Fuga de cerebros
Las economías de los países avanzados dependen cada vez más de la disponibilidad de científicos y trabajadores técnicos bien preparados, pero a pesar de las sumas gigantescas que han invertido en educación, tan grande es la demanda de estos especialistas que ningún país desarrollado puede considerarse autosuficiente. Para muchos, la mejor manera, tal vez la única, de remediar esta situación consistirá en estimular la inmigración masiva de técnicos desde el Tercer Mundo o Europa oriental, planteo que, obvio es decirlo, no cuenta con la aprobación ni de los xenófobos ni de quienes temen a los movimientos que los representan. En Alemania, la oposición conservadora reaccionó con virulencia frente a la propuesta oficial de considerar la posibilidad de «importar» a centenares de miles de expertos en software informático desde la India, afirmando que sería mejor preparar a jóvenes alemanes para desempeñar las tareas necesarias de lo que sería aumentar la cantidad de extranjeros, los cuales ya conforman el diez por ciento de los habitantes de su país, pero es poco probable que triunfe la tesis de quienes creen en la autarquía intelectual. Asimismo, en los Estados Unidos, según un informe reciente difundido por un grupo empresario, en los próximos ocho o nueve meses se producirá un déficit de casi un millón de trabajadores especializados en computación a pesar del hecho de ya contar con la «comunidad informática» más numerosa del planeta.
En otras palabras, en América del Norte y Europa occidental la demanda laboral no sólo por los expertos informáticos mejor calificados, profesionales que por lo común están acostumbrados a dividir su tiempo entre varios países, sino también por los capaces de desempeñar tareas menos exigentes, como las supuestas por el desarrollo de un banco de datos de una empresa mediana o el manejo de una página en la Internet, está intensificándose a tal ritmo que las instituciones educativas locales ya no están en condiciones de satisfacerla. Para los países menos ricos, entre ellos la Argentina, esta situación constituye un desafío que podría resultar muy grave. Si bien las actividades relacionadas con la informática aún no han cobrado tanta importancia como en latitudes más ricas, su tasa de crecimiento es muy vigorosa de suerte que la falta de técnicos adecuadamente preparados no tardará en convertirse en un problema virtualmente insuperable. De ser así, los costos del intento en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial de crear un modelo propio, distinto del europeo o norteamericano, resultarán todavía más elevados de lo que la mayoría puede imaginar.
No cabe duda alguna de que estamos en vísperas de una competencia internacional durísima por los servicios de quienes están en condiciones de asegurar el funcionamiento de la llamada «nueva economía», una para la cual la Argentina, hundida en una crisis económica exasperante, con una población atemorizada por la delincuencia y frustrada por la ineptitud de sus dirigentes políticos, está pésimamente preparada. Para colmo, por razones evidentes tanto aquí como en el resto del mundo casi todos los expertos informáticos son jóvenes, o sea, son personas a las cuales la oferta de un trabajo generosamente remunerado en otro país, sobre todo si se trata de uno avanzado, podría resultarles irresistible. Como si esto ya no fuera suficiente, gracias a la «globalización» los más se enorgullecerán de sus actitudes cosmopolitas y muchos han aprendido inglés, todo lo cual, demás está decirlo, facilitaría su eventual traslado permanente a otra parte del mundo. Así las cosas, lo sorprendente sería que en los años próximos el país no se viera privado de una proporción significante de sus trabajadores más valiosos y más necesarios, lo cual con toda seguridad ocurrirá a menos que que sus dirigentes logren convencer a la generación que está llegando al mercado laboral de que pese a la gravedad de sus problemas la Argentina puede ofrecerles un futuro mejor de aquel que les esperaría en cualquier país ya desarrollado.