Flacos de memoria

Por desgracia, la crisis actual tiene raíces profundas. Atribuirla a nada más grave que los errores conceptuales de Cavallo o De la Rúa es absurdo

Aunque pocos lo dirán sin ambages, son muchos los que están regodeándose del desempeño nada satisfactorio de la economía nacional. A juicio de algunos, el que la recesión siga profundizándose es evidencia del fracaso de lo que llaman el «neoliberalismo», mientras que otros la están celebrando como si se tratara de nada más grave que el fracaso personal de Domingo Cavallo. Tales actitudes reflejan tres características esenciales de la cultura política argentina. Una consiste en la hostilidad visceral hacia el capitalismo, sentimiento que está ampliamente difundido entre los políticos profesionales, los intelectuales de formación izquierdista o populista y el clero católico. Otra en la propensión igualmente fuerte, propia de sociedades de tradiciones caudillistas, a atribuir tanto los éxitos como los desastres a una sola persona. La tercera consiste en la costumbre de dar por descontado que «la crisis» se inició hace muy poco, de manera que todo será culpa del gobierno o del ministro de Economía de turno.

Si bien las mismas tendencias se manifiestan en todas partes, puede decirse que cuánto más desarrollado sea un país determinado, mayor será la proporción de personas que reconocen que el capitalismo -modalidad que, no lo olvidemos, incluye no sólo la variante estadounidense sino también la escandinava- funciona llamativamente mejor que cualquier otro que se haya concebido, y que en última instancia el destino de la comunidad dependerá tanto de los aportes de miles de personas como del accionar de los «dirigentes» políticos. Asimismo, en países que aún no se han habituado por completo a la democracia, la amnesia suele ser excepcionalmente común debido a la voluntad comprensible de muchos de romper con el pasado y la convicción resultante de que cambiar virtualmente todo debería ser asombrosamente fácil.

Aunque la mayoría parece haber aceptado que, en vista de que los muchos enemigos jurados del «liberalismo» no tienen el menor interés en que el Estado sea más eficaz a fin de que pudiera intentar manejar un esquema radicalmente distinto, el país continuará siendo capitalista, este detalle no ha hecho mella en la retórica de los deseosos de aprovechar el malestar imperante. Antes bien, prohombres del establishment político como Eduardo Duhalde, Raúl Alfonsín y Rodolfo Terragno siguen reclamando un «cambio de rumbo» drástico afirmando que de lo contrario el país experimentará un desastre que es de suponer sería peor aún que el ya producido. Dadas las circunstancias, el pesimismo de estos dirigentes en cuanto a las perspectivas frente al país puede parecer bastante lógico, pero sucede que ninguno se ha dado el trabajo de pensar en otra «alternativa» que la de volver a las recetas populistas, proteccionistas y dirigistas que nos llevaron al estallido de 1989.

Por desgracia, la «crisis» actual tiene raíces muy profundas. Atribuirla a nada más grave que los errores conceptuales de Cavallo o del presidente Fernando de la Rúa es absurdo. También lo sería afirmar que de haber pensado el entonces presidente Carlos Menem menos en su eventual segunda reelección y más en el país la Argentina estaría floreciente, o suponer que absolutamente todo ha sido fruto de la fatuidad populista de Alfonsín. Desde comienzos del siglo pasado, la Argentina vive en «crisis» y con cierta frecuencia las tensiones han sido tan grandes que por desesperación, frustración e impaciencia insoportable el grueso de la población se ha entregado voluntariamente a una dictadura militar o a un caudillo popular. Así las cosas, es francamente ridículo hablar como si sólo fuera cuestión de un ministro de Economía o de cierto conjunto de medidas que fueron tomadas algunos meses atrás. Antes de poder empezar a superar los muchos problemas del país, sus gobernantes tendrán que asumir el hecho patente de que las reformas necesarias no supondrían el regreso a un pasado presuntamente idílico, sino el desmantelamiento de la malla espesa y enredada de intereses creados económicos y políticos que se ha conformado a través de muchas décadas, desafío que, por ahora cuando menos, ningún dirigente importante se ha animado a enfrentar.


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