El penal que inmortalizó al Alto Valle

Marcelo Antonio Angriman

*Abogado, Profesfor Nacional de Educación Física, docente universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

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Osvaldo Soriano describe en un breve cuento, con su meticulosa pluma, cómo era el futbol chacarero de fines de la década del 50 en nuestra región.


El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras”.

Así comienza “El penal más largo del mundo”, un breve cuento en el que Osvaldo Soriano describe con su meticulosa pluma, como era el futbol chacarero de fines de la década del 50.

Prosigue diciendo: “Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano…Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos”.

Con estas palabras “el gordo” nos sumerge en el microclima de aquellos partidos perdidos, entre canchas polvorientas, clubes de arcas flacas y árbitros dócilmente sobornables por una damajuana de vino.

Mezcla de ficción y realidad, ya poco importa que porción ocupe cada una. Hay nombres de jugadores y clubes reales de aquella época, entremezclados con la fantasía siempre sugerente del escritor.

Quizás en esa intriga irresoluta, se encuentre la magia de que algo ínfimo ocurrido en un rincón de la Patagonia, se transforme en una historia universal.

Pues bien, se sabe que entre 1956 y 1958 Soriano vivió en Cipolletti, cuando su padre fue trasladado, por su trabajo en la ex Obras Sanitarias de la Nación. También que jugó al fútbol en el Club Confluencia y que de tanto en tanto marcaba goles, que guardaba como tesoro en sus retinas.

De hecho, no es casual que escribiera en primera persona el cuento “Gallardo Pérez, referí” y evocara el tanto que lo transformara en héroe de una jornada en la que debieron huir a piedrazos de Barda del Medio. No sin antes haber purgado unas horas de prisión y de cortar yuyos, por haber osado ganarle al inexpugnable equipo local.

En cada uno de sus párrafos el lector imagina y literalmente ve, a cada uno de los personajes. Ya con el leyente en sus manos, Soriano produce la inquietante alquimia de transformar a un don nadie en un semidiós.

Así sucedió con el Gato Díaz arquero de Estrella Polar, quien debió esperar una semana para que se ejecute el penal que definiría al campeón, cobrado por un árbitro epiléptico y de dudosa reputación.

Para practicar en la semana, todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales con alpargatas, borceguíes y zapatos de calle.

Con toda la presión de un pueblo sobre sus espaldas el golero peinado a la gomina que brillaba como una cacerola de aluminio, se presentó al momento más crucial de su vida deportiva. El que lo colocaría por siempre en el bronce.

El penal a cargo del fibroso Constante Gauna, debió ejecutarse dos veces por el desmayo del árbitro, siendo conjurado por el veterano arquero que atrapó la pelota entre sus manos, cual “niño que saca la sortija de la calesita”.

El escrito además de reflejar la mirada de un minucioso observador, se ha transformado en uno de los cuentos futboleros más ocurrentes y divulgados en la materia.

Un reflejo del valle de aquellos tiempos en el que el autor no escatima referirse sobre las manzanas que empezaban a colorearse en los árboles, el micro de las diez y media proveniente de Neuquén que traía flores para un amor no correspondido, las orillas del río, las dunas o los ranchos de adobe.

Costumbres y folklore de un lugar, recabados por quien supo ser feliz en sus tierras, mientras soñaba con ser el número 9 de su querido San Lorenzo de Almagro.

Verdad o fantasía, eso ya no cuenta. El más fabuloso de los penales, narrado en un cuento de fútbol, tuvo una escenografía única: el alto valle de Río Negro.

*Abogado. Prof. Nac. Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


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