Errores estratégicos
Hasta hace muy poco, la Argentina era considerada un «país rico» porque gracias a la abundancia de tierra cultivable debería estar en condiciones de alimentar a varios centenares de millones de personas. Pero, como todos ya saben, no es rica en absoluto porque no ha podido aprovechar plenamente sus envidiables ventajas naturales. En parte, el fracaso así supuesto puede atribuirse a factores ideológicos o, si se prefiere, a un fuerte prejuicio contra el sector agroganadero: a diferencia de lo que siempre ha sucedido en los países desarrollados en los que el granjero y el campesino tienen una imagen romántica, aquí hasta el chacarero más pobre suele ser tomado por un oligarca en ciernes que merece ser marginado en favor del «industrial», un personaje decididamente más moderno. Como consecuencia de esta particularidad, nos hemos arreglado para jibarizar un sector que en buena lógica debería estar entre los más prósperos del mundo entero sin por eso lograr contar con ningún «industrial» de nivel internacional.
Pero no sólo ha sido cuestión de teorías sociopolíticas absurdamente autodestructivas impulsadas por políticos clientelistas ayudados por intelectuales urbanos. Otro factor aún más perjudicial ha sido el éxito de los lobbies agrícolas de Estados Unidos, Europa y el Japón que han conseguido para sus miembros subsidios directos colosales y baterías de medidas proteccionistas. Como señaló el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, en el curso de la asamblea general de su institución y el FMI, los subsidios agrícolas «son del orden de 1.000 millones de dólares diarios» que «representan un derroche de recursos y perjudican seriamente las oportunidades de los países pobres de invertir en su propio desarrollo». Tiene razón, ¿qué duda cabe? Por cierto, la Argentina encabezaría cualquier lista de los países que se han visto perjudicados por el proteccionismo agrícola. Aunque es claramente imposible calcular los costos que nos han supuesto la actitud hipócrita de Estados Unidos y, peor aún, la militancia proteccionista de Francia, no sería una exageración suponer que si siempre hubiéramos tenido el acceso libre a nuestro mercado natural, Europa, la evolución de la Argentina a partir de la Segunda Guerra Mundial hubiera sido llamativamente distinta. Al fin y al cabo, para indignación de los nacionalistas despistados, antes de aquel conflicto el país había prosperado suministrando bienes agrícolas al mercado británico a pesar del hecho de que los lazos de Londres con Australia, Nueva Zelanda y el Canadá siempre eran mucho más fuertes, de modo que el enriquecimiento posterior de Italia, España y Alemania debería haberle brindado un sinfín de oportunidades, alternativa que los artífices de la «política agrícola común» europea, liderados por Francia, lograron eliminar.
Ultimamente, el que el campo constituya el sector que está mejor ubicado para sacar algún provecho de la devaluación exportando más parece haber incidido en el pensamiento de políticos largamente acostumbrados a considerarlo «reaccionario» por antonomasia, pero así y todo la alianza perversa de cierta subclase progresista local con los proteccionistas europeos no se ha roto por completo. En efecto, cualquier manifestación contra la «globalización» que se celebre aquí o en lugares cercanos como Porto Alegre se verá enriquecida por la presencia de contingentes sindicales, izquierdistas y progresistas argentinos que se muestren más que dispuestos a hacer causa común con los paladines más notorios del proteccionismo agrícola europeo y norteamericano. Sería bueno que tales contestatarios aprendieran a discriminar entre la defensa de intereses que, discutibles o no, podrían considerarse propios de los habitantes del país y la colaboración con los que a través de los años han hecho mucho por depauperarnos, pero en vista del prestigio que en ciertos círculos tienen los globalifóbicos europeos y norteamericanos no es muy probable que lo hagan. Con todo, es de prever que en adelante su influencia sea menos nociva al difundirse la conciencia de que de los errores estratégicos perpetrados por generaciones anteriores, el ocasionado por el deseo de que la Argentina dejara de depender de sus exportaciones agrícolas se encuentra entre los más garrafales.