En solitario

Para que la clase media desempeñe un papel positivo en la sociedad es necesario que la economía brinde recursos y oportunidades suficientes.

Por Redacción

En el curso de este año, la mayoría parece haberse dado cuenta de que los sucesivos paquetes salvadores que nos han enviado el FMI o Estados Unidos no han servido para nada. Sin embargo, hasta hace muy poco muchos propendían a regodearse con los fracasos del «blindaje» y del «megacanje», para mencionar a los episodios más publicitados de este género indigno, atribuyéndolos a la inoperancia del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, como si no tuviera nada que ver con el asunto la actitud de una oposición testaruda y a menudo malevolente que incluía a buena parte de la UCR y el Frepaso. De todos modos, la idea, muy difundida en el exterior, de que aprovecharíamos los préstamos blandos para facilitar las reformas profundas que son claramente urgentes fue desvirtuada una y otra vez por una elite política y sindical que optó por tomarlos por evidencia de que no sería necesario reformar nada porque, al fin y al cabo, siempre habría más «dólares frescos» procedentes del exterior.

La convicción de que en última instancia el gobierno de Estados Unidos se vería obligado a organizar operativos de este tipo a fin de impedir que se desencadenara una serie de desastres financieros, sociales y, se supone, políticos que podrían tener repercusiones muy fuertes en los mercados internacionales, se ha convertido en una característica de la mentalidad nacional tan arraigada que ni siquiera la proximidad del «default» ha sido suficiente como para conmover a todos. En las horas que siguieron al lanzamiento del enésimo «plan» de Domingo Cavallo, sindicalistas como Hugo Moyano y el estatal Víctor de Gennaro, además de políticos como Carlos Ruckauf, Elisa Carrió y muchos otros continuaron negándose a entender que si no funcionara el país estaría a punto de experimentar una calamidad financiera de consecuencias desastrosas para la mayoría abrumadora de sus compatriotas. Puede que últimamente los resueltos a frustrar cualquier intento de permitir que el país reaccione con inteligencia ante el gran desafío que afronta hayan comenzado a batirse en retirada, pero aunque no se las arreglen para hundir el «plan de Cavallo», su poder político es tanto que les sería sencillo demorar mucho una eventual recuperación.

Huelga decir que la negativa de muchos personajes influyentes a reconocer que en última instancia el destino del país depende principalmente de lo que hacen sus propios dirigentes, no de la opinión de algún funcionario estadounidense como Paul O»Neill o del desenlace de las negociaciones de turno con los «técnicos» del FMI, ha tenido consecuencias muy desafortunadas. Confiados en que el resto del mundo no nos dejará «caer», se han convertido en auténticos especialistas en ir hasta el borde mismo del precipicio, práctica que desde su punto de vista ha resultado muy provechosa pero que sólo es posible mientras los salvadores habituales no se cansen del juego. Pues bien, aunque todo hace pensar que por motivos evidentes los líderes de los países más ricos ya han decidido limitarse a ofrecernos palabras de aliento, guardando el dinero para otra oportunidad, parecería que muchos miembros de nuestra clase política todavía suponen que les será posible seguir resistiéndose a adaptarse a esta nueva realidad.

Es de esperar que se animen a hacerlo muy pronto. Era previsible que sería necesario que el país afronte la disyuntiva de comenzar a manejarse con un mínimo de sensatez por un lado y verse reducido al nivel de un paria económico internacional, con todos los «costos» sociales y políticos así supuestos, por el otro, para que el grueso de sus dirigentes acepte tomar sus responsabilidades en serio, pero esta realidad plantea el riesgo de que cuando finalmente se despierten ya sea demasiado tarde. Desde luego, pase lo que pasare siempre sería mejor contar con políticos maduros que con individuos parasitarios más interesados en su propio poder, cuando no en su patrimonio personal, que en el bienestar de sus compatriotas y el estado del país, pero sería una tragedia si la tan demorada toma de conciencia así exigida se produjera después y no antes de que «los mercados» decidieran bajarnos el pulgar por entender que la clase dirigente nacional es incorregible.