Empresarios inquietos

Redacción

Por Redacción

Cuando de los grandes bancos internacionales y otras instituciones financieras extranjeras se trata, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quisiera verlos sometidos a reglas sumamente severas por entender que sólo así podrían impedirse nuevas crisis sistémicas. Fronteras adentro, en cambio, la mandataria prefiere la arbitrariedad, porque no le gustaría para nada verse obligada a acatar reglas inflexibles. Es por esta razón que, después de ganar las elecciones del 2007, perdió interés en el tema de la seguridad jurídica que había figurado en su campaña proselitista y que, para aquellos empresarios que no se conforman con limitarse a sacar provecho de la coyuntura, debería ser prioritario. Si bien los empresarios nacionales suelen ser oficialistas –durante la gestión de Néstor Kirchner, por miedo a represalias muy pocos se animaron a criticar la forma sui géneris en que el gobierno manejaba la economía–, hace poco los miembros más destacados de la Unión Industrial Argentina y la Asociación Empresaria Argentina llamaron la atención sobre la falta de reglas claras. No son los únicos que se sienten preocupados por la discrecionalidad que es tan característica del gobierno kirchnerista. Comparte su opinión el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, que acaba de afirmar que “no hay previsibilidad de las reglas económicas y de las reglas en general” y que convendría que el país contara por fin con “un gobierno de leyes y no de hombres y mujeres”. Los empresarios coinciden en que el “desarrollo sostenido” requiere “un marco institucional sólido, la seguridad jurídica, reglas de juego estables y el pleno respeto por la actividad privada”. Es su forma de advertir que, a menos que el gobierno modifique su conducta, la actual fase positiva se verá seguida por otra decididamente negativa. Aunque el “viento de cola” está soplando con intensidad creciente y es por lo menos posible que siga acompañándonos por mucho tiempo más, de por sí no será suficiente como para permitir que el país supere los gravísimos problemas económicos y sociales causados por más de medio siglo de remar contra las corrientes que llevaron a otros, como España e Italia, que en 1960 eran mucho más pobres que la Argentina, a la prosperidad. Si bien últimamente nuestra tasa de crecimiento ha sido mucho más impresionante que la de los países ya desarrollados, la diferencia entre el ingreso per cápita y, por lo tanto, del estándar de vida, sigue siendo abismal; aun cuando el gobierno actual y sus sucesores resultaran ser dechados de sensatez y eficacia, tendrían que transcurrir muchos años antes de cicatrizarse las heridas sociales resultantes. Desafortunadamente, es poco probable que los Kirchner tomen en serio los reclamos de los empresarios más influyentes. Mientras la economía siga creciendo, insistirán en que no es necesario pensar en reformas; de frenarse el crecimiento, tanto el gobierno actual como su eventual sucesor estarán tan ocupados intentando minimizar el impacto de la crisis que no se darán lo que a su entender sería el lujo de pensar en el mediano plazo o en el largo. De todos modos, a poco más de un año de las próximas elecciones presidenciales, la presidenta y su cónyuge están claramente resueltos a prolongar el boom de consumo que ya está en marcha sin preocuparse en absoluto por los peligros supuestos por el sobrecalentamiento de una economía en que, una vez más, la inflación se ha hecho crónica, se estima que en el año en curso la base monetaria aumentará el 50%, el déficit comercial propende a aumentar y hay indicios de que está cobrando fuerza la fuga de capitales. Desde el punto de vista de los Kirchner, la inflación cumple una función útil porque estimula a los consumidores a gastar dinero antes de que pierda valor, pero para ellos la estrategia elegida entraña el riesgo de que el “modelo” caiga en pedazos antes de que culmine la campaña electoral. En opinión de los agoreros de siempre, tal desenlace es factible, pero aunque no se concreten los desastres espectaculares que algunos prevén, la resistencia del gobierno a aprovechar la oportunidad que le ha brindado una coyuntura internacional que nos es sumamente favorable para llevar a cabo ciertas reformas postergadas tendrá consecuencias desafortunadas para millones de personas.


Cuando de los grandes bancos internacionales y otras instituciones financieras extranjeras se trata, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quisiera verlos sometidos a reglas sumamente severas por entender que sólo así podrían impedirse nuevas crisis sistémicas. Fronteras adentro, en cambio, la mandataria prefiere la arbitrariedad, porque no le gustaría para nada verse obligada a acatar reglas inflexibles. Es por esta razón que, después de ganar las elecciones del 2007, perdió interés en el tema de la seguridad jurídica que había figurado en su campaña proselitista y que, para aquellos empresarios que no se conforman con limitarse a sacar provecho de la coyuntura, debería ser prioritario. Si bien los empresarios nacionales suelen ser oficialistas –durante la gestión de Néstor Kirchner, por miedo a represalias muy pocos se animaron a criticar la forma sui géneris en que el gobierno manejaba la economía–, hace poco los miembros más destacados de la Unión Industrial Argentina y la Asociación Empresaria Argentina llamaron la atención sobre la falta de reglas claras. No son los únicos que se sienten preocupados por la discrecionalidad que es tan característica del gobierno kirchnerista. Comparte su opinión el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, que acaba de afirmar que “no hay previsibilidad de las reglas económicas y de las reglas en general” y que convendría que el país contara por fin con “un gobierno de leyes y no de hombres y mujeres”. Los empresarios coinciden en que el “desarrollo sostenido” requiere “un marco institucional sólido, la seguridad jurídica, reglas de juego estables y el pleno respeto por la actividad privada”. Es su forma de advertir que, a menos que el gobierno modifique su conducta, la actual fase positiva se verá seguida por otra decididamente negativa. Aunque el “viento de cola” está soplando con intensidad creciente y es por lo menos posible que siga acompañándonos por mucho tiempo más, de por sí no será suficiente como para permitir que el país supere los gravísimos problemas económicos y sociales causados por más de medio siglo de remar contra las corrientes que llevaron a otros, como España e Italia, que en 1960 eran mucho más pobres que la Argentina, a la prosperidad. Si bien últimamente nuestra tasa de crecimiento ha sido mucho más impresionante que la de los países ya desarrollados, la diferencia entre el ingreso per cápita y, por lo tanto, del estándar de vida, sigue siendo abismal; aun cuando el gobierno actual y sus sucesores resultaran ser dechados de sensatez y eficacia, tendrían que transcurrir muchos años antes de cicatrizarse las heridas sociales resultantes. Desafortunadamente, es poco probable que los Kirchner tomen en serio los reclamos de los empresarios más influyentes. Mientras la economía siga creciendo, insistirán en que no es necesario pensar en reformas; de frenarse el crecimiento, tanto el gobierno actual como su eventual sucesor estarán tan ocupados intentando minimizar el impacto de la crisis que no se darán lo que a su entender sería el lujo de pensar en el mediano plazo o en el largo. De todos modos, a poco más de un año de las próximas elecciones presidenciales, la presidenta y su cónyuge están claramente resueltos a prolongar el boom de consumo que ya está en marcha sin preocuparse en absoluto por los peligros supuestos por el sobrecalentamiento de una economía en que, una vez más, la inflación se ha hecho crónica, se estima que en el año en curso la base monetaria aumentará el 50%, el déficit comercial propende a aumentar y hay indicios de que está cobrando fuerza la fuga de capitales. Desde el punto de vista de los Kirchner, la inflación cumple una función útil porque estimula a los consumidores a gastar dinero antes de que pierda valor, pero para ellos la estrategia elegida entraña el riesgo de que el “modelo” caiga en pedazos antes de que culmine la campaña electoral. En opinión de los agoreros de siempre, tal desenlace es factible, pero aunque no se concreten los desastres espectaculares que algunos prevén, la resistencia del gobierno a aprovechar la oportunidad que le ha brindado una coyuntura internacional que nos es sumamente favorable para llevar a cabo ciertas reformas postergadas tendrá consecuencias desafortunadas para millones de personas.

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