Escaramuza menor
El gobierno deberá comprometerse tenazmente con su programa económico y defenderlo contra los críticos internos y externos.
Por razones acaso comprensibles pero dadas las circunstancias poco alentadoras, el presidente Fernando de la Rúa eligió festejar el nuevo acuerdo con el FMI como si se hubiera tratado de un triunfo nacional realmente espléndido, de uno comparable, quizás, con los supuestos por el «blindaje» primero y por el «megacanje» después, sin preocuparse por señalar que el mero hecho de que el país se haya visto obligado a depender tanto de la buena voluntad ajena no puede ser motivo de orgullo para nadie. Asimismo, su reacción inicial sirvió para hacer pensar que en su opinión lo único que realmente importaba eran las negociaciones con el FMI y con las figuras principales del gobierno estadounidense, no las reformas que ya deberían estar en marcha en el país mismo. Pero si bien De la Rúa podría afirmar que por ahora cuando menos «la Argentina ha ganado la batalla contra los especuladores», entenderá que a raíz del acuerdo se ha comprometido a librar una serie de luchas contra adversarios que serán decididamente más tenaces que los financistas que apostaron a un «default».
A cambio del dinero prestado por el FMI, el gobierno tendrá que asegurar que se respete la ley de déficit cero durante una campaña electoral en el curso de la cual virtualmente todos los candidatos, encabezados por los «oficialistas», harán cuanto puedan por aprovechar las desgracias del país atribuyéndolas ya al gobierno, ya al FMI y al presidente norteamericano George W. Bush. En un intento de contrarrestar los argumentos tendenciosos que esgrimirán los reacios a reconocer que la situación actual es el producto previsible de los errores garrafales que han sido cometidos tanto por peronistas como por radicales, De la Rúa quisiera suplementar las elecciones con un plebiscito sobre la conveniencia de reducir el «gasto político» -lo cual es una forma de confesar que en la raíz del problema está la irresponsabilidad sistemática del grueso de la clase política-, pero no es probable que le resulte tan fácil modificar el eje del debate preelectoral.
De todos modos, el sobredimensionamiento escandaloso de los costos de la política y los métodos a menudo corruptos que emplean los dirigentes partidarios para conseguir más dinero no son más que síntomas de una enfermedad que es mucho más profunda, y a menos que los jefes del gobierno lo comprendan no les será dado llevar a cabo las reformas fundamentales que serían necesarias para «cambiar la historia». La situación crítica en la que el país se encuentra se debe en buena medida a la resistencia obstinada de la elite política y también en cierto modo cultural a asumir el hecho evidente de que en un mundo tan competitivo como el actual la Argentina tendrá forzosamente que adaptarse cuanto antes a la realidad, eliminando los muchos obstáculos de todo tipo que impiden que la economía funcione tan bien como sus equivalentes de otros países o mejor. Por motivos es de suponer más políticos que ideológicos, De la Rúa siempre ha procurado brindar la impresión de que no le gusta para nada «el rumbo» que se ha comprometido a seguir, pero que a menos que continúe por él las consecuencias serán desastrosas. Como no pudo ser de otra manera, dicha actitud que, según parece, se debe al miedo que siente por el jefe formal de la UCR, Raúl Alfonsín, no lo ha ayudado a levantar el ánimo ni de los demás integrantes del gobierno ni de la ciudadanía.
Para que este gobierno pueda terminar su gestión en condiciones de ufanarse de algo más que el haber convencido al FMI y a los Estados Unidos de la conveniencia de rescatar a nuestro país, tendría que comprometerse plenamente con lo que es, al fin y al cabo, su propio programa económico y defenderlo con el máximo vigor contra los críticos tanto internos como externos. Hacerlo no debería resultarle difícil – los frutos de la «alternativa» populista reivindicada indirectamente por Alfonsín, Eduardo Duhalde, Leopoldo Moreau y tantos otros no podrían ser más miserables-, pero por razones no muy claras De la Rúa y sus colaboradores no se han permitido contestar a la oposición populista, izquierdista o clericalista con la misma vehemencia que suele caracterizar a las declaraciones de los deseosos de frustrar sus esfuerzos por gobernar.