Elisa se va
Con toda seguridad la diputada Elisa Carrió exageraba cuando calificó a sus excorreligionarios de “radicales cooptados por el narco-Estado”, ya que no hay motivos para suponer que lo que quieren es que la Argentina se vea sometida al crimen organizado, pero puede entenderse la frustración que siente por la actitud asumida por muchos integrantes del Frente Amplio-Unen que, según ella, la hizo abandonar la conducción nacional aunque dijo: “Voy a trabajar en Provincia y peleo por la Capital con Martín Lousteau y Fernando Sánchez”. Mientras que Carrió se esfuerza por pensar en términos estratégicos, de ahí su voluntad de acercarse al Pro de Mauricio Macri, quienes hasta poco eran sus socios parecen estar más interesados en las maniobras tácticas que, esperan, les permitirían triunfar en la acotada interna de la UCR y las agrupaciones afines de la izquierda testimonial que la rodean. En opinión de la chaqueña, los únicos beneficiados por la conducta de “los mediocres” con los que “es imposible trabajar” son los peronistas que, huelga decirlo, saben muy bien aprovechar las divisiones ajenas. Lo que teme es que los dispuestos a aliarse con Sergio Massa a cambio de votos que los ayudarían a anotarse algunos triunfos provinciales o municipales recaigan en el mismo error que cometieron los radicales al firmar “el pacto de Olivos” de 1993 que, lejos de fortalecer las instituciones democráticas como previó Raúl Alfonsín, sólo sirvió para que el entonces presidente Carlos Menem se consolidara en el poder. A más de treinta años de la restauración de la democracia luego de un brutal intervalo dictatorial, aún es rudimentario el orden político nacional. No hay partidos genuinos. En su lugar se encuentra un enjambre de fracciones y grupos precarios, de los que el más poderoso sigue siendo el Frente para la Victoria kirchnerista, basados en el presunto “carisma” de personajes determinados. La UCR no ha podido recuperarse de los golpes que le fueron asestados por los fracasos económicos que pusieron un fin prematuro a la gestión de Alfonsín primero y, después, de manera aún más contundente, a la del presidente Fernando de la Rúa. Lo mismo que los kirchneristas, muchos radicales son reacios a intentar la autocrítica; antes bien, insisten en atribuir los desastres que protagonizaron no a las deficiencias de gobiernos con demasiados integrantes comprometidos con “doctrinas” fantasiosas sino a conspiraciones urdidas por “la patria financiera” y otros partidarios del mal. En cuanto a las diversas agrupaciones progresistas o izquierdistas, siempre han sido tan minoritarias que nunca hubo ninguna posibilidad de que un día asumieran responsabilidades gubernamentales, razón por la cual están acostumbradas a limitarse a protestar con elocuencia contra lo que está ocurriendo en el país y en el mundo. Para enfrentar los problemas enormes que heredará, el gobierno que suceda al encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner necesitaría contar con el apoyo de sectores muy amplios que, conscientes de la gravedad de la situación, estén dispuestos a permitirle obrar con realismo. Carrió entiende que, tal y como están las cosas, la alternativa menos mala disponible sería una coalición del Pro con el progresismo no meramente verbal, pero los demás miembros del Frente Amplio-Unen, que aspiraba a hacer más inclusivo, se resistieron a abandonar el dogmatismo que les es tradicional y que, como dice la diputada, es “funcional” al peronismo que, una vez más, se las ha arreglado para ser a un tiempo oficialista y opositor. De polarizarse el electorado entre el gobernador Daniel Scioli y el diputado Sergio Massa, conseguiría conservar el poder, brindando a los demás compañeros, entre ellos los kirchneristas, una oportunidad para incorporarse a la fracción coyunturalmente dominante. Aunque tanto Scioli como Massa han logrado dar la impresión de ser moderados que romperían con lo peor del kirchnerismo autoritario y corrupto, a juicio de Carrió y quienes comparten sus ideas, sus eventuales propuestas socioeconómicas importarán menos que la presencia en los movimientos que están construyendo de personajes de antecedentes dudosos, vínculos sospechosos y principios éticos muy flexibles, de suerte que un nuevo triunfo peronista aproximaría aún más al país al temido “narco-Estado” en el que, según ella, está en vías de convertirse.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 21 de noviembre de 2014
Con toda seguridad la diputada Elisa Carrió exageraba cuando calificó a sus excorreligionarios de “radicales cooptados por el narco-Estado”, ya que no hay motivos para suponer que lo que quieren es que la Argentina se vea sometida al crimen organizado, pero puede entenderse la frustración que siente por la actitud asumida por muchos integrantes del Frente Amplio-Unen que, según ella, la hizo abandonar la conducción nacional aunque dijo: “Voy a trabajar en Provincia y peleo por la Capital con Martín Lousteau y Fernando Sánchez”. Mientras que Carrió se esfuerza por pensar en términos estratégicos, de ahí su voluntad de acercarse al Pro de Mauricio Macri, quienes hasta poco eran sus socios parecen estar más interesados en las maniobras tácticas que, esperan, les permitirían triunfar en la acotada interna de la UCR y las agrupaciones afines de la izquierda testimonial que la rodean. En opinión de la chaqueña, los únicos beneficiados por la conducta de “los mediocres” con los que “es imposible trabajar” son los peronistas que, huelga decirlo, saben muy bien aprovechar las divisiones ajenas. Lo que teme es que los dispuestos a aliarse con Sergio Massa a cambio de votos que los ayudarían a anotarse algunos triunfos provinciales o municipales recaigan en el mismo error que cometieron los radicales al firmar “el pacto de Olivos” de 1993 que, lejos de fortalecer las instituciones democráticas como previó Raúl Alfonsín, sólo sirvió para que el entonces presidente Carlos Menem se consolidara en el poder. A más de treinta años de la restauración de la democracia luego de un brutal intervalo dictatorial, aún es rudimentario el orden político nacional. No hay partidos genuinos. En su lugar se encuentra un enjambre de fracciones y grupos precarios, de los que el más poderoso sigue siendo el Frente para la Victoria kirchnerista, basados en el presunto “carisma” de personajes determinados. La UCR no ha podido recuperarse de los golpes que le fueron asestados por los fracasos económicos que pusieron un fin prematuro a la gestión de Alfonsín primero y, después, de manera aún más contundente, a la del presidente Fernando de la Rúa. Lo mismo que los kirchneristas, muchos radicales son reacios a intentar la autocrítica; antes bien, insisten en atribuir los desastres que protagonizaron no a las deficiencias de gobiernos con demasiados integrantes comprometidos con “doctrinas” fantasiosas sino a conspiraciones urdidas por “la patria financiera” y otros partidarios del mal. En cuanto a las diversas agrupaciones progresistas o izquierdistas, siempre han sido tan minoritarias que nunca hubo ninguna posibilidad de que un día asumieran responsabilidades gubernamentales, razón por la cual están acostumbradas a limitarse a protestar con elocuencia contra lo que está ocurriendo en el país y en el mundo. Para enfrentar los problemas enormes que heredará, el gobierno que suceda al encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner necesitaría contar con el apoyo de sectores muy amplios que, conscientes de la gravedad de la situación, estén dispuestos a permitirle obrar con realismo. Carrió entiende que, tal y como están las cosas, la alternativa menos mala disponible sería una coalición del Pro con el progresismo no meramente verbal, pero los demás miembros del Frente Amplio-Unen, que aspiraba a hacer más inclusivo, se resistieron a abandonar el dogmatismo que les es tradicional y que, como dice la diputada, es “funcional” al peronismo que, una vez más, se las ha arreglado para ser a un tiempo oficialista y opositor. De polarizarse el electorado entre el gobernador Daniel Scioli y el diputado Sergio Massa, conseguiría conservar el poder, brindando a los demás compañeros, entre ellos los kirchneristas, una oportunidad para incorporarse a la fracción coyunturalmente dominante. Aunque tanto Scioli como Massa han logrado dar la impresión de ser moderados que romperían con lo peor del kirchnerismo autoritario y corrupto, a juicio de Carrió y quienes comparten sus ideas, sus eventuales propuestas socioeconómicas importarán menos que la presencia en los movimientos que están construyendo de personajes de antecedentes dudosos, vínculos sospechosos y principios éticos muy flexibles, de suerte que un nuevo triunfo peronista aproximaría aún más al país al temido “narco-Estado” en el que, según ella, está en vías de convertirse.
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