Extrañando al gabinete



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Curiosamente, las reuniones del gabinete nacional parecen haber desaparecido de la escena política. Esto, pese a que nuestra Constitución dedica algunos artículos a reglamentar el rol del jefe de Gabinete y el de “los demás ministros secretarios” del Poder Ejecutivo Nacional. No ordena, es cierto, explícitamente que existan reuniones periódicas de gabinete, pero las anticipa ciertamente al adjudicar –con meridiana claridad– la responsabilidad de coordinarlas, prepararlas y convocarlas al jefe de Gabinete, en el artículo 100 inciso 5 de la carta magna. Hablamos de reuniones que se presumen útiles para amalgamar un equipo de gobierno que han sido tradicionales en el andar de la administración nacional argentina. Ocurre que cuando el poder se concentra en pocas manos –como hoy sucede, entre nosotros– las reuniones de gabinete, que permiten a nuestras más altas autoridades escuchar las opiniones de los ministros en todas las áreas de sus respectivas incumbencias, se diluyen o desdibujan. Quizá porque escuchar pierde importancia. Y porque en un clima con algún perfil autoritario opinar libremente (incluyendo la posibilidad de poder disentir) puede no ser fácil. La ausencia de reuniones le quita a la gestión de gobierno una visión amplia y de conjunto que pueda mantenerse y consolidarse a lo largo del tiempo, construida con los conocimientos y aportes inmediatos de los señores ministros, que enriquezca la apreciación de quienes, en cualquier momento, deben tomar decisiones sobre lo que sucede con la marcha del país. Cabe recordar que, salvando las distancias, cuando se estaban formando y comenzando a reglamentar los tribunales de Nüremberg (que juzgaron los horrores del nazismo) alguno de los técnicos aliados deslizó la idea de procesar automáticamente a todos los miembros del gabinete nazi de Adolfo Hitler, asumiendo obviamente que se trataba de un grupo (de cuarenta y ocho personas) al que, en principio, debía tenerse por responsable de todo lo atrozmente criminal que le había sucedido a Alemania desde que Hitler se hiciera del poder. Porque, creían, ese grupo seguramente había debatido, compartido y participado en las decisiones de gobierno. Sorpresivamente, los aliados descubrieron que Hitler casi siempre decidía sin consultar –para nada– a sus ministros. Sólo daba órdenes, las que debían ejecutarse precisamente y sin ningún tipo de apartamiento o cuestionamiento. Cuando ya estaban diseñando las respectivas acusaciones (que se conocieron en agosto de 1945) descubrieron además que la última vez que Hitler había reunido a su gabinete había sido en 1937, ocho años antes de Nüremberg. Toda una señal de cómo –en los hechos– funcionan los autoritarios cuando concentran el poder en sus manos. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CáRDENAS (*)


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