En defensa de la pobreza

A los populistas que se especializan en "denunciar" la pobreza no les interesa luchar contra ella, sino aprovecharla.

Por Redacción

De celebrarse la consulta popular reclamada por el llamado «Frente Nacional contra la Pobreza», una organización formada por sindicalistas estatales, agrupaciones de la extrema izquierda, activistas de los derechos humanos y políticos vinculados con «la protesta», sobre la conveniencia de crear un seguro de desempleo de 380 pesos mensuales para cada desocupado y una asignación universal de ochenta pesos por hijo, sería por lo menos factible que la mayoría respaldara la propuesta. También lo sería que la eventual introducción de un sistema de reparto de cualquier tipo tuviera un impacto económico tan negativo que la pobreza aumentara de forma realmente espectacular.

No es que los montos que se han planteado sean absurdamente exagerados ni que sea mala la idea básica de garantizar a todos un ingreso mínimo, es que el Estado argentino es intrínsecamente incapaz de administrar un esquema que según sus pautas lamentables resultaría demasiado complejo: como es notorio, no sabe recaudar impuestos, no sabe administrar con un mínimo de prolijidad los planes Trabajar y no sabe manejar adecuadamente los servicios de salud pública. Asimismo, los nuevos gastos exigidos por la puesta en marcha de un plan de este tipo harían obligatorios «ajustes» severísimos en otros rubros del Estado, pero, como sabemos, ocurre que tanto los organizadores del «frente» como los políticos que lideran el ala sensible de la UCR y sus equivalentes de otros movimientos son contrarios por principio a los «ajustes» como tales. He aquí la razón por la que son meramente demagógicas propuestas que podrían prosperar en algunos países en que el producto per cápita se asemeja al nuestro.

Aunque la política argentina está dominada desde hace décadas por populistas que se afirman indignados por la pobreza y resueltos a impulsar la justicia social, ningún gobierno civil o militar se ha preocupado en absoluto por la condición desastrosa de los instrumentos que les permitirían combatirla. Lejos de querer reformar el Estado para que pueda desempeñar mejor las funciones que casi todos consideran básicas, populistas e izquierdistas se han opuesto sistemáticamente a cualquier intento de privilegiar la eficacia por encima del clientelismo, amiguismo, politiquería y, huelga decirlo, la posibilidad del saqueo permanente. Algunos incluso han ido al extremo delirante de descalificar el concepto mismo de eficiencia -o, como dicen,»eficientismo»-, de suerte que es razonable presumir que en verdad lo que les interesa no es luchar contra la pobreza sino aprovecharla, lo cual tiene su lógica porque muchos políticos son expertos consumados en este arte ignominioso.

Otra característica de quienes se especializan en «denunciar» la miseria, dando a entender que a su juicio es la consecuencia natural del «modelo», término que en su léxico tiene menos que ver con la economía argentina tal y como efectivamente es que con el capitalismo mismo, es su hostilidad hacia los arreglos que, por primera vez en la historia del género humano, en Estados Unidos, Europa occidental y el Japón han hecho de la eventual eliminación de la extrema pobreza un objetivo que acaso sea difícil pero que ya no es meramente utópico. Si estos militantes realmente se propusieran asegurar que «no haya ningún hogar pobre en la Argentina», estarían organizando una cruzada destinada a erradicar todos los vestigios del viejo orden corporativo y tercermundista a fin de reemplazarlos por modalidades similares a las que se dan en Estados Unidos, Canadá, Suiza y la Unión Europea. ¿Lo están? Claro que no. En lugar de erigirse en paladines de la modernización y de la conversión de la Argentina en un país capitalista «serio» por entender que sólo así tendrían una posibilidad de concretar sus propósitos, subrayan su voluntad intransigente de resistirse a cualquier intento de llevar a cabo los cambios que servirían para mejorar la productividad de la economía, porque en última instancia es de eso que se trata, y se ufanan de su compromiso con recetas que, no obstante su innegable atractivo teórico, siempre han fracasado de manera evidente tanto aquí como en el resto del mundo.