Exilio social

Seis millones de personas son “apenas” alrededor del 0,1% del total de la población mundial, pero una cantidad importante en un país de 40 y pico millones de habitantes.

Redacción

Por Redacción

COLUMINISTAS

Y una enormidad sobre el total de los trabajadores de ese país pletórico de posibilidades pero famélico de habitantes y buenas administraciones.

Seis millones -alma más, alma menos- son los desocupados, subocupados y empleados en negro en la República Argentina, aunque siempre según las cifras oficiales brindadas periódicamente por el gobierno a través del Indec a su medida.

De esa cifra, un tercio pertenece al rubro de quienes no tienen empleo o trabajan menos horas que la cantidad normal y, en realidad, quisieran trabajar más.

Si hay que atenerse a las cifras promedio mundiales, con un par de puntos menos virtualmente podría considerarse que es un desempleo normal, porque hasta un 5% es -o al menos era en su momento- lo aceptable en una economía también normal.

Pero más allá de lo cuestionable de las estadísticas oficiales, las luces amarillas y rojas brillan más intensamente en los otros dos segmentos, o sea la subocupación y el trabajo en negro.

El subempleo es uno de los dramas al que habitualmente parece no dársele la suficiente importancia, pero afecta a más de un millón de personas que trabajan menos de 35 horas semanales.

Esa gente está agarrada del borde de la cornisa con la intención y la esperanza de subir y protegerse, pero, obvio, también a punto de precipitarse letalmente hasta las catacumbas del mundo laboral.

Esas catacumbas en las que ya moran cuatro millones de seres que, si bien tienen trabajo, están en la categoría de “desaparecidos sociales”, pues aunque ejercen alguna tarea se encuentran fuera de cualquier tipo de cobertura o beneficio: salud, jubilación, indemnización, acceso al crédito, etc.

Los trabajadores no registrados (oficialmente 3,3 de cada 10, aunque obviamente la cifra es mayor) tienen sólo la posibilidad de ir a los saturados hospitales públicos; no pueden jubilarse ni en sueños (salvo por el sistema de retiro implementado por este gobierno para los que nunca hicieron aportes, pero deben dejar una parte de ese haber como pago de moratoria); están a absoluta merced de la discrecionalidad de sus empleadores, que si tienen un corazón más grande que el mundo quizás les den un resarcimiento para que el trabajador no haga juicio. Y ni hablar de entrar a un banco a pedir algo, desde una humilde cuenta bancaria hasta una tarjeta de crédito.

Mucho se viene hablando de impuesto a las Ganancias, bonus de fin de año, paritarias del pasado, del presente y del futuro… Pero son todas discusiones en derredor de la gente que tiene trabajo, y en blanco.

Estas pautas no corren de ninguna manera para los otros, los más o menos desterrados del mundo laboral. Ese público mira desde afuera la película, como el chico pobre que apoya su nariz en las vidrieras, con la mirada brillosa, pero por la tristeza de no poder alcanzar ese juguete.

El juguete es un puesto laboral, las horas completas de trabajo, el empleo registrado. Un juguete que no es un simple regalo de cumpleaños, de Navidad o de Reyes.

Es un derecho pleno que está garantizado por la Constitución pero que evidentemente no lo está por los gobiernos que cometen más errores que aciertos en la economía doméstica.

Y esos yerros se ensañan siempre con los eslabones más débiles de las sociedades. Se viene una etapa de intensa campaña electoral en la que los candidatos -oficialistas y opositores- hacen flamear promesas a troche y moche.

En esas campañas, sobre todo en momentos clave como el año que viene, en que se elige nada menos que presidente, los postulantes de todos los segmentos se acuerdan de todo el mundo.

Y por supuesto, gritarán su mensaje también para los seis millones de ciudadanos que andan por las banquinas y los confines de la sociedad. Claro, por cierto los sindicalistas no están exceptuados de esa tentación.

Es que, sobre todo en los momentos fundamentales, esos millones, separados de sus congéneres por una gruesa brecha cuasi permanente, ante la urgencia de los intereses políticos aparecen milagrosamente “integrados” nuevamente en el mismo plano en la foto comunitaria.

Pero también sucede que tras los comicios sufren el “photoshop” de la realidad y mágicamente desaparecen de la imagen. Y aunque no se la vea, esa masa continúa siendo de una exasperante dimensión, víctima de un indigno e injusto exilio social.

LUIS TARULLO – Analista de DyN


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