Europa se estanca

Redacción

Por Redacción

Cuando de formular pronósticos se trata, los deseos personales de los futurólogos suelen importar tanto o más que los datos concretos disponibles. Mientras que quienes se afirman convencidos de que China está por erigirse en una superpotencia económica suelen ser conservadores que quisieran ver desmantelados los costosos programas sociales que se han institucionalizado en todos los países occidentales, los dispuestos a reivindicar los méritos de modelos socioeconómicos menos exigentes propenden a ubicarse hacia la izquierda del mapa ideológico, lo que es un tanto paradójico por ser China, en teoría por lo menos, un país gobernado por comunistas de mentalidad colectivista y los dirigentes occidentales no vacilan en declararse partidarios de versiones del sistema capitalista por entender que es el único viable. Sea como fuere, hace algunos años se puso de moda en los círculos progresistas de Estados Unidos, entre ellos los frecuentados por funcionarios de la administración del presidente Barack Obama, prever que el siglo XXI pertenecería a Europa, ya que a su juicio el Viejo Continente contaba con instituciones que, a diferencia de las norteamericanas, le permitirían no sólo prosperar sino también conquistar el mundo aprovechando su “poder blando” supuestamente irresistible. Tales vaticinios incidieron en las políticas económicas y sociales inicialmente elegidas por Obama que, para alarma de sus adversarios republicanos, quería que su propio país se asemejara más a la Europa de antes de la crisis que fue desatada por el colapso financiero del 2008, pero, para indignación de los progresistas estadounidenses, los europeos mismos, presionados por el gobierno alemán de la canciller Angela Merkel, cambiaron de rumbo al optar por la austeridad. Asimismo, merced a la agresividad del presidente ruso Vladimir Putin y la irrupción del llamado “Estado Islámico” en el Oriente Medio, no tardó en perder su atractivo la noción de que el poder militar fuera contraproducente en el mundo actual, razón por la que le convendría a Estados Unidos dejar de gastar tanto en sus fuerzas armadas; si los europeos podían darse el lujo de desarmarse, se debió no a la supuesta superioridad del “poder blando” sino a que sus líderes confiaban en que, en última instancia, los norteamericanos los respaldarían. Por desgracia, la idea de que la Unión Europea encabezara la marcha del mundo hacia un futuro más pacífico y solidario ya parece anticuada. Si bien Europa sigue atrayendo a millones de africanos y asiáticos que huyen de la pobreza e inseguridad de sus países natales, a esta altura pocos toman en serio las ilusiones de sus admiradores del otro lado del océano Atlántico o de los funcionarios de los organismos comunitarios que opinan que los problemas son meramente coyunturales y que sería posible solucionarlos con “más Europa”. Lejos de converger como se había previsto las economías de los distintos países, cada una avanza, o retrocede, a su propio ritmo, el que en el caso de las que emplean la moneda común, el euro, es muy lento. Según acaba de informar la Comisión Europea, se prevé que este año la economía de la Eurozona crecerá apenas el 0,8% y, a menos que haya más sorpresas ingratas, un muy módico 1,1% en el 2015 y, tal vez, un 1,7% en el 2016. En otras palabras, se ha resignado a varios años de estancamiento en los que la tasa de desocupación se mantendrá muy alta. Con la esperanza de reavivar la economía, los encargados del Banco Central Europeo han dado a entender que les gustaría comenzar a repartir paquetes de estímulo parecidos a los que la Reserva Federal norteamericana usó para salir de la recesión que siguió al desplome financiero, pero la propuesta no entusiasma a los alemanes que insisten en la necesidad de equilibrar los presupuestos antes de procurar emular a los estadounidenses y británicos que han conseguido resultados prometedores con sus programas de “facilitación cuantitativa”. De todos modos, no hay ninguna garantía de que crear más dinero de la nada sirva para mucho, ya que la experiencia del Japón, donde una serie de gobiernos ha gastado una cantidad fabulosa de yenes en un esfuerzo vano por impulsar el crecimiento, hace pensar que el letargo se debe a factores estructurales, como el envejecimiento de la población, que no se prestan a remedios meramente financieros.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 17 de noviembre de 2014


Cuando de formular pronósticos se trata, los deseos personales de los futurólogos suelen importar tanto o más que los datos concretos disponibles. Mientras que quienes se afirman convencidos de que China está por erigirse en una superpotencia económica suelen ser conservadores que quisieran ver desmantelados los costosos programas sociales que se han institucionalizado en todos los países occidentales, los dispuestos a reivindicar los méritos de modelos socioeconómicos menos exigentes propenden a ubicarse hacia la izquierda del mapa ideológico, lo que es un tanto paradójico por ser China, en teoría por lo menos, un país gobernado por comunistas de mentalidad colectivista y los dirigentes occidentales no vacilan en declararse partidarios de versiones del sistema capitalista por entender que es el único viable. Sea como fuere, hace algunos años se puso de moda en los círculos progresistas de Estados Unidos, entre ellos los frecuentados por funcionarios de la administración del presidente Barack Obama, prever que el siglo XXI pertenecería a Europa, ya que a su juicio el Viejo Continente contaba con instituciones que, a diferencia de las norteamericanas, le permitirían no sólo prosperar sino también conquistar el mundo aprovechando su “poder blando” supuestamente irresistible. Tales vaticinios incidieron en las políticas económicas y sociales inicialmente elegidas por Obama que, para alarma de sus adversarios republicanos, quería que su propio país se asemejara más a la Europa de antes de la crisis que fue desatada por el colapso financiero del 2008, pero, para indignación de los progresistas estadounidenses, los europeos mismos, presionados por el gobierno alemán de la canciller Angela Merkel, cambiaron de rumbo al optar por la austeridad. Asimismo, merced a la agresividad del presidente ruso Vladimir Putin y la irrupción del llamado “Estado Islámico” en el Oriente Medio, no tardó en perder su atractivo la noción de que el poder militar fuera contraproducente en el mundo actual, razón por la que le convendría a Estados Unidos dejar de gastar tanto en sus fuerzas armadas; si los europeos podían darse el lujo de desarmarse, se debió no a la supuesta superioridad del “poder blando” sino a que sus líderes confiaban en que, en última instancia, los norteamericanos los respaldarían. Por desgracia, la idea de que la Unión Europea encabezara la marcha del mundo hacia un futuro más pacífico y solidario ya parece anticuada. Si bien Europa sigue atrayendo a millones de africanos y asiáticos que huyen de la pobreza e inseguridad de sus países natales, a esta altura pocos toman en serio las ilusiones de sus admiradores del otro lado del océano Atlántico o de los funcionarios de los organismos comunitarios que opinan que los problemas son meramente coyunturales y que sería posible solucionarlos con “más Europa”. Lejos de converger como se había previsto las economías de los distintos países, cada una avanza, o retrocede, a su propio ritmo, el que en el caso de las que emplean la moneda común, el euro, es muy lento. Según acaba de informar la Comisión Europea, se prevé que este año la economía de la Eurozona crecerá apenas el 0,8% y, a menos que haya más sorpresas ingratas, un muy módico 1,1% en el 2015 y, tal vez, un 1,7% en el 2016. En otras palabras, se ha resignado a varios años de estancamiento en los que la tasa de desocupación se mantendrá muy alta. Con la esperanza de reavivar la economía, los encargados del Banco Central Europeo han dado a entender que les gustaría comenzar a repartir paquetes de estímulo parecidos a los que la Reserva Federal norteamericana usó para salir de la recesión que siguió al desplome financiero, pero la propuesta no entusiasma a los alemanes que insisten en la necesidad de equilibrar los presupuestos antes de procurar emular a los estadounidenses y británicos que han conseguido resultados prometedores con sus programas de “facilitación cuantitativa”. De todos modos, no hay ninguna garantía de que crear más dinero de la nada sirva para mucho, ya que la experiencia del Japón, donde una serie de gobiernos ha gastado una cantidad fabulosa de yenes en un esfuerzo vano por impulsar el crecimiento, hace pensar que el letargo se debe a factores estructurales, como el envejecimiento de la población, que no se prestan a remedios meramente financieros.

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