Fascinación

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

El vuelo que partió desde Frankfurt está por aterrizar en Tokio. Isidoro Reyes va a conocer la que -de tanto escucharlo- se imagina como “la ciudad del futuro, donde todo deber ser fascinante”.

El avión hace un semicírculo en el aire antes de empezar su descenso hacia el aeropuerto de la capital japonesa. Reyes mira a su izquierda por la ventana y ve todo oscuro. Observa a través del pasillo y no entiende: por la ventanilla del otro lado aparece un amanecer rojo, furioso. Se siente como un niño. No logra contener su excitación.

Reyes viaja solo, no tiene con quien hablar. Agarra una libreta que lleva en su bolsillo y se descarga describiendo la situación. En su ventaja está todo oscuro, en la de enfrente el sol empieza a asomar. “¿Será que Japón está de un lado y amanece, pero en mi ventana está el resto del mundo, que queda atrás, y por eso sigue en penumbras?”, se pregunta. La idea no le cuadra pero igual la da por cierta, porque es lo que ve, y sigue: “¡No lo puedo creer! ¡Con razón me decían que Tokio es increíble!”.

Reyes sigue inquieto. Llama a la azafata, le pide una cerveza y le comenta: “Qué lindo amanecer, ¿no? ¡Y qué loco que en mi ventana aún es de noche!”. La azafata le deja una lata de cerveza, sonríe y se va. Aunque está emocionado, para él sigue sin tener lógica que una ventana sea luminosa, de día, y la otra oscura, de noche. “¿¡Cómo puede ser?!”, escribe.

Vuelve a chequear que no esté baja la tapa de su ventana. Se intenta convencer: “En Tokio son las seis de la mañana y en Buenos Aires son las seis de la tarde pero… ¡de ayer! Si esto es así, ¿también es posible que esté volando justo sobre una línea en la que se hace de día y de noche?”.

“Estoy sorprendido, como un niño que descubre que una pelotita rebota en el suelo y sale en cualquier dirección. ¿Qué es lo que me entusiasma tanto? ¡El amanecer! Es como si fuera la primera vez que veo salir el sol. ¿Por qué me sorprende tanto estar sorprendido de algo que pasa todos los días? ¿En qué momento me habré separado de esa sorpresa que encuentra un niño en los detalles? ¿Cuándo fue que me contagié del mundo adulto y perdí esa magia? Quisiera ser como esa gente que, al igual que los niños, conserva la capacidad de maravillarse con lo cotidiano”, escribe.

El pasajero de adelante tose. Recién se despierta. Se despereza y aprieta un botón: su ventana se empieza a aclarar, como si fuera una pantalla que se enciende. De modo progresivo lo oscuro se transparenta y se ve el mismo amanecer. Reyes ahora se siente como un niño al que le acaban de revelar que Papá Noel no existe. “¡La tecnología! ¡Claro! Polarizan las ventanas con un botón, ¡qué increíble!”, dice Reyes, que ve el botón en su apoya brazo. Lo acaricia con el dedo índice y decide no presionarlo. Se acomoda en el asiento, cierra los ojos y se concentra en el amanecer que contempló durante la última media hora. Sonríe. El avión aterriza.

Por Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)


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