Fábricas de miedo
Lo lógico sería tomar las escalofriantes amenazas sobre el ántrax por una maniobra más psicológica que física.
Mientras que por un lado el gobierno de Estados Unidos, acompañado como ya es habitual por casi todos los demás, está subrayando que si nos dejamos dominar por el miedo nos convertiremos en «rehenes de los terroristas», por el otro está haciendo lo posible por difundir la impresión de que buena parte del planeta constituye el blanco de una siniestra ofensiva biológica en la que el arma más mortífera es, dice, el ántrax. Esta hipótesis se basa en la proliferación de sobres procedentes de Miami y lugares en Pakistán que contienen lo que se supone son esporas con el bacilo. Sin embargo, hasta ahora han sido escasas las víctimas de estos ataques que el FBI llama «criminales» y, en vista de que el mundo entero ya se ha puesto en estado de alerta a raíz del peligro, el riesgo de morir a causa del ántrax es con toda seguridad menor que el de caer fulminado por un rayo. Si realmente se trata de una campaña terrorista, parecería destinada a estar entre las menos eficaces de la historia.
En teoría son escalofriantes las amenazas planteadas por la posibilidad de que bandas terroristas o Estados «paria» logren pertrecharse de armas bacteriológicas, químicas o nucleares. Concuerdan los científicos y los autores de libros sensacionalistas en que sería por lo menos concebible que mataran a millones. En la práctica, empero, los riesgos siguen siendo bastante remotos. Como han señalado muchos especialistas, incluso para una unidad conformada de operativos suicidas no le sería nada fácil llevar a cabo con éxito un ataque de esta naturaleza, sobre todo cuando en todas partes las fuerzas de seguridad se han preparado para enfrentarlo. Por lo pronto, pues, lo lógico sería tomar lo que está ocurriendo por una maniobra más psicológica que física que, como ya es evidente, está produciendo resultados que habrán superado con creces las expectativas más optimistas de los impulsores. Con un mínimo de esfuerzo, éstos se las han ingeniado para sembrar el pánico produciendo una psicosis no sólo en Estados Unidos sino también en muchos otros países.
Trátese de Osama Ben Laden y su red Al-Qaeda, de grupos estadounidenses hostiles al gobierno o de individuos que, lo mismo que aquellos que, al enterarse de que las amenazas telefónicas están de moda deciden participar en el juego, han querido ayudar a asustar a sus conciudadanos, no cabe duda de que los personajes detrás de esta campaña han sabido aprovechar las características particulares de nuestra civilización tan mediática y globalizada. Por cierto, entienden muy bien que gracias a los medios de comunicación una sola muerte por ántrax en el estado de la Florida puede tener un impacto internacional muy fuerte. Esto se debe no meramente a la velocidad de las comunicaciones sino también a la propensión, muy natural en una democracia, a tomar el «drama humano» de una persona considerada típica por una tragedia de dimensiones universales que debería afectar a todos sin excepción.
Esta pasión por dramatizar o, si se prefiere, «humanizar» las noticias ha incidido profundamente en la vida de los países democráticos. La resistencia de una serie de gobiernos norteamericanos a poner en riesgo a un solo soldado propio se ha debido a que si uno muere en batalla los periodistas televisivos se encargarán de entrevistar a todos sus familiares y amigos que llorarán lo ocurrido y, tal vez, darán a saber que en su opinión el militar fue víctima inocente de la brutalidad oficial. Conscientes de que serían denunciados por inhumanas si brindaran la impresión de subestimar la importancia de una muerte y la enfermedad es de prever pasajera de algunos periodistas, las autoridades norteamericanas se han sentido constreñidas a reaccionar frente a los presuntos casos de ántrax como si fuera cuestión de una gravísima emergencia nacional. A su vez, los gobiernos de otros países se han creído obligados a probar que su sensibilidad humana es tan notable como la de los norteamericanos, de ahí las «alertas» desatadas por desgracias que son mínimas en comparación con las provocadas a diario por el tránsito en cada una de miles de ciudades a lo ancho y lo largo del mundo.