Enemigo fantasmal
Algunos políticos, clérigos y empresarios tienen una salida fácil: culpar al neoliberalismo, un enemigo fantasma.
En América Latina y, en menor grado, en ciertos círculos europeos, cuando un político, clérigo o cualquier otra figura pública se siente obligado a asegurarnos que es una buena persona que ama a la gente, lo que más le conviene hacer es denunciar con pasión «el neoliberalismo». Es lo que hacen con cierta frecuencia Raúl Alfonsín, Eduardo Duhalde, docenas de eclesiásticos y centenares de intelectuales. Así las cosas, el presidente venezolano Hugo Chávez, un golpista militar reciclado en fidelista antinorteamericano, sabía que muchos lo aplaudirían cuando aprovechó la XX Cumbre de Presidentes del Mercosur en Asunción para afirmar que «el neoliberalismo es un veneno». ¿Qué quería decir con esto? A primera vista parece evidente, pero ocurre que tanto Chávez como los demás luchadores contra el cuco «neoliberal» son reacios a explicar exactamente en qué consiste este presunto flagelo del género humano.
Su falta de interés en el asunto puede entenderse, porque lo que tienen en mente estos representantes del populismo latinoamericano no es una teoría económica determinada, sino el hecho de que hoy en día el cambio, a veces vertiginoso y casi siempre inexorable, se ha vuelto rutinario, lo cual plantea una serie interminable de desafíos a quienes tienen buenos motivos para aferrarse a lo que podríamos llamar sus conquistas y también a muchos que meramente preferirían una vida más tranquila y segura. Si a un político le resulta muy antipático tener que reducir el déficit fiscal, digamos, le sonará mejor atribuir sus dificultades al «neoliberalismo» que a su propia inoperancia, al despilfarro burocrático, a la oposición de sus propios partidarios o a la codicia de su clientela. Del mismo modo, los muchos empresarios que se resisten a modificar sus hábitos prefieren culpar al «neoliberalismo» por las deficiencias de productos que de estar disponibles alternativas nadie en su sano juicio pensaría en comprar. En cuanto a los clérigos, están en guerra contra el «liberalismo» o su equivalente desde que las iglesias cristianas comenzaron a organizarse, de suerte que es natural que les haya indignado una manifestación supuestamente nueva del enemigo ancestral.
Si el «neoliberalismo» -un credo fantasma que nadie, con la posible excepción de la ya anciana baronesa Thatcher, soñaría con reivindicar- se esfumara por completo mañana, los cruzados no tendrían tiempo para celebrar el triunfo de las huestes del bien porque enseguida se verían obligados a reemplazar al enemigo muerto por otro que fuera igualmente amenazador y nebuloso. Es que en el fondo, lo que los angustia no es tanto el «neoliberalismo» o su gemelo, el «capitalismo salvaje», cuanto la naturaleza competitiva de las economías modernas que, impulsadas por la dinámica inherente a los mercados más o menos libres, no dejan de evolucionar un solo momento de suerte que los gobiernos, los empresarios y todos los demás, entre ellos los que quisieran entender lo que está sucediendo a su alrededor, se vean constreñidos a adaptarse una y otra vez a circunstancias que no meramente son nuevas, sino que también suelen ser aún más exigentes que las anteriores. Por razones fácilmente comprensibles, las sociedades ya «avanzadas» que están generando tales cambios han sabido aprovecharlos incomparablemente mejor que las «atrasadas», las que no tienen otra opción que la de intentar seguir por el mismo rumbo, pero que, para sorpresa únicamente de aquellos optimistas delirantes que apostaban a la «convergencia», se han visto cada vez más rezagados. Lo lógico, pues, sería que los antiliberales se alzaran en rebelión contra «el progreso» material, contra las expectativas creadas por la cornucopia de bienes que están produciendo los países desarrollados o, mejor todavía, contra «la ciencia» que, al fin y al cabo, es el motor principal del cambio que tanto los está agitando, pero puesto que dichos fenómenos son considerados buenos por antonomasia, se conforman con disparar su artillería retórica contra los «neoliberales» satánicos, acusándolos de estar detrás de todos los males del mundo actual, dando a entender así que su eventual repliegue serviría para desatar una explosión de prosperidad en un marco de justicia social.