“Escuchando al abuelo”
Con la ironía y humor que lo caracterizan, siempre me dice que eso de la longevidad son todas “pavadas” y que él va a morir cuando llegue la hora, pero con muy buena salud y … de viejo. Se enoja a menudo porque cree que a los viejos se los escucha un rato nomás y cuando comienzan a contar alguna historia de la que formaron parte los dejan hablando solos, y la frustración se adueña de sus vidas. Casi con bronca me dice que si se escuchara un poco más a los mayores quizá la sabiduría trasplantada a sus herederos germinaría dando otros frutos y no se marchitarían en tan poco tiempo como sucede ahora. El abuelo Santiago era “pícaro” de joven y hoy en charlas de otoño debajo del árbol, tereré en mano refrescando el relato, trae al presente las vivencias de un tiempo hermoso que jamás volverá. Me cuenta que en sus tiempos, temprano, antes que salga el sol, su mamá lo despertaba para el desayuno con un tazón grande y la clásica galleta de campo de la época con dulce de leche casero y manteca artesanal, con la leche de las propias vacas que por la madrugada ya había ordeñado su papá. Hasta media mañana el trabajo era lo único que ocupaba sus pensamientos y sólo existía la pausa para un pan crocante relleno con una milanesa. Y se volvía a reiniciar la tarea, porque de ello dependía el sustento de la familia y el estudio de sus hermanos en la ciudad a la que asistían los lunes y volvían los viernes para sumarse a la tarea del campo como lo hacía él todos los días. Los sábados eran intocables por la noche y pasadas las ocho, bañados y con las mejores “pilchas” se preparaban con los hermanos varones y caminando iban rumbo al pueblo, porque allí en el baile del Club se encontrarían con sus platónicos amores que seguramente se convertirían algún día en sus novias o quizá más tarde en esposas. El baile no era cualquier cosa porque sobre todo había que saber bailar para no pasar papelones, porque aquello de “pueblo chico infierno grande” era cierto, y después, como decía el abuelo, “había que luchar mucho contra el viento para levantar el barrilete” y andabas a las escondidas para que no te carguen los amigos. Me gustaba mucho escuchar al abuelo, y creo que a él también le producía placer contarme sus anécdotas. Cierto día se cortó la luz y, contrariamente a lo que uno puede imaginar, el baile se suspendió. Entonces me dice que los padres de las niñas, que también estaban en el lugar para ver cómo se comportaban sus hijas, con grandes linternas iban acompañando a todos hasta la puerta, porque en esa época a oscuras no te dejaban con una dama solo. No había radio en el pueblo, así que aquello que sucedía lo iban transmitiendo las tías o abuelas que detrás de la ventana, por la mirilla, “chusmeaban”, sabían la vida de todos los vecinos, y por ese motivo debíamos tratar por todos los medios de no caer en boca de estas señoras, ya que si algo se nos escapaba y era inconveniente, las miradas te golpeaban la nuca, y ni hablar de los oídos. Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Capioví – Misiones
Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Capioví – Misiones
Con la ironía y humor que lo caracterizan, siempre me dice que eso de la longevidad son todas “pavadas” y que él va a morir cuando llegue la hora, pero con muy buena salud y … de viejo. Se enoja a menudo porque cree que a los viejos se los escucha un rato nomás y cuando comienzan a contar alguna historia de la que formaron parte los dejan hablando solos, y la frustración se adueña de sus vidas. Casi con bronca me dice que si se escuchara un poco más a los mayores quizá la sabiduría trasplantada a sus herederos germinaría dando otros frutos y no se marchitarían en tan poco tiempo como sucede ahora. El abuelo Santiago era “pícaro” de joven y hoy en charlas de otoño debajo del árbol, tereré en mano refrescando el relato, trae al presente las vivencias de un tiempo hermoso que jamás volverá. Me cuenta que en sus tiempos, temprano, antes que salga el sol, su mamá lo despertaba para el desayuno con un tazón grande y la clásica galleta de campo de la época con dulce de leche casero y manteca artesanal, con la leche de las propias vacas que por la madrugada ya había ordeñado su papá. Hasta media mañana el trabajo era lo único que ocupaba sus pensamientos y sólo existía la pausa para un pan crocante relleno con una milanesa. Y se volvía a reiniciar la tarea, porque de ello dependía el sustento de la familia y el estudio de sus hermanos en la ciudad a la que asistían los lunes y volvían los viernes para sumarse a la tarea del campo como lo hacía él todos los días. Los sábados eran intocables por la noche y pasadas las ocho, bañados y con las mejores “pilchas” se preparaban con los hermanos varones y caminando iban rumbo al pueblo, porque allí en el baile del Club se encontrarían con sus platónicos amores que seguramente se convertirían algún día en sus novias o quizá más tarde en esposas. El baile no era cualquier cosa porque sobre todo había que saber bailar para no pasar papelones, porque aquello de “pueblo chico infierno grande” era cierto, y después, como decía el abuelo, “había que luchar mucho contra el viento para levantar el barrilete” y andabas a las escondidas para que no te carguen los amigos. Me gustaba mucho escuchar al abuelo, y creo que a él también le producía placer contarme sus anécdotas. Cierto día se cortó la luz y, contrariamente a lo que uno puede imaginar, el baile se suspendió. Entonces me dice que los padres de las niñas, que también estaban en el lugar para ver cómo se comportaban sus hijas, con grandes linternas iban acompañando a todos hasta la puerta, porque en esa época a oscuras no te dejaban con una dama solo. No había radio en el pueblo, así que aquello que sucedía lo iban transmitiendo las tías o abuelas que detrás de la ventana, por la mirilla, “chusmeaban”, sabían la vida de todos los vecinos, y por ese motivo debíamos tratar por todos los medios de no caer en boca de estas señoras, ya que si algo se nos escapaba y era inconveniente, las miradas te golpeaban la nuca, y ni hablar de los oídos. Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Capioví - Misiones
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