El secuestro del FMI

Por James Neilson

Redacción

Por Redacción

El presidente Fernando de la Rúa dista de ser el único político que haya tomado aquel paquete abultado de ayuda financiera que le preparó el Fondo Monetario Internacional por una muestra de confianza en el país y por lo tanto en la capacidad de su clase dirigente. Con escasas excepciones, sus congéneres han reaccionado haciendo gala de su satisfacción. No han manifestado ninguna sorpresa por la voluntad del FMI y sus socios, entre ellos el gobierno español, de prestarles tanto dinero. Desde su punto de vista, es perfectamente natural que, además de saludarlos, “los líderes del mundo” organicen de vez en cuando una colecta destinada a ahorrarles problemas. Después de todo, se dicen, ¿no somos víctimas de una injusticia planetaria perpetrada por el neoliberalismo globalizado, de modo que es deber de los países ricos facilitarnos un subsidio? También les parece lógico que el gobierno haya aprovechado la oportunidad para tranquilizar a quienes temían que en adelante el país tendría que vivir de acuerdo con sus ingresos, exigencia que siempre les ha dado pesadillas. Pero -creen- ya pueden volver a dormir sin dejarse molestar por tales pensamientos. ¿Por qué preocuparse si todos saben que el FMI nunca permitirá que la Argentina se hunda?

Puesto que De la Rúa, José Luis Machinea y los demás son políticos, es comprensible que hayan intentado hacer pensar que el “blindaje” es un tributo a su propia sabiduría. No es que su mentalidad sea propia de mendigos que por motivos profesionales se enorgullecen de su capacidad para merecer la compasión ajena, es que sería poco razonable esperar que cualquier gobierno confesara sentir vergüenza por tener que ser rescatado por otros después de un año en el poder. ¿Entienden que la verdad es que el 18 de diciembre fue un día negro para la Argentina y para la Alianza, que, lejos de constituir una muestra de confianza, el “blindaje” confirmaba que a juicio del resto del mundo el país es incapaz de valerse por sí mismo? Es posible que a algunos oficialistas se les haya ocurrido, pero de ser así han preferido ocultar sus sentimientos.

En el curso de los meses últimos, tanto oficialistas como opositores han llegado a la conclusión de que De la Rúa cometió un error estratégico cuando a inicios de su gestión dio a entender que gracias a la “herencia” que recibió de Carlos Menem la economía del país estaba en peligro de desmoronarse, de ahí los esfuerzos un tanto ridículos del gobierno por irradiar optimismo. Sin embargo, al insistir en que el futuro inmediato será “espectacular” y que, de todos modos, el estado del país jamás había sido tan terrible como los “gurúes de la City” y otros “pájaros de mal agüero” decían, De la Rúa y sus adláteres están cometiendo un error igualmente grave porque a menos que haya una emergencia auténtica, nadie se creerá obligado a moderar sus pretensiones. Es de prever, pues, que en los próximos meses distintos grupos corporativos -sindicalistas, integrantes de la patria judicial, políticos provinciales, estatales, etc.- defenderán aún más denodadamente sus “conquistas” y que el gobierno hará cuanto pueda a fin de complacerlos: si trata de resistirse diciéndoles que el país sencillamente no está en condiciones de seguir subsidiándolos, será acusado de recaer en el pesimismo del primer año.

Así, pues, el “blindaje” ya ha servido para debilitar las presiones en favor de reformas realmente profundas que habían cobrado fuerza en las semanas previas a su llegada. En aquella época presuntamente “superada”, se difundía con cierta rapidez la convicción de que el país se internaba en una “crisis terminal” de la cual no saldría a menos que el gobierno remodelara por completo el Estado. Pero los políticos ya no tienen tantos motivos como antes para sentirse incómodos: podrán continuar manejando muchísimo más dinero que sus equivalentes del Primer Mundo. Los grandes evasores saben que podrán continuar estafando al país: por ahora ya no se ven frente al riesgo de que un gobierno desesperado los persiga con la furia justiciera que sin duda alguna caracterizaría al norteamericano en circunstancias comparables. Empresarios cortesanos y funcionarios corruptos están listos para sacar provecho al plan de obras públicas que el gobierno está impulsando: cualquier intento oficial de imponer un poco de disciplina será atribuido en seguida a la malevolencia del FMI. Aumentarán el “gasto social”, es decir, los fondos que necesitan los políticos para mantener a sus propias familias y a sus frondosos aparatos clientelares. Mientras dure la sensación de alivio ocasionada por el “blindaje”, muy poco se modificará.

Si sólo fuera cuestión de algunas dificultades coyunturales causadas por la fortaleza excesiva del dólar estadounidense -teoría que atrae mucho a los consustanciados con el statu quo-, el que “la clase política” en su conjunto no se sintiera obligada a emprender una serie de transformaciones drásticas sería un motivo legítimo de alivio, pero sucede que los problemas del país no se limitan a los relacionados con la tasa de cambio. Como sociedad, la Argentina funciona mal porque una minoría en buena medida parasitaria se resiste a abandonar el orden resueltamente corporativo que le ha permitido prosperar, pero que ha supuesto la miseria para más de diez millones de personas. Los costos extravagantes de “la política”, sobre todo en las provincias más pobres, leyes anticuadas, la corrupción endémica, un sistema impositivo fabulosamente regresivo, un Estado grotescamente politizado que no sirve para nada, el colapso educativo, el nepotismo, el amiguismo y el ‘ñoquismo’, todos estos factores y muchos otros se han combinado para impedir que el país logre salir del atraso en el cual está empantanado desde hace tantas décadas.

Esta minoría no sólo se ha apropiado de una proporción exagerada de los bienes materiales del país. También se las ha arreglado para apropiarse de la protesta, lo cual le ha permitido redirigirla hacia el mundo exterior. Virtualmente todos los políticos, dirigentes sindicales, militantes estudiantiles, intelectuales solidarios y obispos que dicen hablar en nombre de los pobres forman parte de la minoría privilegiada: por razones evidentes, no tienen ninguna intención de achacar los males que denuncian a su propio egoísmo. Es por eso que hoy en día, nadie habla de la “redistribución” del ingreso: según parece, el reparto actual no tiene que ver con la inequidad. Incluso la idea de que acaso convendría dar al esquema impositivo un perfil primermundista -según el ex fondomonetarista Vito Tanzi, el exis- tente es digno de Haití- les parece tan extravagante que ni siquiera los izquierdistas se interesan en el tema. Todos concuerdan en que la desigualdad extrema se debe a causas exógenas o abstractas como “el neoliberalismo”, no a las fallas estructurales de la sociedad argentina misma.

Esta realidad que pocos toman en cuenta plantea un dilema espinoso a los funcionarios del FMI y a los dirigentes de países avanzados. Quisieran que la Argentina se convirtiera cuando antes de una zona de desastre en una Nación próspera capaz de contribuir al desarrollo del resto de América Latina -y, de este modo, de generar riquezas que beneficiarían a los inversores de América del Norte, Europa y el Japón- y suponen que la clase dirigente argentina comparte su forma de ver las cosas. Aunque algunos en el exterior sospechan que sería mejor no prestar un solo centavo a gobernantes claramente ineptos, obligando así a los líderes de países de trayectoria lamentable a solucionar sus propios problemas internos, también saben que una cesación de pagos argentina podría tener repercusiones horrendas en otras partes del mundo. Asimismo, el FMI, engañado por la retórica reformista del gobierno delarruista, se siente comprometido institucionalmente con el éxito de la Argentina: si el país de desplomara, sus críticos, tanto los populistas locales que se resisten a ajustar nada como los hiperliberales extranjeros que creen que todo debería quedarse en manos del “mercado”, atribuirían la desgracia a sus hipotéticas equivocaciones. Podría decirse que los funcionarios del FMI han sido secuestrados por la dirigencia argentina y que, mal que les pese, no les será nada fácil escaparse.


El presidente Fernando de la Rúa dista de ser el único político que haya tomado aquel paquete abultado de ayuda financiera que le preparó el Fondo Monetario Internacional por una muestra de confianza en el país y por lo tanto en la capacidad de su clase dirigente. Con escasas excepciones, sus congéneres han reaccionado haciendo gala de su satisfacción. No han manifestado ninguna sorpresa por la voluntad del FMI y sus socios, entre ellos el gobierno español, de prestarles tanto dinero. Desde su punto de vista, es perfectamente natural que, además de saludarlos, “los líderes del mundo” organicen de vez en cuando una colecta destinada a ahorrarles problemas. Después de todo, se dicen, ¿no somos víctimas de una injusticia planetaria perpetrada por el neoliberalismo globalizado, de modo que es deber de los países ricos facilitarnos un subsidio? También les parece lógico que el gobierno haya aprovechado la oportunidad para tranquilizar a quienes temían que en adelante el país tendría que vivir de acuerdo con sus ingresos, exigencia que siempre les ha dado pesadillas. Pero -creen- ya pueden volver a dormir sin dejarse molestar por tales pensamientos. ¿Por qué preocuparse si todos saben que el FMI nunca permitirá que la Argentina se hunda?

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