En guerra

A EE.UU. le es imprescindible actuar con firmeza. Pero la tentación de simplificar, tratando a todos los árabes como enemigos, sería injusta y despertaría más ira.

Por Redacción

Desde el momento en que las Torres Gemelas de Nueva York fueron alcanzadas por aviones de pasajeros convertidos en misiles, los líderes no sólo de los Estados Unidos sino de todo el mundo civilizado se saben en guerra contra un enemigo implacable pero de rostro aún borroso. Aunque por motivos patentes los norteamericanos tienen que reaccionar con contundencia y muchos creerán que una represalia indiscriminada -una versión en gran escala del ataque contra una fábrica farmacéutica en el Sudán que ordenó el presidente Bill Clinton- sería mejor que una larga espera que tomarían por una evidencia de debilidad, los realistas entienden que no les convendría en absoluto tomar acciones que a la larga sólo servirían para que haya más terroristas dispuestos a suicidarse o a prestar ayuda a los fanáticos.

Puesto que la convivencia democrática y el respeto por la libertad del individuo -las bases del estilo de vida occidental- dependen en última instancia de la confianza mutua, cualquier factor que sirva para provocar divisiones irreconciliables plantea una amenaza a lo que es necesario defender. He aquí el peligro principal que afrentan los máximos dirigentes de lo que se llama, con toda razón, el «mundo libre». Por un lado, les es imprescindible actuar con la misma firmeza que manifestarían ante una ofensiva por parte de una potencia extranjera, por el otro no pueden permitir que el enemigo terrorista logre contagiar de sus propios valores a las sociedades pluralistas que se han acostumbrado a vivir democráticamente en un clima de tolerancia. A pesar de algunos lapsos relativamente menores, en la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido y los Estados Unidos consiguieron conservar su propio estilo de vida sin por eso dar armas a sus enemigos, porque la mayoría abrumadora de sus poblaciones respectivas se sentía plenamente comprometida con la causa nacional, pero en el conflicto con el terrorismo que acaba de entrar en una nueva fase, las líneas divisorias no son del todo claras. Los terroristas no tienen uniformes que servirían para distinguirlos, no son necesariamente de una nacionalidad o de un culto religioso determinado. La tentación de simplificar el asunto tratando a todos los árabes o incluso los musulmanes como enemigos del Occidente es naturalmente muy fuerte -el hombre no puede soportar demasiada complejidad-, pero además de ser terriblemente injusto, caer en ella haría del mundo entero un aquelarre indecible en el que ataques como el del martes se multiplicarían en todas las ciudades del planeta. En tal caso, los terroristas tendrían un triunfo póstumo: morirían, pero habrían conseguido reducir al mundo a su propio nivel horroroso.

En la Argentina, sabemos bastante acerca de los muchos riesgos que plantea el terrorismo. La reacción inicial frente a la irrupción de pequeños grupos de fanáticos consistió en tratar de minimizar su significación, elogiándolos por su «idealismo», discrepando con sus métodos y atribuyendo su aparición a las lacras del país, pero entonces, cuando ya resultaron intolerables los asesinatos que cometían casi a diario, la mayoría optó por una «solución» militar que tendría las consecuencias conocidas. Pues bien: si los responsables del asesinato de miles de personas realmente son terroristas «islámicos», tanto los norteamericanos como los europeos, para no hablar de los israelíes, podrían abandonar la tolerancia de los años últimos en los que el «fundamentalismo» mediooriental ha sido tratado como un fenómeno exótico imputable al rencor de los impotentes, reemplazándola por el mismo odio que en los años setenta tantos sentían por «la subversión», concepto que se vio estirado hasta que abarcara a sectores sociales enteros. De ser así, los años próximos serán signados por la intolerancia y por la violencia, lo cual beneficiaría enormemente a movimientos de extrema derecha que ya existen en Europa y en Estados Unidos en desmedro de los moderados que, al fin y al cabo, encarnan mejor que ningún otro una civilización que, para asombro de los habituados a considerarla invulnerable, ya está bajo ataque por enemigos desalmados que están preparados para correr cualquier riesgo que los ayude a destruirla.