En recuerdo de Tato Pavlovsky

Por Redacción

Alberto Rafael Laría (*) arlaria@hotmail.com

Cuando cursaba el primer año de la carrera de Psicología en la Universidad de La Plata, los alumnos de entonces teníamos una materia, Introducción a la Psicología, cuyo profesor era Luis María Ravagnan. Un docente con alma de docente. Sabía capturar el interés, la atención de quienes iniciábamos la carrera. Sus clases se poblaban, su palabra la esperábamos puntualmente. El Aula Magna se llenaba para escucharlo. Con devoción. Algo producía en nosotros, huérfanos del conocimiento, para que lo siguiéramos con infinita admiración. Cierto día el profesor Ravagnan se plantó en el estrado. Hizo un prolongado silencio. Con voz quebrada, pronunció lo que fue escuchado como una fatídica sentencia: “Ha muerto Maurice Merlo Ponty”, dictaminó. Severo. Secamente. Hasta se diría que con rabia. Luego nos habló largamente de ese tal Merlo Ponty. Porque para nosotros, huérfanos de saber, apenas era el nombre de alguien que había muerto en un lugar entonces muy remoto y ajeno, Francia. El impacto de esa experiencia lo tenía guardado inconscientemente en mi patrimonio simbólico. El domingo, cuando leí en los medios la noticia de la muerte de Eduardo “Tato” Pavlosvsky la reviví intensamente. Me dije en silencio “ha muerto Tato”. Tal vez identificado con la sentencia de aquel viejo profesor, que había dicho muchas más cosas al anunciar la muerte del filósofo del existencialismo francés. Nos había hablado de la admiración por una figura intelectual prodigiosa y del impacto de la muerte, como fantasma que planea tan intensamente en nuestras vidas que, paradójicamente, termina por ser constitutivo de la vida misma. Ser es ser para la muerte. Lo enseñó ese día el profesor Ravagnan. Dos palabras: admiración y muerte. Palabras enlazadas que quedaron esculpidas como enunciados de mistéricos contenidos y que venciendo al tiempo perduraron, mostrando ahora una eficacia inesperada ante la noticia de la desaparición física de Eduardo “Tato” Pavlovsky. A Tato, como cariñosamente se dejaba llamar, lo conocí en Madrid cuando el exilio de la dictadura había arrojado a España las figuras más destacadas de nuestro país en diversas disciplinas, entre ellas el psicoanálisis. Como el imperativo de entonces para quienes habíamos huido del horror era hacer otra vida, muchos incipientes estudiantes del psicoanálisis encontramos en él una figura de referencia fuerte. Lo conocí a través de otro gran maestro: Hernán Kesselman. Amigo íntimo de Tato. Se trataban de “hermano”. Ambos habían concertado un curso de formación para iniciados. Fue un taller que se llamó “Las escenas temidas del terapeuta”. Consistía en reuniones grupales que duraban horas, en las que cada miembro expresaba las angustiosas sensaciones que se producían en el contacto con relatos de sus pacientes. Digamos, tematizábamos los miedos y los dramatizábamos como exorcizando la posesión paralizante que suponían. Porque el proceso terapéutico es para el analista una exposición constante que lo interpela en los pliegues más oscuros de sus propios fantasmas. Una vez hechas las exposiciones de los temores hacíamos lo que Tato denominaba “multiplicaciones dramáticas”. Como psicodramatista que fue, nos enseñó a pensar en imágenes. Imaginar los relatos de los pacientes como la composición de una obra teatral que se puebla de personajes insospechados y donde el terapeuta queda capturado como un personaje más de una trama inesperada. Esa captura podía condensar en el imaginario del terapeuta en un lugar consonante con sus propias experiencias traumáticas vividas. Desentrañar esa misteriosa simetría especular era el juego que nos proponía Tato. Multiplicar esa escena inicialmente angustiante era la propuesta. Luego se podía jugar infinitamente con nuevas consonancias producidas en los integrantes del grupo que se dramatizaban en el juego de una obra teatral cuya dramaturgia resultaba infinita. Así se consumaba el paso de una escena inicialmente siniestra a otra menos oscura, esclarecedora, que convocaba en su desnudez, la zozobra de las vivencias propias. Ese era Tato. Un buceador de la vida capaz de trascender de lo siniestro a lo bello. Buscaba lo estético como fin de la vida. Practicaba el arte de la dramaturgia, como videncia y a la vez desarreglo y ruptura con lo ya dado. Y en ese sentido su humanidad lo ayudaba. Su cuerpo grandote, curtido en la juvenil práctica del boxeo, y su mirada irónica y amigable hacían de él un personaje verdadero. Creo que nadie podía sustraerse a su histrionismo amigable y a la vez punzante. Era un maestro en el arte de la ironía. No era un conversador. Más bien un observador sigiloso que medía con precisión certera la vulnerabilidad de la humanidad del otro. En ese sentido, se movía como en un cuadrilátero y lanzaba en frases milimétricas un torrente de palabras llenas de sentido. Siempre con las manos en los bolsillos del pantalón, sus pulóveres de cuello alto y esa mueca en los labios, corridos hacia un extremo. Así, con pose de sheriff a lo Gary Cooper, implacable, podía gatillar una palabra, tan sólo una palabra, y dejar un reguero de pensamientos auténticos, válidos para toda una vida. Tenía así el arte del genio. Los talentosos que producen síntesis gramaticales nuevas a partir de su espíritu creativo. Su genialidad consistía en el desapego total e irreverente frente a lo establecido. Se burlaba con sabiduría de las deidades de moda en el psicoanálisis y de las congregaciones de feligreses que proliferaban entonces. Su vitalidad rebosante no le permitía el vicio de la servidumbre a una retórica única, repetitiva y redundante. Pienso que se consumía por ser único. Se evadía con espanto de los convencionalismos, las frases consagradas y las palabras deshabitadas. Un transgresor del lenguaje al que torcía hasta sacarle el doble sentido y la significación más inesperada. Le gustaba jugar con los enunciados de la locura, pero no tenía nada del loco. Más bien un virtuoso que de los raptos de locura, propia o ajena, podía crear un acto nuevo. Un gesto cuerdo, vivificante y excepcionalmente original. No se entienda esta evocación como la presuntuosa muestra de una amistad. No lo fue. Son simplemente las evocaciones de la presencia de un maestro en quien fue un alumno más entre tantos. Es apenas un pequeño homenaje. De alguien que lo conoció o que tuvo la fortuna, por el azar de la vida, de hacer experiencia con él. Una vivencia que quedará perdurable, seguro, igual de intensa en quienes lo conocieron o compartieron retazos de su vida. La grandeza de su figura se agiganta por tener la capacidad de habitar y permanecer en la vida de otros. En tiempos en que más bien estamos más propensos a esforzarnos por ahuyentar visitantes de nuestros yo, es un estimulante alivio contar con su presencia. Es Tato de los que dejan huella tras sus pasos. Su estampa de noble señorío será indeleble aunque hoy, ante su desaparición física, nos veamos compelidos a decirnos, parafraseando al profesor Ravagnan, “ha muerto Tato Pavlovsky”. (*) Psicólogo


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