”, a pesar de que abunden los políticos deseosos de aprovechar en beneficio propio la popularidad actual del santacruceño.
Según los voceros oficialistas, los comicios del domingo asestaron un golpe demoledor a la oposición “liberal”, “derechista” o “neomenemista”, pero sucede que en todos los países del mundo un sector que pierde una elección presidencial, aunque fuera por un margen muy reducido, suele desaparecer de la pantalla durante algunos meses e incluso años: en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia y España, los derrotados, trátese de progresistas o conservadores, aún no se han recuperado de los reveses experimentados en elecciones recientes, aunque es de prever que andando el tiempo logren aglutinarse en torno de un proyecto aceptable para entonces volver. En política, nada es permanente: aunque gracias a su imagen de ganador Kirchner ha conseguido aumentar su capital político, las inversiones que pronto tendrá que empezar a hacer a fin de cumplir con el acuerdo con “el mundo” serán tan enormes que no hay ninguna garantía de que resulte ser suficiente.