Francisco frente al islamismo militante
En septiembre del 2006, el papa Benedicto XVI desató una polémica virulenta cuando, en un discurso que pronunció en la universidad de Ratisbona, citó al emperador bizantino Manuel II Paleólogo para decir: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. La reacción furibunda no sólo de dirigentes musulmanes sino también de progresistas europeos comprometidos con el “multiculturalismo”, además de algunos ataques físicos contra sacerdotes cristianos en distintos lugares del mundo, lo hizo adoptar una actitud más conciliatoria que incidió en la del papa Francisco, hasta que las atrocidades perpetradas por islamistas fanatizados lo obligaron a asumir una postura mucho más dura que la de su antecesor. Horrorizado por la campaña de exterminio que están librando los yihadistas contra los escasos cristianos que todavía permanecen en Irak, Siria, el norte de Nigeria y otras partes del mundo musulmán, Francisco reconoció que en ciertas circunstancias la guerra sí es la opción menos mala. También aprovechó la oportunidad brindada por el impacto que suelen tener los tradicionales mensajes navideños para protestar contra “la indiferencia” del mundo ante lo que está sucediendo en distintas partes de Oriente Medio, lo que fue un tanto irónico ya que, en Irak y Siria, voceros de las diezmadas comunidades cristianas han criticado al Vaticano por su aparente resistencia a darles el apoyo económico y político que tan desesperadamente necesitan. Por lo demás, pidió a todos los gobiernos reconocer y asegurar la libertad religiosa que –dijo– “es un derecho inalienable de toda persona humana”. Como Francisco se habrá enterado, en los países mayormente musulmanes, entre ellos Afganistán, Pakistán, Yemen, Arabia Saudita, Sudán e Irán, además del llamado Estado Islámico, la apostasía suele ser considerada un crimen capital, razón por la que es poco probable que el Consejo de Seguridad de la ONU impulse un movimiento destinado a hacer de la libertad religiosa un derecho humano universal y proponer sanciones contra aquellos regímenes que lo violen. Por sus propios motivos, los gobiernos occidentales, de países nominalmente cristianos, son reacios a denunciar la intolerancia extrema, a menudo rayana en la barbarie, que está difundiéndose en regiones dominadas por el islam. Así y todo, por ser el líder de la iglesia cristiana más importante, Francisco se ve moralmente obligado a tratar de defender a sus correligionarios perseguidos que, por su parte, se sienten abandonados por el resto del mundo y que, como es natural, quisieran que el Vaticano hiciera mucho más a fin de movilizar a la opinión pública internacional para que los ayudara a sobrevivir. Aunque a Francisco le gustaría limitarse a procurar resolver los problemas internos de la Iglesia Católica y, como hacía en la Argentina, criticar las deficiencias sociales y morales de las sociedades capitalistas de Occidente, no le ha quedado más opción que solidarizarse con los cristianos de Oriente Medio, Pakistán, Afganistán, Malasia, Indonesia y el norte de África, además de los miembros de otras minorías religiosas como los yazidíes, que son víctimas de la ira islamista. Puede hacerlo sin correr el riesgo de motivar reacciones adversas, ya que el salvajismo aberrante de los yihadistas del Estado Islámico ha servido para que, por fin, los occidentales comenzaran a prestar atención a los sufrimientos de las minorías religiosas en más de cincuenta países. Como aprendió Benedicto XVI luego de señalar, si bien indirectamente, que el islam no se caracteriza por la tolerancia, la mayoría de los políticos e intelectuales occidentales preferiría pasar por alto el totalitarismo sectario típico del mundo musulmán, atribuyendo su indiferencia ante el destino de las víctimas de persecución religiosa a su propio respeto por las normas de otras culturas. Gracias a la pasividad así supuesta, muchos personajes influyentes en Estados Unidos y la Unión Europea han podido felicitarse por su amplitud de miras, pero su negativa a alzar la voz en defensa de los perseguidos a causa de sus creencias sólo ha envalentonado a los fanáticos al darles buenos motivos para sentirse impunes.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 30 de diciembre de 2014
En septiembre del 2006, el papa Benedicto XVI desató una polémica virulenta cuando, en un discurso que pronunció en la universidad de Ratisbona, citó al emperador bizantino Manuel II Paleólogo para decir: “Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. La reacción furibunda no sólo de dirigentes musulmanes sino también de progresistas europeos comprometidos con el “multiculturalismo”, además de algunos ataques físicos contra sacerdotes cristianos en distintos lugares del mundo, lo hizo adoptar una actitud más conciliatoria que incidió en la del papa Francisco, hasta que las atrocidades perpetradas por islamistas fanatizados lo obligaron a asumir una postura mucho más dura que la de su antecesor. Horrorizado por la campaña de exterminio que están librando los yihadistas contra los escasos cristianos que todavía permanecen en Irak, Siria, el norte de Nigeria y otras partes del mundo musulmán, Francisco reconoció que en ciertas circunstancias la guerra sí es la opción menos mala. También aprovechó la oportunidad brindada por el impacto que suelen tener los tradicionales mensajes navideños para protestar contra “la indiferencia” del mundo ante lo que está sucediendo en distintas partes de Oriente Medio, lo que fue un tanto irónico ya que, en Irak y Siria, voceros de las diezmadas comunidades cristianas han criticado al Vaticano por su aparente resistencia a darles el apoyo económico y político que tan desesperadamente necesitan. Por lo demás, pidió a todos los gobiernos reconocer y asegurar la libertad religiosa que –dijo– “es un derecho inalienable de toda persona humana”. Como Francisco se habrá enterado, en los países mayormente musulmanes, entre ellos Afganistán, Pakistán, Yemen, Arabia Saudita, Sudán e Irán, además del llamado Estado Islámico, la apostasía suele ser considerada un crimen capital, razón por la que es poco probable que el Consejo de Seguridad de la ONU impulse un movimiento destinado a hacer de la libertad religiosa un derecho humano universal y proponer sanciones contra aquellos regímenes que lo violen. Por sus propios motivos, los gobiernos occidentales, de países nominalmente cristianos, son reacios a denunciar la intolerancia extrema, a menudo rayana en la barbarie, que está difundiéndose en regiones dominadas por el islam. Así y todo, por ser el líder de la iglesia cristiana más importante, Francisco se ve moralmente obligado a tratar de defender a sus correligionarios perseguidos que, por su parte, se sienten abandonados por el resto del mundo y que, como es natural, quisieran que el Vaticano hiciera mucho más a fin de movilizar a la opinión pública internacional para que los ayudara a sobrevivir. Aunque a Francisco le gustaría limitarse a procurar resolver los problemas internos de la Iglesia Católica y, como hacía en la Argentina, criticar las deficiencias sociales y morales de las sociedades capitalistas de Occidente, no le ha quedado más opción que solidarizarse con los cristianos de Oriente Medio, Pakistán, Afganistán, Malasia, Indonesia y el norte de África, además de los miembros de otras minorías religiosas como los yazidíes, que son víctimas de la ira islamista. Puede hacerlo sin correr el riesgo de motivar reacciones adversas, ya que el salvajismo aberrante de los yihadistas del Estado Islámico ha servido para que, por fin, los occidentales comenzaran a prestar atención a los sufrimientos de las minorías religiosas en más de cincuenta países. Como aprendió Benedicto XVI luego de señalar, si bien indirectamente, que el islam no se caracteriza por la tolerancia, la mayoría de los políticos e intelectuales occidentales preferiría pasar por alto el totalitarismo sectario típico del mundo musulmán, atribuyendo su indiferencia ante el destino de las víctimas de persecución religiosa a su propio respeto por las normas de otras culturas. Gracias a la pasividad así supuesta, muchos personajes influyentes en Estados Unidos y la Unión Europea han podido felicitarse por su amplitud de miras, pero su negativa a alzar la voz en defensa de los perseguidos a causa de sus creencias sólo ha envalentonado a los fanáticos al darles buenos motivos para sentirse impunes.
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