Estados Unidos y el racismo
La esperanza de que, con Barack Obama en la Casa Blanca, Estados Unidos entraría en una era “posracial” de convivencia interétnica armoniosa se ha desvanecido. Una serie de episodios en que murieron negros desarmados a manos de policías blancos ha provocado disturbios violentos en algunas ciudades y protestas multitudinarias en muchas más. Con razón o sin ella, casi todos los integrantes de lo que ellos mismos llaman “la comunidad” negra dicen sentirse víctimas de una campaña de persecución racista menos evidente que en el pasado pero así y todo lo bastante fuerte como para impedirles progresar. Creen que, a pesar de un sinnúmero de medidas destinadas a favorecer a las minorías social y económicamente rezagadas, Estados Unidos aún dista de ser el país soñado por Martin Luther King en que los pequeños “no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. Que éste sea el caso se debe menos al activismo de los muy pocos blancos que se animan a afirmarse racistas que al hecho de que, en un país desgarrado por la “política de la identidad”, escasean los capaces de pensar en términos que no sean raciales. El presidente Obama, el secretario de Justicia saliente Eric Holder y otros funcionarios “de color” a menudo aluden a su solidaridad con “nuestra gente”, para entonces criticar a la mayoría blanca por su presunta indiferencia frente a la injusticia supuestamente institucionalizada. Asimismo, una mayoría abrumadora, más del 90%, de los afronorteamericanos votó a favor de Obama por motivos claramente étnicos, de tal modo subrayando la importancia de un tema que, según los valores reivindicados por Luther King, a esta altura debería considerarse penosamente anticuado. No cabe duda de que en Estados Unidos, como en buena parte de América Latina, la policía propende a caer en la tentación del “gatillo fácil”. ¿Es que los efectivos blancos se ensañan con los negros? Conforme a las estadísticas disponibles, es más que probable, pero sucede que tienen motivos para sentir miedo: en localidades habitadas mayormente por negros, como Detroit, en que los policías son del mismo origen étnico, el índice de criminalidad es asombrosamente alto, y en todas partes de Estados Unidos abundan los casos de blancos o asiáticos asesinados por negros jóvenes por motivos presuntamente raciales. Como algunos intelectuales negros han señalado, “la comunidad” se ve más perjudicada por la cultura delictiva que se ha propagado entre sus miembros, los estragos provocados por la droga, el colapso de la familia y la convicción difundida, estimulada por la prédica de ciertos líderes notorios, de que sería inútil esforzarse porque el mundo blanco está en su contra, que por la hostilidad de sus compatriotas blancos. Poner fin a esta situación lamentable no será del todo fácil. Desde hace décadas, los convencidos de que las diferencias educativas y por lo tanto económicas de los distintos grupos étnicos, sobre todo el negro y el “hispano”, se debían casi exclusivamente al racismo blanco han intentado solucionar el problema obligando a las grandes empresas, las unidades policiales y las universidades a incorporar miembros de minorías aun cuando carezcan de calificaciones adecuadas. Los resultados de los programas de “discriminación positiva” ensayados han sido decepcionantes. Una razón consiste en que miembros de una minoría que también ha sido víctima de prejuicios sistemáticos, la asiática, han triunfado con facilidad aparente sin contar con ventaja alguna: norteamericanos de origen chino, japonés, coreano e hindú se han destacado en el mundo académico, en los negocios y como profesionales hasta tal punto que sus logros han motivado el rencor de los negros, ya que su éxito prueba que las barreras raciales que tanto les preocupan no son insuperables. Otra razón es que intentar combatir el racismo con medidas que son intrínsecamente racistas, como cuotas para que personas de etnias determinadas ocupen lugares que no merecen, no podrá sino ser contraproducente por basarse en la noción de que quienes los integran no están en condiciones de valerse por sí mismos. Como decía Luther King, lo único que debería importar es el “contenido del carácter” de cada individuo, un ideal que parece utópico en Estados Unidos, dominado como está por la política de la identidad.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 7 de diciembre de 2014
La esperanza de que, con Barack Obama en la Casa Blanca, Estados Unidos entraría en una era “posracial” de convivencia interétnica armoniosa se ha desvanecido. Una serie de episodios en que murieron negros desarmados a manos de policías blancos ha provocado disturbios violentos en algunas ciudades y protestas multitudinarias en muchas más. Con razón o sin ella, casi todos los integrantes de lo que ellos mismos llaman “la comunidad” negra dicen sentirse víctimas de una campaña de persecución racista menos evidente que en el pasado pero así y todo lo bastante fuerte como para impedirles progresar. Creen que, a pesar de un sinnúmero de medidas destinadas a favorecer a las minorías social y económicamente rezagadas, Estados Unidos aún dista de ser el país soñado por Martin Luther King en que los pequeños “no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. Que éste sea el caso se debe menos al activismo de los muy pocos blancos que se animan a afirmarse racistas que al hecho de que, en un país desgarrado por la “política de la identidad”, escasean los capaces de pensar en términos que no sean raciales. El presidente Obama, el secretario de Justicia saliente Eric Holder y otros funcionarios “de color” a menudo aluden a su solidaridad con “nuestra gente”, para entonces criticar a la mayoría blanca por su presunta indiferencia frente a la injusticia supuestamente institucionalizada. Asimismo, una mayoría abrumadora, más del 90%, de los afronorteamericanos votó a favor de Obama por motivos claramente étnicos, de tal modo subrayando la importancia de un tema que, según los valores reivindicados por Luther King, a esta altura debería considerarse penosamente anticuado. No cabe duda de que en Estados Unidos, como en buena parte de América Latina, la policía propende a caer en la tentación del “gatillo fácil”. ¿Es que los efectivos blancos se ensañan con los negros? Conforme a las estadísticas disponibles, es más que probable, pero sucede que tienen motivos para sentir miedo: en localidades habitadas mayormente por negros, como Detroit, en que los policías son del mismo origen étnico, el índice de criminalidad es asombrosamente alto, y en todas partes de Estados Unidos abundan los casos de blancos o asiáticos asesinados por negros jóvenes por motivos presuntamente raciales. Como algunos intelectuales negros han señalado, “la comunidad” se ve más perjudicada por la cultura delictiva que se ha propagado entre sus miembros, los estragos provocados por la droga, el colapso de la familia y la convicción difundida, estimulada por la prédica de ciertos líderes notorios, de que sería inútil esforzarse porque el mundo blanco está en su contra, que por la hostilidad de sus compatriotas blancos. Poner fin a esta situación lamentable no será del todo fácil. Desde hace décadas, los convencidos de que las diferencias educativas y por lo tanto económicas de los distintos grupos étnicos, sobre todo el negro y el “hispano”, se debían casi exclusivamente al racismo blanco han intentado solucionar el problema obligando a las grandes empresas, las unidades policiales y las universidades a incorporar miembros de minorías aun cuando carezcan de calificaciones adecuadas. Los resultados de los programas de “discriminación positiva” ensayados han sido decepcionantes. Una razón consiste en que miembros de una minoría que también ha sido víctima de prejuicios sistemáticos, la asiática, han triunfado con facilidad aparente sin contar con ventaja alguna: norteamericanos de origen chino, japonés, coreano e hindú se han destacado en el mundo académico, en los negocios y como profesionales hasta tal punto que sus logros han motivado el rencor de los negros, ya que su éxito prueba que las barreras raciales que tanto les preocupan no son insuperables. Otra razón es que intentar combatir el racismo con medidas que son intrínsecamente racistas, como cuotas para que personas de etnias determinadas ocupen lugares que no merecen, no podrá sino ser contraproducente por basarse en la noción de que quienes los integran no están en condiciones de valerse por sí mismos. Como decía Luther King, lo único que debería importar es el “contenido del carácter” de cada individuo, un ideal que parece utópico en Estados Unidos, dominado como está por la política de la identidad.
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