Entre la crisis del sistema de partidos y la implosión de la UCR



Graciela Iuorno*


La licuación del partido centenario tiene razones internas y externas, y alcanzó máximos en el 2015 y 2019, sin candidatos propios en la fórmula presidencial.


Ante la crisis, De la Rúa se vio obligado a recurrió a Domingo Cavallo al final de su mandato.

El entendimiento de las fuerzas políticas nacionales en los últimos 20 años nos instala en la necesidad de reflexionar sobre la crisis y el presente del sistema de partidos en el país, y particularmente sobre un partido centenario que ingresó en un gradual proceso de “implosión”: la UCR.

Pero para adentrarnos en esta tarea especulativa, desde la historia presente/reciente, recurriremos a un concepto de las ciencias naturales: implosión. Para la astronomía es un fenómeno cósmico que consiste en la disminución brusca del tamaño de un astro y para la física se produce cuando en un cuerpo se registra una presión inferior a la exterior, lo que provoca que sus paredes se rompan hacia adentro, vale decir, el elemento que “implosiona” se derriba sobre sí mismo por una fuerza externa. Como graficó el científico social Immanuel Wallerstein, los conceptos de las Ciencias Exactas integran, primero metafóricamente, el campo de las sociales para enriquecer los análisis socio-históricos y políticos.

Una enumeración, algunas veces superficial, de los avatares experimentados por la historia reciente del radicalismo desde el gobierno De la Rúa-Álvarez (la Alianza, 1999/2001) hasta el presente debería ser completada con miradas que hagan foco en las cuestiones exógenas y las endógenas del problema en cuestión.

Primera fase

Una primera fase del proceso implosivo a tener en cuenta en la UCR, partido caracterizado por sus fracciones internas (Persello, 2007), es aquella generada por la convivencia de tendencias muy distintas que fueron ganando o perdiendo injerencia sobre la toma de decisiones en el transcurso de los dos años de gestión de la Alianza.

Esta multiplicidad de grupos al interior del gobierno y sus tensiones permanentes conspiraron para fijar posturas comunes, gestionar ministerios, enfrentar las crisis económicas y de gobernabilidad. Situación que no es muy diferente a otros gobiernos en las últimas décadas (PJ ortodoxo vs. La Cámpora), cuyos clivajes los medios de comunicación contribuyen a corporizar excesivamente.

La crisis fue suplantando en el imaginario político de los ciudadanos argentinos el concepto de bipartidismo (1983) y la alternancia en el sistema democrático.

Pero en este caso en particular, se agravó con la ausencia de un liderazgo fuerte que nucleara y ordenara a los sectores en disputa, y la existencia de fricciones entre el presidente y el vice que estallaron antes del primer año de la administración, facilitaron la persistencia de enfrentamientos y acrecentaron el déficit de gobernabilidad. La llegada de los nuevos aliados con el alejamiento de las fuerzas frepasistas, la ausencia de disciplina partidaria en el Congreso y finalmente la llegada de Domingo Cavallo al Ministerio de Economía (Dikenstein, Gené, 2014) viabilizaron la implosión. Esto significó la muerte del Frepaso como espacio político y el debilitamiento del partido radical, cuyo predicamento y formalidad en el sistema político será dificultoso reconstituir en el horizonte cercano.

Una segunda fase del proceso la ubicamos tras la crisis del 2001 cuando el sistema de partidos adquirió importantes rasgos de atomización. Con el interludio “que se vayan todos” surgieron “nuevos partidos” (2002), se achicaron las estructuras de los partidos nacionales tradicionales PJ y UCR y estos se metamorfosearon hacia la “confederación con fines electorales”.

Ya no se puede pensar en clave de “partidos principales” en la competencia electoral con capacidad para gobernar sin recurrir a otros ni a coaliciones.

La crisis fue suplantando en el imaginario político de los ciudadanos argentinos el concepto de bipartidismo (1983) y la alternancia en el sistema democrático. En el nuevo estado de cosas, las elecciones del 2003 marcaron las bases para la conformación de un sistema hegemónico con los Kirchner a la cabeza y la concertación transversal y a los partidos tradicionales en proceso constante de mutación, dado que con el PJ no alcanzaba para gobernar, había que construir un frente más amplio.

Ya no se puede pensar en clave de “partidos principales” en la competencia electoral con capacidad para gobernar sin recurrir a otros ni a coaliciones. Entre las cuestiones exógenas vale relacionar que la política atrapa todo de Kirchner en el 2007 con la predominancia del FpV y la expresión de transversalidad que dejó a la oposición atomizada, que no pudo encarar con “éxito” el proceso electoral para las presidenciales siguientes. En el 2011, el kirchnerismo vuelve a las viejas estructuras y a la maquinaria del peronismo con gobernadores, intendentes y sindicalistas como bases de sustentación de su proyecto de poder con la pejotización de los k.

Radicalismo K

¡Voilà! Había aparecido la utilitaria Concertación Plural para la cooptación de los radicales K, pero también benefició a Cristina Fernández que no hubiera superado el 40% de los votos; con Julio Cobos en la fórmula logró un 45,28% de los sufragios en las presidenciales del 2007. El rionegrino Miguel Saiz integró el quinteto de gobernadores radicales que avaló/integró el Frente transversal, junto con Gerardo Zamora (Santiago del Estero), Julio Cobos (Mendoza), Ricardo Colombi (Corrientes) y Eduardo Brizuela del Moral (Catamarca) e implosionó la UCR provincial, que fue fulminada por el peronismo.

Soria y Weretilneck resultaron electos gobernador y vice en el 2011.

Cobos y Sanz en la convención radical de 2015 que decidió la alianza cambiemos

Entre las cuestiones endógenas merece un capítulo especial el derrotero del exdirigente radical Leopoldo Moreau, que en el 2003 fue candidato a presidente por la UCR, que ya se había fragmentado en tres y su popularidad se encontraba en el nivel más bajo de su historia, obteniendo el magro 2,34% de los votos. Haciendo memoria, recordemos que tras la caída de De la Rúa el costo del fracaso recayó fuertemente en los radicales y el alfonsinismo.

Una década después, en el 2010, un sector del partido se encuadró bajo la figura de Julio Cobos como candidato a presidente para el 2011 y otra parte apoyaba a Ricardo Alfonsín que lanzó una nueva agrupación interna, Movimiento de Renovación Nacional (MO.RE.NA) con la misma aspiración, acompañado por Sanz y Morales. Esta situación interna marcó un retroceso de la influencia del exdiputado y senador de la UCR.

El último momento histórico del proceso implosivo se ancla en el 2014/2015, de cara a las elecciones presidenciales. Por un lado, Moreau y el Movimiento para la Democracia Social fundaron el Movimiento Nacional Alfonsinista (MNA), siendo un radical K que no fue funcionario ni candidato hasta el 2017, ya expulsado de la UCR en el 2015 por “manifiesta inconducta ética y moral”.

Forma parte del frente electoral con Cristina Fernández en Unidad Ciudadana con una representación parlamentaria que ejercerá hasta el 2021. Por el otro, la Convención Nacional de la UCR selló un pacto con la coalición Cívica-ARI y el Pro, fuertemente criticado por la JR “por entregar el radicalismo a la derecha”; además no prosperó la propuesta de inclusión del Frente Renovador como sostenían Cobos y Morales.

Y finalmente llegamos al presente de la UCR que es parte en la coalición con Cambiemos apoyando la fórmula Macri-Michetti (2015-2019) que gestionó sin consultar a los radicales en las decisiones más importantes, habiendo estos abandonado un factible frente con los socialistas, el GEN y algunos peronistas, aportando más elementos a la licuación partidaria en la próximas elecciones: sin candidato propio.

*Historiadora, codirectora del Centro de Estudios Históricos de Estado, Política y Cultura(Cehepyc /Clacso). Universidad Nacional del Comahue.


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