El plan

La opción Cavallo parece ser a lo peor el mal menor y, con un poco de suerte, podría darle al país una "nueva oportunidad".

Redacción

Por Redacción

El primer objetivo de Domingo Cavallo fue impresionar al país con su vigor para que todos entendieran que por fin el gobierno se había despertado de la larga modorra aliancista y que en adelante nada sería igual. No cabe duda alguna que lo ha logrado. Tan espectacular ha sido la irrupción del «huracán Cavallo» que, entre otras cosas, obligó a los legisladores a encerrarse en el Congreso durante un fin de semana, que ni los políticos ni los gurúes del mercado tuvieron tiempo para prestar la debida atención a los detalles de un «plan» que, obvio es decirlo, es de emergencia y en sus fases iniciales por lo menos no aportará mucho a profundizar el «modelo» que él mismo puso en marcha una década atrás. Antes bien, los elementos más notables, como el aumento inmediato de los aranceles proteccionistas y la postergación del esfuerzo por reducir el déficit fiscal a un nivel más sensato, pueden considerarse retrógrados. Por cierto, no ayudarán mucho a hacer que nuestra economía sea más «competitiva».

¿Por qué, pues, ha gozado del beneplácito de los habitualmente despiadados mercados un plan que de haberlo propuesto José Luis Machinea hubieran rechazado por «desarrollista» y despilfarrador? Porque, con razón o sin ella, dan por descontado que Cavallo ha optado por replegarse un poco a fin de poder saltar hacia adelante después. La receta fiscalista que había aplicado el gobierno no funcionó porque, sin recuperación a la vista, sólo sirvió para agravar la recesión económica y la sensación de que el país no tenía futuro: se trataba de una espiral viciosa que según la mayoría no se dirigía a ninguna parte. En opinión del nuevo ministro, Machinea y su sucesor, Ricardo López Murphy, habían sobreestimado la capacidad para reaccionar del sector privado ante los ajustes que implicaban los intentos habitualmente poco exitosos por limitar el crecimiento del gasto público, motivo por el cual decidió otorgarle el equivalente de una devaluación a través de aranceles selectivos.

A menos que el país esté dispuesto a resignarse a un destino signado por la mediocridad, tarde o temprano el Estado tendrá que aprender a vivir dentro de los límites fijados por la recaudación impositiva sin pesar demasiado sobre el sector privado que para entonces, se espera, haya encontrado la forma de prosperar sin subsidios indirectos de ninguna clase. Por antipáticas que fueran las medidas anunciadas por López Murphy, los problemas que quería solucionar eran auténticos y su renuncia forzada no los ha hecho desaparecer. Cavallo claramente cree que el momento para acercarse al equilibrio imprescindible para la salud de la economía aún está lejos y que sería inútil fingir lo contrario hasta que se haya reanudado la expansión, meta que está convencido podrá ser alcanzada en un lapso muy breve. Asimismo, Cavallo apuesta a que la restauración de la confianza que generarían algunos meses positivos significará el ingreso de inversiones a raudales que, tal como sucedió en los años que siguieron a la implantación del «plan de convertibilidad», haría muchísimo más fácil cambios que de otro modo serían imposibles por razones políticas.

De resultar acertada la apuesta cavallista, el país podrá continuar su viaje accidentado hacia el Primer Mundo luego del desvío ocasionado por una crisis que ya ha durado tres años y que a mediados de marzo amenazaba con culminar con una implosión catastrófica al prepararse para abandonarlo a su suerte los mercados de capitales. Si fracasara el plan, las consecuencias serían similares a las que de todos modos hubiera provocado el desastre que tanto aguardaban antes de que el presidente Fernando de la Rúa decidiera que tendría que contar con Cavallo en su gobierno aun cuando su entrada supusiera el colapso de la Alianza. Así las cosas, la opción Cavallo parece ser a lo peor el mal menor y, con un poco de suerte, podría darle al país una nueva «última oportunidad» para adaptarse a los tiempos que corren, tarea que les guste o no a los políticos populistas tendrá que emprender. De más está decir que sus posibilidades de superarla se verían aumentadas sustancialmente si la mayoría cree que el éxito ha sido asegurado, detalle éste que, según parece, el superministro reaparecido entiende mejor que nadie.


El primer objetivo de Domingo Cavallo fue impresionar al país con su vigor para que todos entendieran que por fin el gobierno se había despertado de la larga modorra aliancista y que en adelante nada sería igual. No cabe duda alguna que lo ha logrado. Tan espectacular ha sido la irrupción del "huracán Cavallo" que, entre otras cosas, obligó a los legisladores a encerrarse en el Congreso durante un fin de semana, que ni los políticos ni los gurúes del mercado tuvieron tiempo para prestar la debida atención a los detalles de un "plan" que, obvio es decirlo, es de emergencia y en sus fases iniciales por lo menos no aportará mucho a profundizar el "modelo" que él mismo puso en marcha una década atrás. Antes bien, los elementos más notables, como el aumento inmediato de los aranceles proteccionistas y la postergación del esfuerzo por reducir el déficit fiscal a un nivel más sensato, pueden considerarse retrógrados. Por cierto, no ayudarán mucho a hacer que nuestra economía sea más "competitiva".

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