El poder de los mitos

El historiador Luis Alberto Romero publicó recientemente en el diario “Clarín” una nota sobre “el mito del combate de Obligado”.

Redacción

Por Redacción

OPINIÓN

Señalaba que, a fuerza de leer a los historiadores revisionistas, muchos argentinos quedaron envueltos en un mito que convierte a una batalla menor en una victoria. En el episodio registrado en la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845, las fuerzas del gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas intentaron -cruzando un par de cadenas y con apoyo de dos baterías- impedir la navegación por el Paraná de la flota anglo-francesa. Los buques cortaron las cadenas y siguieron tranquilamente su navegación. Añadía que “celebrar una derrota -como ocurre hoy con Malvinas- es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo soberbio y paranoico”.

En otra nota publicada en el diario “Perfil” hace algunos años, Luis Alberto Romero abordó otro de los mitos que en nuestro país se consideran verdades consagradas. El discurso oficial de estos años ha dado carta de ciudadanía al mito de los “pueblos originarios”. En este relato mítico los “pueblos originarios”, como los mapuches, aparecen como víctimas de un doble genocidio: el practicado por los españoles en la conquista de América y luego, a manos de los soldados del general Julio A. Roca, en la denominada “Campaña del Desierto”. Pero como dice Romero, es difícil aceptar la idea de una unidad compacta, destruida por los españoles y luego por los criollos, si contemplamos la larga historia de mutaciones y entrecruzamientos sufrida por aquellos primeros pobladores que cruzaron el estrecho de Bering hace 18.000 años.

La persistencia de los mitos históricos en las más variadas culturas obedece al importante rol que cumplen para favorecer la unidad de una pluralidad de personas a través del tiempo. Los grandes mitos fundadores han servido para dar coherencia y estabilidad a una unidad política o Estado. La referencia a los “padres fundadores” o a los “próceres de la independencia”, donde algunas personas aparecen dotadas de algunas cualidades que exceden a las que habitualmente rodean a los seres humanos, permiten embellecer los datos duros que arrojan las luchas por el poder.

En opinión de Nicolás Shumway -autor de “La invención de la Argentina”-, “las ficciones orientadoras de las naciones no pueden ser probadas y suelen ser creaciones tan artificiales como las ficciones literarias. Pero son necesarias para dar a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común nacional”. En esta línea se ha afirmado también que el factor de estabilidad de un grupo étnico es la posesión de un “complejo mítico-simbólico” que permite trasladar a las generaciones futuras un conjunto de concepciones históricas y valores compartidos.

Otra importante función que cumplen los mitos es propiciar la movilización política y social alrededor de una propuesta política. Cuando las personas están convencidas de que participan en una gesta heroica, se potencia la capacidad para resistir las adversidades. La confianza y esperanza en el triunfo final puede inducir a una versión extrema del altruismo y llevar al martirio por la causa común. Un mito o leyenda como la de El Dorado, que llevó al sacrificio inútil de tantos conquistadores españoles, podrá ser considerada, a la luz de la modernidad, falsa e ingenua, pero no cabe duda de que contribuyó decisivamente a moldear la historia en aquel período de expansión colonial de fronteras.

Uno de los primeros autores que estudió y conceptualizó el poder de los mitos fue el francés George Sorel, un socialista radical que, llevado por su odio extremo a la burguesía, terminó suministrando munición intelectual al fascismo de Mussolini. Sorel reivindicaba el enorme poder convocante de la consigna de la “huelga general”, la creencia de que un día determinado los trabajadores conseguirían ponerse de acuerdo para abatir al capitalismo. Para Sorel era imposible pensar en la desaparición del dominio capitalista si no se conseguía instalar en los trabajadores un estado de ánimo épico, que alimentara un ardiente sentimiento de rebelión que estallaría un día para dar paso así a una nueva sociedad.

Las explicaciones emocionales de Sorel son útiles para entender también por qué los mitos son irreductibles frente al pensamiento racional. Las concepciones míticas -al igual que las ideologías políticas- se mantienen intactas contra todo fundamento o prueba racional. Esas concepciones forman parte de la identidad de los seres humanos y estructuran su personalidad de modo que el sujeto no las puede contemplar como algo separado o distante. De allí el odio visceral al apóstata o al converso, es decir a todo aquel que al alejarse cuestiona el valor y verdad de las ideas míticas.

Señala Manuel García-Pelayo que quien cuestionara las ficciones míticas estaría cuestionándose a sí mismo, arrojándose a un vacío de angustia y desesperanza. Por ese motivo no es la des-velación sino la des-ilusión lo que quebranta los mitos y promueve el abandono de las actitudes míticas. Sin embargo, en ocasiones, como lo revela la notable capacidad de resiliencia del kirchnerismo, ni siquiera los estruendosos fracasos permiten erosionar la base rocosa de los mitos. Por ese motivo, reconocer, analizar y estudiar la fuerza de los mitos, con el fin de desentrañarlos, se constituye en el primer deber de los que aspiran a combatirlos.

Aleardo. F. Laría – aleardolaria@rionegro.com.ar


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