Escalada infernal
Según algunos analistas norteamericanos, el régimen comunista de Corea del Norte atacó con artillería pesada un islote surcoreano, matando a por lo menos dos soldados y otros tantos civiles, porque quiere reanudar las negociaciones con Estados Unidos, Japón, Rusia, China y, desde luego, Corea del Sur, con la esperanza de conseguir más ayuda humanitaria. A su juicio, pues, se trataría de una forma violenta de obligar al resto del mundo a prestarle atención. Otros suponen que el ataque se debió a la voluntad del “joven general” Kim Jong-un, el hijo y presunto sucesor en potencia del dictador actual, Kim Jong-il, de mostrar a los militares de su país que está tan dispuesto como su padre a enfrentarse con los norteamericanos y sus “títeres” surcoreanos. Mientras tanto, abundan los rumores acerca de una lucha despiadada por el poder en Pyongyang en que todos los participantes se sienten constreñidos a asumir una postura belicosa. Aunque ya es habitual atribuir a “la interna” todas las frecuentes provocaciones de un régimen extravagante en que se combinan el comunismo estalinista, el monarquismo dinástico, el culto delirante a la personalidad –el presidente “eterno” de Corea del Norte sigue siendo Kim II-sung, que murió en 1994– y una dosis muy grande de racismo, ni Corea del Sur ni Estados Unidos pueden tolerarlas indefinidamente. La “paciencia estratégica” reivindicada por el gobierno del presidente Barack Obama tiene sus límites. Además de haberse comprometido a ayudar a Corea del Sur a defenderse contra un vecino sumamente agresivo, los norteamericanos entienden que sería un desastre de consecuencias apenas concebibles permitir que los norcoreanos lleguen a adquirir un arsenal nuclear lo bastante poderoso como para plantear una amenaza genuina a la paz mundial. La idea de que la razón por la que un país paupérrimo que sufre hambrunas esporádicas ha invertido tanto en su programa nuclear haya consistido en su deseo de aceptar frenarlo a cambio de miles de millones de dólares en ayuda es atractiva porque significaría que no es tan peligroso como sería legítimo suponer, pero también existe la posibilidad de que el régimen realmente se haya propuesto usarlo en un esfuerzo desesperado por lograr la reunificación de la península. Sea como fuere, la paciencia “estratégica” de los surcoreanos está agotándose. El ministro de Defensa se vio obligado a renunciar debido a las críticas muy fuertes a la supuesta debilidad de su reacción ante el ataque norcoreano. Por su parte, Estados Unidos acaba de enviar un portaaviones a la zona del conflicto, lo que según los norcoreanos la ha puesto al borde de la guerra: según la agencia de noticias oficial de Pyongyang, están preparados “para desatar una lluvia de fuego espantoso y volar el baluarte de los enemigos si éstos se atreven a usurpar nuevamente la dignidad y la soberanía de Corea del Norte en lo más mínimo”. Aunque tal retórica es rutinaria en boca de los voceros norcoreanos, no les sería fácil mantenerse pasivos en el caso de que Seúl optara por contestar militarmente a un nuevo ataque, pero a menos que los surcoreanos actúen con firmeza sus enemigos envalentonados no tendrían por qué tranquilizarse. Puede que China esté en condiciones de frenar la escalada que se ha puesto en marcha, pero su gobierno comunista parece creer que le conviene que otros se sientan obligados a solucionar los problemas planteados por su aliado imprevisible. Corea del Sur, Estados Unidos y el Japón se ven frente a un dilema terrorífico. Saben que de desencadenarse una guerra los estragos serían atroces. Si bien confían en que Corea del Norte la perdería, temen que las bajas en Corea del Sur se contarían por centenares de miles. Pero también saben que la alternativa de continuar tratando de aplacar a los norcoreanos con concesiones, resignándose a que pronto se erijan en una potencia nuclear de verdad y que sigan vendiendo misiles y tecnología nuclear a países como Irán y Siria, podría tener consecuencias aún peores. Por lo demás, no pueden ignorar que en Corea del Sur muchos están hartos de lo que toman por la pusilanimidad de su propio gobierno y por lo tanto están reclamando medidas mucho más contundentes contra un régimen ferozmente cruel que nunca ha vacilado en hambrear a la población civil en beneficio de las fuerzas armadas.
Según algunos analistas norteamericanos, el régimen comunista de Corea del Norte atacó con artillería pesada un islote surcoreano, matando a por lo menos dos soldados y otros tantos civiles, porque quiere reanudar las negociaciones con Estados Unidos, Japón, Rusia, China y, desde luego, Corea del Sur, con la esperanza de conseguir más ayuda humanitaria. A su juicio, pues, se trataría de una forma violenta de obligar al resto del mundo a prestarle atención. Otros suponen que el ataque se debió a la voluntad del “joven general” Kim Jong-un, el hijo y presunto sucesor en potencia del dictador actual, Kim Jong-il, de mostrar a los militares de su país que está tan dispuesto como su padre a enfrentarse con los norteamericanos y sus “títeres” surcoreanos. Mientras tanto, abundan los rumores acerca de una lucha despiadada por el poder en Pyongyang en que todos los participantes se sienten constreñidos a asumir una postura belicosa. Aunque ya es habitual atribuir a “la interna” todas las frecuentes provocaciones de un régimen extravagante en que se combinan el comunismo estalinista, el monarquismo dinástico, el culto delirante a la personalidad –el presidente “eterno” de Corea del Norte sigue siendo Kim II-sung, que murió en 1994– y una dosis muy grande de racismo, ni Corea del Sur ni Estados Unidos pueden tolerarlas indefinidamente. La “paciencia estratégica” reivindicada por el gobierno del presidente Barack Obama tiene sus límites. Además de haberse comprometido a ayudar a Corea del Sur a defenderse contra un vecino sumamente agresivo, los norteamericanos entienden que sería un desastre de consecuencias apenas concebibles permitir que los norcoreanos lleguen a adquirir un arsenal nuclear lo bastante poderoso como para plantear una amenaza genuina a la paz mundial. La idea de que la razón por la que un país paupérrimo que sufre hambrunas esporádicas ha invertido tanto en su programa nuclear haya consistido en su deseo de aceptar frenarlo a cambio de miles de millones de dólares en ayuda es atractiva porque significaría que no es tan peligroso como sería legítimo suponer, pero también existe la posibilidad de que el régimen realmente se haya propuesto usarlo en un esfuerzo desesperado por lograr la reunificación de la península. Sea como fuere, la paciencia “estratégica” de los surcoreanos está agotándose. El ministro de Defensa se vio obligado a renunciar debido a las críticas muy fuertes a la supuesta debilidad de su reacción ante el ataque norcoreano. Por su parte, Estados Unidos acaba de enviar un portaaviones a la zona del conflicto, lo que según los norcoreanos la ha puesto al borde de la guerra: según la agencia de noticias oficial de Pyongyang, están preparados “para desatar una lluvia de fuego espantoso y volar el baluarte de los enemigos si éstos se atreven a usurpar nuevamente la dignidad y la soberanía de Corea del Norte en lo más mínimo”. Aunque tal retórica es rutinaria en boca de los voceros norcoreanos, no les sería fácil mantenerse pasivos en el caso de que Seúl optara por contestar militarmente a un nuevo ataque, pero a menos que los surcoreanos actúen con firmeza sus enemigos envalentonados no tendrían por qué tranquilizarse. Puede que China esté en condiciones de frenar la escalada que se ha puesto en marcha, pero su gobierno comunista parece creer que le conviene que otros se sientan obligados a solucionar los problemas planteados por su aliado imprevisible. Corea del Sur, Estados Unidos y el Japón se ven frente a un dilema terrorífico. Saben que de desencadenarse una guerra los estragos serían atroces. Si bien confían en que Corea del Norte la perdería, temen que las bajas en Corea del Sur se contarían por centenares de miles. Pero también saben que la alternativa de continuar tratando de aplacar a los norcoreanos con concesiones, resignándose a que pronto se erijan en una potencia nuclear de verdad y que sigan vendiendo misiles y tecnología nuclear a países como Irán y Siria, podría tener consecuencias aún peores. Por lo demás, no pueden ignorar que en Corea del Sur muchos están hartos de lo que toman por la pusilanimidad de su propio gobierno y por lo tanto están reclamando medidas mucho más contundentes contra un régimen ferozmente cruel que nunca ha vacilado en hambrear a la población civil en beneficio de las fuerzas armadas.
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