Fracasos del modelo económico populista

Por Redacción

COLUMNISTAS

El populismo es un concepto político muy controvertido. Los politólogos no se ponen de acuerdo en una definición ni en establecer sus rasgos fundamentales. Se utiliza la misma palabra para etiquetar fenómenos históricos muy diferentes. Sin embargo, cuando se trata de describir la macroeconomía populista, las diferencias se atenúan y existe mayor consenso en describir los elementos constitutivos del paradigma.

Según la clásica definición de Dornbusch y Edwards (”La macroeconomía del populismo”, FCE, 1992), el populismo económico “es un enfoque de la economía que destaca el crecimiento y la distribución del ingreso y menosprecia los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas ajenas al mercado”. Como bien señalan estos autores, las políticas populistas fracasan una y otra vez y esos fracasos tienen un costo enorme para los mismos grupos a los que supuestamente se ha querido favorecer.

Venezuela, en posición más adelantada, y Argentina, un poco más retrasada en el cumplimiento del ciclo, son muestras elocuentes del fracaso en el uso de estrategias macroeconómicas con propósitos distributivos que terminan produciendo el efecto contrario. Se recurre a políticas fiscales y crediticias expansivas y a la sobrevaluación de la moneda nacional para acelerar el crecimiento y favorecer el empleo y la distribución del ingreso. Pero luego de un período de crecimiento comienzan los problemas generados por la inconsistencia de las políticas y la declinación de la inversión privada por las constricciones que recibe el inversor. El resultado es que se entra en un período de inflación galopante, pérdida de reservas, recesión y amenaza de un colapso del sistema económico.

En Venezuela el colapso económico es inminente. La inflación se ha desatado a tal punto que algunos analistas la estiman del orden del 100%, la economía se ha contraído un 3% en el 2014, el déficit público está en torno al 17% y se asiste al desabastecimiento generalizado de los productos de primera necesidad. La infraestructura está totalmente deteriorada y los cortes de luz y la falta de suministro de agua son constantes. La economía privada ha sido quebrantada con controles de precios y confiscaciones arbitrarias. El 96% de las exportaciones son debidas al petróleo, de modo que el descenso de los precios internacionales impacta de lleno en la frágil economía venezolana.

En Argentina la situación todavía está bajo control pero nadie se atreve a pronosticar si llegamos enteros al cambio presidencial. La manipulación de las estadísticas oficiales crea dificultades a la hora de establecer el índice de inflación, la magnitud del déficit fiscal o la tasa de contracción de la economía. Pero no se pone en duda que la situación es muy grave. La economía privada ha sido desnaturalizada con rígidas medidas de control cambiario, retenciones a las exportaciones y el establecimiento de un tipo de cambio sobrevaluado que daña las economías regionales.

Durante los años ochenta la mayoría de los países de América Latina asistió al fracaso de las políticas macroeconómicas populistas. Estos fracasos dejaron duras lecciones que fueron registradas por un grupo importante de países como México, Chile, Brasil, Perú y Colombia, que han optado por alejarse del paradigma. Inclusive un país como Ecuador, dirigido por un presidente de retórica populista, ha sido cuidadoso en conservar los equilibrios macroeconómicos manteniendo la dolarización para huir de la tentación de impulsar la economía imprimiendo billetes, al punto que el Banco Central ha dispuesto la venta de las máquinas de imprimir moneda.

La recaída de Argentina y Venezuela en unas políticas económicas tantas veces fracasadas responde a una visión política cortoplacista. Supuestamente se busca expandir el mercado interno para favorecer a los trabajadores y las empresas vinculadas con el mercado doméstico en desmedro de los sectores exportadores, a los que se considera parte de una “oligarquía” rural. Los elevados gastos gubernamentales en subsidios pretenden favorecer una mejor distribución de la riqueza o atender las necesidades de grupos sociales marginados de la actividad productiva. Pero ya sabemos que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Si bien es plausible el propósito de mejorar a largo plazo la distribución del ingreso y el empleo, es evidente que no se puede hacer al costo de sacrificar el crecimiento de la economía y la estabilidad macroeconómica. El único modo de sacar de la pobreza a tantos millones de argentinos que están fuera de la economía de mercado es construir un sólido tejido productivo con empresas dispuestas a invertir porque tienen un horizonte previsible de estabilidad sin interferencias arbitrarias del Estado. En el momento actual, el problema más apremiante de Argentina es definir la estrategia que permitirá afrontar las secuelas de una administración populista que va a dejar la economía en estado comatoso.

Un desafío de la magnitud que afrontará el nuevo gobierno que se instalará en el 2015 requiere algo más que un presidente lúcido, decidido y honesto. Hace falta construir una coalición amplia de partidos en la que se inscriban todos los que apuestan por construir una economía moderna, desprovista de los lastres que ha dejado el populismo. Componer un nuevo modelo, donde la equidad sea compatible con el crecimiento, demandará otra década para reconstruir una economía dañada de modo irresponsable por quienes no advirtieron la inconsistencia de sus políticas.

ALEARDO F. LARÍA

aleardolaria@rionegro.com.ar

ALEARDO F. LARÍA