El Perú populista
Tanto Toledo como Alan García son populistas de retórica inspiradora pero poco realista.
Como suele ocurrir en América Latina cuando un país ha sido largamente dominado por un personaje que, andando el tiempo, se vio convertido en símbolo de todos los males nacionales habidos y por haber, en las elecciones peruanas del 8 de abril la mayoría votó por candidatos que son mejor conocidos por su hostilidad hacia el ex presidente Alberto Fujimori que por su propio compromiso con un proyecto coherente. Tanto el ganador de la primera ronda Alejandro Toledo, representante de una agrupación improvisada que se llama Perú Posible, como el ex presidente Alan García que, para sorpresa de muchos, logró superar a la conservadora Lourdes Flores por un par de puntos y que por lo tanto se enfrentará con Toledo en el ballottage, son populistas de retórica sin duda inspiradora pero poco realista, de suerte que es natural que a partir del día de los comicios los mercados hayan estado haciendo gala de su pesimismo en cuanto a las perspectivas del país. Aunque Toledo sigue siendo el favorito, nadie ignora que García, hombre que en el curso de su gestión en la segunda mitad de los años noventa se las ingenió para protagonizar una serie de desastres fenomenales financieros y políticos debido a su voluntad incontrolable de tratar a los acreedores como enemigos mortales y su debilidad frente al terrorismo brutal del movimiento «maoísta» Sendero Luminoso, bien podría triunfar, lo cual significaría su propia reivindicación política pero constituiría un peligro evidente para sus compatriotas.
Antes de que García regresara a su país para entonces asombrar a casi todos emprendiendo lo que resultaría ser un ascenso político vertiginoso, se daba por descontado que en el ballottage Toledo derrotaría a Flores pero que aun así el poder de los conservadores sería lo suficiente como para obligarlo a obrar con sensatez. Lo que no se previó fue que el electorado preferiría optar entre dos demagogos, resultado que al incidir en los debates políticos y económicos de los años próximos no puede sino frenar la evolución de la opinión pública. Se trata de una situación que, por desgracia, es muy común en América Latina, región en que la nostalgia por proyectos que nunca pudieron realizarse ha mostrado ser muy fuerte. Ha contribuido mucho a crear la brecha amplísima que separa la política entendida como una forma de acercarse al poder y al dinero por un lado, del manejo de la economía que, obvio es decirlo, ha de ser confiado a personas dispuestas a preocuparse por los detalles concretos que sólo indignan a los populistas, por el otro. La división de trabajo así supuesta es sin duda necesaria, pero es poco democrática y nada eficaz.
Consciente de que su gestión anterior dejó mucho que desear, García jura que ha aprendido de sus errores y que de regresar a la presidencia respetará a los inversores extranjeros que, por antipáticos que parezcan a ojos de los nacionalistas y los izquierdistas, son imprescindibles. Aunque es de suponer que el ex presidente dice la verdad cuando insiste en que ha cambiado durante su largo exilio en Estados Unidos, no puede decirse lo mismo de los militantes de su partido, el APRA, los cuales le asegurarían la compañía de un «ala política» tan temible como las conformadas aquí por peronistas o radicales. De todos modos, en el caso de que García triunfara los temores provocados por su trayectoria resultarían muy costosos: por motivos comprensibles, a los inversores, trátese de peruanos o extranjeros, no les motiva confianza alguna la posibilidad de tener que entenderse con un hombre que ya se ha mostrado plenamente capaz de sacrificar a sus compatriotas en aras de sus «principios» estudiantiles. Como sabemos, a diferencia de los votantes, los inversores no tienen la costumbre de olvidar rápidamente los errores perpetrados por movimientos políticos determinados. Por el contrario, países como el nuestro siguen pagando un precio muy elevado por decisiones tomadas varias décadas atrás. Asimismo, el que Toledo, el ganador más probable, se sentirá constreñido a intentar competir con García en una contienda oratoria, aumenta el riesgo de que abandone sus esfuerzos para impresionar a los demás con su moderación para formular promesas con las que, dadas las circunstancias, ningún presidente peruano jamás podría cumplir.
Como suele ocurrir en América Latina cuando un país ha sido largamente dominado por un personaje que, andando el tiempo, se vio convertido en símbolo de todos los males nacionales habidos y por haber, en las elecciones peruanas del 8 de abril la mayoría votó por candidatos que son mejor conocidos por su hostilidad hacia el ex presidente Alberto Fujimori que por su propio compromiso con un proyecto coherente. Tanto el ganador de la primera ronda Alejandro Toledo, representante de una agrupación improvisada que se llama Perú Posible, como el ex presidente Alan García que, para sorpresa de muchos, logró superar a la conservadora Lourdes Flores por un par de puntos y que por lo tanto se enfrentará con Toledo en el ballottage, son populistas de retórica sin duda inspiradora pero poco realista, de suerte que es natural que a partir del día de los comicios los mercados hayan estado haciendo gala de su pesimismo en cuanto a las perspectivas del país. Aunque Toledo sigue siendo el favorito, nadie ignora que García, hombre que en el curso de su gestión en la segunda mitad de los años noventa se las ingenió para protagonizar una serie de desastres fenomenales financieros y políticos debido a su voluntad incontrolable de tratar a los acreedores como enemigos mortales y su debilidad frente al terrorismo brutal del movimiento "maoísta" Sendero Luminoso, bien podría triunfar, lo cual significaría su propia reivindicación política pero constituiría un peligro evidente para sus compatriotas.
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