Entre el ébola y el temor

Redacción

Por Redacción

Los funcionarios de la Organización Mundial de la Salud están acostumbrados a ser criticados por difundir falsas alertas al advertir que un virus recién identificado podría propagarse por el mundo entero, con consecuencias luctuosas para millones de personas, pero que, luego de tomar muchos gobiernos medidas de emergencia muy costosas, resulta ser relativamente inocuo. Es por lo tanto comprensible que, ante la reaparición del ébola en África occidental a fines del año pasado, haya asumido una actitud más cauta que en otras ocasiones. Parecería que se equivocó. Tanto la OMS como los gobiernos de los países desarrollados están bajo ataque por haber reaccionado con excesiva lentitud frente a la epidemia que asuela Guinea, Sierra Leona y Liberia y que ha comenzado a afectar, si bien de manera muy limitada, a otros países, entre ellos España y Estados Unidos. Así y todo, si bien es legítimo argüir que la “comunidad internacional” debió haberse movilizado con mayor rapidez para afrontar la amenaza planteada por el virus, es forzoso reconocer que no le hubiera sido fácil hacerlo sin sembrar pánico. En el mundo actual de comunicaciones electrónicas ubicuas e instantáneas, brotes de enfermedad que en el pasado no hubieran motivado alarma pueden atemorizar a poblaciones enteras. Es lo que está sucediendo en Estados Unidos y Europa. Aunque fuera de África occidental menos de media docena de personas se han visto contagiadas por el virus del ébola, el temor provocado por la enfermedad ya mantiene en vilo a buena parte del mundo, como si se tratara de una epidemia planetaria equiparable con el sida. Para conseguir más recursos, algunas organizaciones caritativas pronostican que, a menos que los reciban, podría producirse una catástrofe humanitaria en gran escala. Y, como fue de prever, distintos gobiernos, como los de Barack Obama en Estados Unidos y Mariano Rajoy en España, han sido acusados de negligencia por no haber preparado los sistemas sanitarios para tratar a los pacientes –dos o tres– infectados por el virus que han llegado a los hospitales, mientras que en los principales aeropuertos de diversos países desarrollados todos los pasajeros procedentes de África occidental tienen que someterse a un breve examen médico para asegurar que no manifiesten síntomas del ébola. Según los especialistas, las medidas ordenadas no servirán para mucho ya que podría transcurrir un par de semanas antes de que una persona afectada empiece a mostrar los síntomas, pero por lo menos ayudan a tranquilizar a la población local. De acuerdo común, a menos que se multipliquen mucho los casos de contagio en otras partes del mundo, lo que es posible pero, por fortuna, aún se considera muy poco probable, los resueltos a impedir la propagación del virus deberán concentrarse en combatirlo en los tres países en que está provocando estragos. Las autoridades de Guinea, Sierra Leona y Liberia ya se han visto tan desbordadas por el mal que no les ha quedado más alternativa que suplicar la ayuda extranjera. Estados Unidos, el Reino Unido y Francia han enviado unidades médicas militares a la región, mientras que Cuba está haciendo un aporte valioso, pero se trata de excepciones. En tiempos de austeridad económica, la mayoría de los gobiernos prefiere dejar que otros se encarguen de enfrentar lo que todos coinciden en que es un problema internacional. Mientras tanto, en Estados Unidos y Europa algunos políticos quieren ver puestos en cuarentena los países de África occidental, aunque los gobiernos se oponen a la idea ya que, además de ser poco práctica, aislarlos –o, como dice Obama, “tratar de sellar una región del mundo”– podría “empeorar las cosas” al hacer todavía más difíciles los esfuerzos internacionales, además de motivar el rencor de los perjudicados por las medidas draconianas que reclaman los alarmistas. Un intento de aislar físicamente los paupérrimos países africanos en que el ébola ya ha segado miles de vidas tendría un impacto socioeconómico devastador. El temor a la enfermedad ya ha desatado un éxodo de las zonas agrícolas, planteando así el riesgo de que pronto sufran una hambruna. Asimismo, muchos atribuirían un eventual bloqueo al racismo porque, a su juicio, sería inconcebible que un país desarrollado fuera tratado del mismo modo.


Los funcionarios de la Organización Mundial de la Salud están acostumbrados a ser criticados por difundir falsas alertas al advertir que un virus recién identificado podría propagarse por el mundo entero, con consecuencias luctuosas para millones de personas, pero que, luego de tomar muchos gobiernos medidas de emergencia muy costosas, resulta ser relativamente inocuo. Es por lo tanto comprensible que, ante la reaparición del ébola en África occidental a fines del año pasado, haya asumido una actitud más cauta que en otras ocasiones. Parecería que se equivocó. Tanto la OMS como los gobiernos de los países desarrollados están bajo ataque por haber reaccionado con excesiva lentitud frente a la epidemia que asuela Guinea, Sierra Leona y Liberia y que ha comenzado a afectar, si bien de manera muy limitada, a otros países, entre ellos España y Estados Unidos. Así y todo, si bien es legítimo argüir que la “comunidad internacional” debió haberse movilizado con mayor rapidez para afrontar la amenaza planteada por el virus, es forzoso reconocer que no le hubiera sido fácil hacerlo sin sembrar pánico. En el mundo actual de comunicaciones electrónicas ubicuas e instantáneas, brotes de enfermedad que en el pasado no hubieran motivado alarma pueden atemorizar a poblaciones enteras. Es lo que está sucediendo en Estados Unidos y Europa. Aunque fuera de África occidental menos de media docena de personas se han visto contagiadas por el virus del ébola, el temor provocado por la enfermedad ya mantiene en vilo a buena parte del mundo, como si se tratara de una epidemia planetaria equiparable con el sida. Para conseguir más recursos, algunas organizaciones caritativas pronostican que, a menos que los reciban, podría producirse una catástrofe humanitaria en gran escala. Y, como fue de prever, distintos gobiernos, como los de Barack Obama en Estados Unidos y Mariano Rajoy en España, han sido acusados de negligencia por no haber preparado los sistemas sanitarios para tratar a los pacientes –dos o tres– infectados por el virus que han llegado a los hospitales, mientras que en los principales aeropuertos de diversos países desarrollados todos los pasajeros procedentes de África occidental tienen que someterse a un breve examen médico para asegurar que no manifiesten síntomas del ébola. Según los especialistas, las medidas ordenadas no servirán para mucho ya que podría transcurrir un par de semanas antes de que una persona afectada empiece a mostrar los síntomas, pero por lo menos ayudan a tranquilizar a la población local. De acuerdo común, a menos que se multipliquen mucho los casos de contagio en otras partes del mundo, lo que es posible pero, por fortuna, aún se considera muy poco probable, los resueltos a impedir la propagación del virus deberán concentrarse en combatirlo en los tres países en que está provocando estragos. Las autoridades de Guinea, Sierra Leona y Liberia ya se han visto tan desbordadas por el mal que no les ha quedado más alternativa que suplicar la ayuda extranjera. Estados Unidos, el Reino Unido y Francia han enviado unidades médicas militares a la región, mientras que Cuba está haciendo un aporte valioso, pero se trata de excepciones. En tiempos de austeridad económica, la mayoría de los gobiernos prefiere dejar que otros se encarguen de enfrentar lo que todos coinciden en que es un problema internacional. Mientras tanto, en Estados Unidos y Europa algunos políticos quieren ver puestos en cuarentena los países de África occidental, aunque los gobiernos se oponen a la idea ya que, además de ser poco práctica, aislarlos –o, como dice Obama, “tratar de sellar una región del mundo”– podría “empeorar las cosas” al hacer todavía más difíciles los esfuerzos internacionales, además de motivar el rencor de los perjudicados por las medidas draconianas que reclaman los alarmistas. Un intento de aislar físicamente los paupérrimos países africanos en que el ébola ya ha segado miles de vidas tendría un impacto socioeconómico devastador. El temor a la enfermedad ya ha desatado un éxodo de las zonas agrícolas, planteando así el riesgo de que pronto sufran una hambruna. Asimismo, muchos atribuirían un eventual bloqueo al racismo porque, a su juicio, sería inconcebible que un país desarrollado fuera tratado del mismo modo.

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